El exitoso pasado deportivo de Mario “Chorizo” Quinteros

“Usted siempre mantenga la entereza”, fue el mandamiento que doña Arginia le dio a su hijo cuando éste corría desde Valle C hasta la actual cancha de Laprida para cumplir con su sueño de trascender en el fútbol, gracias al cual llegó a jugar un partido contra la selección argentina del Mundial de Inglaterra 66.

 Es mediados de los 70. Hombres rudos viajan en el colectivo de la empresa Gervasini. Todos ellos vienen de una dura jornada de trabajo en el campo petrolero. Lo que menos tienen ganas de escuchar es a un tipo que le habla de derechos, de mejores condiciones de trabajo, de jornadas reducidas.

El tipo en cuestión es Mario “Chorizo” Quinteros, ex futbolista y vecino de Valle C, quien desde hace un par de años se incorporó a la industria petrolera en la empresa Astra. También en ese tiempo lo probaron para saber si tenía condiciones: por eso lo mandaron dos meses enteros a una casilla en medio de la nada, para saber si “Chorizo” se la aguantaba.

Y acá está Quinteros, firme en el discurso desde que decidió involucrarse en la vida gremial, para la cual tenía que ir a las reuniones fuera del horario de trabajo, dado que como delegado no tenía los beneficios de los sindicalistas de la actualidad.

“Chorizo” (mote que le puso su hermano Carlos “Tamarisco”, cuando lo hacía enojar y se ponía colorado), estudia la situación: no sabe cómo hacer para llamar la atención de estos obreros que en el colectivo encuentran la distracción a través del truco y las apuestas.

Quinteros se la juega y les pega donde más le duele (“si no me achiqué para marcar a Oscar “Pinino” Más –cuando la Selección Nacional del 66 vino a jugar a la capital petrolera antes del Mundial de Inglaterra– por qué le iba a tener miedos a esos ‘viejos’, sostendrá).

“A ustedes no les da vergüenza que además de ser ‘cornudos’ los exploten en la empresa con condiciones que les quitan la dignidad”, grita Quinteros en el colectivo.

“Cornudos”, los enerva. Quinteros ya tiene su atención. Ahora es momento de ordenar la cancha, y que los reclamos (como el fútbol) se jueguen en forma colectiva.

TRAS UN SUEÑO

Mucho antes de ello, Quinteros corre hasta la cancha de Laprida del Oeste, allí participa de los entrenamientos y con doce años se esfuerza por tener su lugar en la Primera.

Su lugar es como 4, pero en ese puesto se encuentra Lázaro “Cacho” Zuloaga, jugadorazo que oficiara de padrino de “Chorizo”. Pero el tiempo le dará la chance de consolidarse en el club de su barrio, cuando Zuloaga es comprado por el club Florentino Ameghino.

Quinteros se fue ganando su titularidad en el barrio que lo vio crecer. En ese entonces Oeste Juniors ya traía consigo varios títulos en su haber. “Chorizo” tuvo la chance de formar parte a partir de los 60 y gritar “campeón” en el 64 y en el Preparatorio del 67.

Con el sueño del pibe intacto, “Chorizo” fue a probarse a San Lorenzo de Almagro. “Era una chance que tenías y me fui a Buenos Aires, me acuerdo que las prácticas eran en Flores. Uno me dijo: ‘Chorizo’ si recibís la pelota y la entregás, no te la pasan más’, me acuerdo patente eso. Yo puse toda la voluntad para destacarme, pero cuando volví a Comodoro me citaron para la selección comodorense, así que no volví. En realidad, me ‘cagué’ hasta las patas”, se sincera.

Su momento más culmine se dio con la selección comodorense y en el estadio municipal, entonces estadio de YPF, con público repleto en las pocas tribunas con las que contaba la cancha de Kilómetro 3. El rival: la selección argentina que se aprestaba para participar del Mundial de Inglaterra. Fue el 11 de julio de 1966. Con la entrada se rifaba un Ford Falcon cero kilómetro.

“Vinieron todos un mes antes de la competencia, solo faltó Antonio Rattín, luego el plantel caería en cuartos de final con Inglaterra por 1 a 0”, rememora.

De ese amistoso, Quinteros recuerda que le tocó marcar a Oscar “Pinino” Más, y que el delantero le “pintó la cara” en más de una jugada. Jerarquía que volvió a ratificar hace poco cuando Más visitó la capital petrolera con las “Glorias de River”, dejando en evidencia la potencia que posee aún con 66 años de edad.

“Más era una luz, trataba de encimarte y te dejaba a medio camino. Luego sacaba esos remates de potencia que en más de una ocasión le dobló los dedos al ‘Bocha’ (Juan Carlos) Rodríguez”, sostiene

El encuentro termino 3 a 1 a favor de la selección argentina, y a pesar de las figuras de jerarquía Mario Quinteros sostuvo que no tuvo miedo alguno. Ese sentimiento lo vivió cuando se fue a probar a San Lorenzo de Almagro.

“Cuando tenía 18 años me tocó el servicio militar obligatorio en Comodoro, y en la parte de Aeronáutica, donde me fue a buscar José Brazao para formar parte del Deportivo Portugués de los 70”, apunta “Chorizo”.

La propuesta era interesante, y le permitía a Quinteros salir por la tarde de la base militar. En escena, Deportivo Portugués (con el uruguayo Tomás Rolan como director técnico y refuerzos ‘charrúas’) comenzaba a escribir una página distinta en el fútbol comodorense.

“Con Rolan aprendí a jugar de otra manera, porque el tipo era una eminencia. No solo te decía cómo plantear el juego, sino también cómo volver sobre tus pasos, desde mantener el regreso en paralelo en vez de cruzarse, dado que ahí perdías orden y de contragolpe sufrías los embates del rival. El uruguayo te hacía sencillas las cosas, y te las explicaba con él como ejemplo. Además, él en su época jugó en mi misma posición. Así que fui un beneficiado”, recuerda.

Ya en esos tiempos Mario Quinteros se sentía orgulloso que tanto él como el “zurdo” Pablo González eran los dos únicos jugadores de Portugués que además de no cobrar, trabajaban.

“Los dos éramos choferes de colectivos, terminábamos la jornada y encarábamos para entrenar. Y delante de todos Rolan nos ponía de ejemplo, en especial cuando algunos de los refuerzos hacían la ‘plancha’ en los entrenamientos”, recalca.

SU COMPROMISO

COMO DIRIGENTE

La falta de estabilidad de YPF obligó a fusionar los clubes del Far West, para una división que luego persistiría en el tiempo. “Fui uno de los primeros técnicos de fútbol de Laprida del Oeste, y también su presidente cuando se produjo la división. Lo hicimos por el bien de las instituciones, incluso yo ya estaba involucrado con el sindicato (Petroleros Privados) y pudimos hacer el paredón de bloques que da sobra la ruta. Luego todo se desvirtuó y comenzaron las divisiones. Imagínate, yo soy nacido en Oeste y dirigí en Laprida hasta fui su primer presidente. Tengo amigos en ambos lados. Por eso cuando se dio el primer clásico y las piedras volaron de un lado a otro, decidí que nunca más iba a pisar una cancha, porque la violencia le había ganado al espectáculo”, sostuvo.

En ese entonces, Mario busca trabajo, y unos amigos le dicen que se vaya a anotar a Astra, que están tomando gente.

“Chorizo” se las arregla para la entrevista, para ello hay que hacer una larga cola de postulantes. Sin embargo, a él junto a otros los separan de la fila antes de la entrevista personal. No sabe muy bien por qué, pero le dicen que ya está contratado a prueba. Ahora lo espera dos meses “confinado” en una casilla en medio de la nada, donde la empresa prueba si cuenta con el “coraje” necesario para la actividad.

Quinteros pasa la prueba, empieza como boca de pozo. Y le pinta la curiosidad de por qué nadie está afiliado. Son tiempos duros, no está bien visto andar haciendo reclamos, menos afiliarse. La Federación es algo que existe de nombre nada más.

“Empecé a preguntar por qué no nos afiliábamos, y me dijeron que me dejé de joder. Pero en esa época era otra la realidad, viajábamos en una camioneta de mierda, con condiciones iguales. Las casillas eran un desastre y cocinábamos detrás de unas matas, donde con el primer viento los bifes te quedaban como milanesas”, recuerda.

CONSTRUIR

DESDE EL LLANO

La estrategia fue sencilla, Quinteros no se presentó a la patronal con pretensiones de formar afiliados. Sino que hizo firmar a todos los del sector la planilla de afiliaciones y presentó en grupo la necesidad que tenían los obreros de afiliarse.

La empresa aprobó, ahora faltaba ver quién se ofrecía como delegado para ir a las reuniones de sindicato que se realizaban en Cerro Dragón. Todo fuera del horario laboral, porque en ese entonces primero se trabajaba, luego venía el papel de delegado. Y Quinteros no se arrugó, empezó a tener más voz y voto en las reuniones del sindicato su lema “priorizar lo colectivo y lo solidario”.

De esta manera, se apuntaba a una actitud conciliadora, dice. “Nosotros no cortábamos la ruta, nos manifestábamos sobre el costado, no le privábamos la libertad a nadie, mucho menos íbamos a romper empresas”, sostiene.

“Fue de esa manera que fui ganando la confianza de todos, hasta llegar a secretario del interior de la Federación de Petroleros. Luego nunca dejé de instruirme, porque en reuniones te encontrabas con profesionales de todo tipo, menos trabajadores”, sostiene.

La insistencia como dirigente lo llevó a una amistad con el senador Pedro Molina, quien sería un sostén de Quinteros en su etapa como secretario. Cuando el senador justicialista santacruceño falleció, “Chorizo”, alejado de su rol gremial por la burocracia, le administró el campo hasta que el hijo de Molina tuvo mayoría de edad.

“De Pedro Molina tengo un grato recuerdo, fue un gran amigo y no se achicó cuando Eduardo Bauzá lo apuró para la privatización de YPF en el Senado (durante los 90 en la Presidencia de Carlos Menem). Incluso fue testigo de ese diálogo, donde Molina le dijo a Bauzá que le dejara de “romper la pelotas” sino le iba a bajar todos los dientes. “Y hay que tener coraje para eso, porque Bauzá con su altura imponía miedo”, sostiene.

COMPROMISO VIGENTE

Hasta 2002, Quinteros se mantuvo como dirigente, luego abandonó y se dedicó a recuperar tiempo con su familia. Algo que nunca abandonó.

“Mi hijo me decía, ‘cuando eras dirigente ni siquiera salíamos a comer una pizza, ahora salimos en familia”, y tenía razón. Por suerte no repetí patrones de quienes entran al petróleo, que lo primero que hacen cuando tienen guita es comprarse flor de camioneta, vivir de deudas y dejar a la mujer. Es más, en una ocasión me encontré a una mujer que de joven era muy bella, pero como tuvo cáncer de pecho y le sacaron uno, el marido petrolero la había abandonado con dos chicos. Esos sí que son unos hijos de puta”, remarca.

“Chorizo” sostiene que su familia es su principal orgullo, que sus hijos cultivan el perfil bajo, que a lo único de los obligó es a ser de Boca Juniors. Y que sigue con su esposa, convencido de su compañera de toda la vida que tuvo un accidente y estuvo peleándole a la muerte durante tres meses en el Instituto del Quemado en Buenos Aires.

“‘Usted siempre mantenga la entereza’, eso me marcó a fuego mi vieja que fue de la primera promoción de la escuela 91 de Valle C. Es más, yo tenía seis años y ya entronaba la virgen en la ermita al final de cada procesión. Camino sin custodia y no ando ‘calzado’. Y puedo caminar con dignidad por la calles de Comodoro. Yo no sé cuántos sindicalistas gozan de ello. Yo preferí hacerle caso al mandamiento de mi madre”, sentencia el actual referente de los jubilados de Petroleros Privados, espacio que encontró para seguir viviendo con pasión el juego colectivo.

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