El fin de la travesía en Islas Leones

Entre las previsiones y algunas incertidumbres la aventura ya estaba en marcha. 15 kilómetros a pie marcó el inicio de la travesía protagonizada por Víctor Bonzano, Andrés Moreno y Juan Manuel Diez Tetamanti, que El Patagónico reproduce del diario de viaje del geógrafo y nadador en aguas abiertas. Segunda entrega y final de un nuevo objetivo de los Domadores del Marques.

Por Juan Manuel Diez Tetamanti

Parte 2

El 28 de febrero de 2021, Andrés Moreno, Víctor Bonzano y yo, estábamos listos para zarpar a la aventura. La ansiedad no me permitió dormir en la noche anterior. Nos acercamos a antes del amanecer al mirador Sur del Cabo Dos Bahías. Desde allí deberíamos caminar por un terreno escarpado y sin senderos, 15 kilómetros hasta la Bahía San Gregorio. Las investigaciones previas nos preveían de que podríamos obtener agua de una aguada cercana. Pero ésta podría no estar, por lo que cada uno de nosotros debería cargar con lo suficiente para dos días de travesía. El peso del equipaje sumaba además de comida, vestimenta y agua; elementos para nadar y transportar en el agua. Habíamos estado diseñando diversas balsas, ingeniosas estructuras que nos permitirían llevar todo, tanto por agua como por tierra. Además de esto, teníamos cuatro elementos de seguridad que nos acompañarían permanentemente: los torpedos salvavidas; radios VHF; dos años de investigación sobre la zona y; un compañerismo impecable.

La caminata se desplazó entre los cerros y abiertas bahías. El agua fue consumiéndose y para nuestra alegría, la aguada tenía agua disponible. Una bendición de la naturaleza para el regreso. Varios kilos podrían ser descartados...

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Cerca del mediodía llegamos a Bahía San Gregorio. Nos adentramos hacia una punta interna a la bahía en donde yacen restos de un antiguo naufragio. La bruma no permitía casi la vista al frente de la bahía, aunque sí se distinguía el Faro San Gregorio y las balizas de enfilación oxidadas al fondo bahía.

Cambiamos la organización de nuestros pertrechos para comenzar la etapa de natación. Primero cruzaríamos la Bahía, para luego llegar al Cabo de Matas, desde donde iniciaría el cruce a la Isla. El viento del Noreste agitaba el agua pero aún la bahía nos resultaba de resguardo. El paisaje desde el agua era hostil y de impecable belleza. Los cachiyuyos enormes y las rocas a pique de color rojo, resaltaban el verde sin fondo del mar.

El Cabo Matías se abría entre los tubos de olas cristalinos que se resquebrajaban en la restinga. A la derecha y al fondo, más allá de lo que parecía una playa, estaba la isla y el faro. Imponente entre la bruma gris, parecía convocarnos a un pasaje sin retorno. Los tubos giraban una y otra vez y la furia del canal se anticipaba a la atravesada aventura. -Vamos a cruzar!- grité una y otra vez, mientras Víctor y Andrés avivaban la escena. -Crucemos ahora! - intentaba darme valor para semejante omnipotencia natural. Los tres comenzamos a brasear como empujados por una extraña fuerza. Los tubos giraban atrás y la Bahía San Gregorio se abría en la boca del Canal Leones. Boca; faro; canal; corriente; frío; profundidad eran palabras que nos amedrentaban, aplastando nuestros cuerpos contra el ese plantea hostil líquido. Varias veces nos deteníamos para observar cuánto más faltaba. El cruce parecía sin tiempo, mientras el paisaje iba cambiando por el enfilamiento y la distancia.

La playa había desparecido de la vista. En frente un paredón de varios metros se erigía sobre nuestras cabezas... Andrés fue lanzado hacia el Oeste y yo hacia el Este. El capricho de las corrientes había dejado a Víctor nadando muy cerca de la costa pero en el mismo sitio. Unos largos minutos más, a través de la radio, pudimos saber donde estaba cada uno. De a poco, sin contradecir al mar que estaba verdaderamente despiadado y espumoso, fuimos recalando en la playa de Caleta Inglesa.

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PERNOCTAR EN LA ISLA

Pudimos anunciar por la radio a nuestra compañera en tierra que habíamos llegado. La alegría se agudizaba en cada paso entre las tunas que minaban la isla. Allá arriba, estaba el Faro, esperando.

Con su inmutable estructura metálica y aberturas bien conservadas de madera, el faro parecía un palacio arqueológico aguardando que ingresemos a nuestro propio mito. Un relato repetido hasta el cansancio ahora cargado sobre nuestras espaldas. Abrimos la puerta desatando un nudo náutico que algún conocedor trazó con su arte. Las puertas se abrieron en par. Una cocina, alimentos y agua estaban allí como sucede en cualquier refugio previsor. Más atrás, entre los polvorientos muebles y desgajadas paredes, un cilindro se perfilaba al cielo en el centro del edificio de once lados. Era la columna piloto del faro, casi intacta, con su escalera caracol apuntando directamente al cielo. Una puerta de acero se abrió con un ruido naval opaco. Allí parecía todo construido para que persistiera más allá de los decretos caprichosos clausurantes. Los círculos de la escalera se repetían como las olas, o como las palabras, hasta más arriba, en la cima que divisaba todo aquello que hasta ese momento, habíamos sido testigos con el cuerpo.

El viento soplaba y los coirones se zarandeaban entre los restos de rieles del ferrocarril interno. Unas casas más allá, invitaban a explorar ese mundo desarmado. Más abajo una colonia de pingüinos acompañados de decenas de lobos. Un cartel caprichoso en el punta rieles que está en galpón frente a la Isla Buque dice -"Prohibido acampar" - Administración de Parques Nacionales- ¿Será que a alguien podría ocurrírsele llegar hasta allí con mochila y carpa, o simplemente sobraba una placa para colocar en algún sito de ese Parque Marino privativo?

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Caminamos en silencio, subimos y bajamos colinas. Entramos y salimos de taperas que alguna vez acobijaron otras historias, como aquellas de los avistajes a los U-boat alemanes a la deriva. Volvimos al faro. La noche oscureció todo. No había luz que se encendiera. También enfrente, el faro San Gregorio se manifestaba desde la opacidad. Unos rayos en el horizonte acompañaron la lluvia despiadada que humedeció toda la isla. Abajo, podíamos imaginar al Canal Leones embravecido.... Elegimos el sitio con menos goteras para dormir y nos acostamos. Las horas se encantaron de siniestro y el sol volvió a salir por el otro lado. Tendríamos que volver a poner el cuerpo en el canal.

"En el canal, las corrientes cambian hacia un sentido u otro con violencia", advertía el Derrotero Argentino. No podíamos esperar a la estoa, el momento en el que la corriente de marea se anula. Estoa también es un pórtico, un espacio de paso, que esta vez no tendríamos habilitado. Salimos desde la playa central del la Isla, para que la corriente nos enviara para donde fuere... No había modo de saber hacia dónde iba con nuestros instrumentos disponibles. A unos 200 metros, se veía la violencia del agua agitarse y escarparse. Teníamos dos posibilidades: al Este, la Bahía San Gregorio y su enorme boca. Al Oeste, la Punta San Roque que como un dedo inclinado, parecía poder sujetarnos como última instancia.

EL RETORNO

El nado comenzó con temor y fuerza. No pasaron más de 10 minutos para que nos separásemos sin proponérnoslo. Andrés fue expulsado a cientos de metros de Víctor y yo. -Vuelvan! , Gritaba... pero era inútil, la corriente ya nos había desplazado más allá de la Isla Buque y casi estábamos varados sobre la costa de la punta San Roque. Un último esfuerzo nos llevó a la playa. En el nado recordaba insistentemente a aquellos nadadores que quedaban horas en un mismo sitio empujados por la corriente.

Lo habíamos logrado. El mantra hizo efecto y habíamos podido explorar esa frontera infinita entre la tierra y lo hostil. El faro había quedado el otro lado, un segmento de nuestros propios mitos también yacían enfrente. Habíamos podido cruzar. La Isla Leones en parte, también nos constituiría.

Quedaban 20 kilómetros por caminar para encontrarnos con nuestras familias y envolvernos en sus abrazos. Mientras, lejos y entre la bruma, seguiría esa escalera caracol y sus círculos, con las olas, el frio, el canal y esas fronteras que solos solemos construirnos, con el propósito de vencerlas y enaltecer la experiencia vital, que siempre, como dice Rodolfo Kuch, tiene un pie puesto encima de la cola del diablo.

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