El creador de "Dolirindo"

César sostiene que no tiene capacidad docente para formar a otros, pero que sí puede compartir sus experiencias y dar su opinión, o ¿por qué no? dejarlo interactuar con sus obras. En especial cuando en las exposiciones a los niños se les da por tocar sus obras.

“En el arte, como en la vida, hay de todo. Yo estoy feliz porque hay muchos chicos dibujando, solo hay que descubrirlos. Respecto al ambiente del arte, hubo dos tipos muy conocidos que en una exposición me destrozaron con sus críticas carniceras. Hay colegas que te van a querer defenestrar. Pero eso ya corre por cuenta de los otros. Yo soy un tipo que labura para vivir, y no dejo de lado mi arte. Tampoco soy el sufrido, me cuesta pintar porque no vivo de la pintura, pero pintar me hace sentir muy vivo”, afirma.

César Barrientos trabaja de sereno en una empresa y de portero en otra. Son jornadas de 12 horas, pero eso no le quita lo que le da placer, como aquel personaje que nació cuando era adolescente y se veía plasmado en el suplemento “Ojos de Papel” que El Patagónico publicó los viernes durante una década.

“En su momento, y siendo un adolescente, sentí la necesidad de llegar a otros y se me ocurrió crear ‘Dolorindo’, que era un chico de esa edad que opinaba sobre lo que acontecía en la región, como era el tema de Gastre y el basurero nuclear”, recuerda.

La propuesta la llevó a El Patagónico y lo escuchó con atención el jefe de redacción, Cristian Aliaga, quien lo conectó con otro joven, Andrés Cursaro, que editaba el suplemento de rock y otros temas juveniles.

“Yo dibujaba y armaba el guión y lo llevaba y salía publicado. Fue un momento en que me propuse llegar a otros. Ya lo dibujaba en la secundaria, cuando un compañero (Marcelo Linco) sabía traer anotadores que armaba su mamá con los banner en desuso de Lotería del Chubut. Esos afiches la mamá los reciclaba como anotadores. Y ahí surgió Dolorindo, un nene de barrio de 17 años. Una especie de amigo imaginario que tenía sus amigos y quería contar sus aventuras”.

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