El hombre que le hizo amar el mar a varias generaciones
Con su academia de natación, este singular personaje oriundo de Valdivia fue un referente de los niños de la época en las décadas del 60 y 70. Las noches venecianas y su mitología con los dioses del mar fueron la marca registrada del profesor que fue un formador. Hoy su viuda espera que restituyan el cartel con su nombre en la costanera local.

A “chancletazo” limpio, y con un modo espartano, generaciones de niños de la capital petrolera (que hoy superan los 40 años) aprendieron a nadar y a defenderse en el mar con el profesor Luis Mora en la costanera local. Las noches venecianas, los bautismos y las travesías que unían Km 3 con el actual puerto son parte de los recuerdos de cientos de niños y niñas que supieron “perderle el miedo al mar y defenderse sin más traje que el propio cuerpo”.

Por ello, a 22 años de su muerte el Club de Triatlón Acuarium llevará adelante una edición más de la travesía de natación “Luis Mora”. Aunque esta vez los nadadores lo harán con traje de neopreno para evocar las hazañas del miembro de la Federación de Natación de Chile, que fue todo un personaje en la capital petrolera.

Javier “Chasquilla” Touriñan (53 años), junto a su hermano Diego, fueron parte de los cientos de chicos que seguían al “profe” Luis y a su esposa Nora en cada día de las colonias de vacaciones.

Eran mediados de los 60, y no eran múltiples las actividades que ofrecía la ciudad a los niños. Y la familia Touriñan no fue la excepción, por lo que tanto Javier como Diego fueron parte de la Academia donde el profesor Mora los involucró con el mar y a manejarse con respeto en el medio, en una época donde el traje de neopreno no existía y todo era a fuerza de voluntad y guapeza.

“Participé de la academia de los 7 a los 11 años y todos son muy buenos recuerdos porque aprendí a nadar con una persona de bien. Creo que eso fue fundamental. En lo general rescato que hice muchos amigos”, recuerda Javier, ex concejal de esta ciudad y hoy ministro de Gobierno provincial.

Las entradas al mar se daban en el comienzo de la primavera y al frente de los casi 60 alumnos marchaba Luis Mora con su peculiar lenguaje trasandino en compañía de su esposa Nora Contreras Cuyul.

“Los dientes blancos como pelá (perla)”, o “aunque nieve o truene”, eran parte de los latiguillos con el cuales Mora imponía un estilo, sin perder la tonada trasandina.

La actividad en el mar se prolongaba hasta entrado el otoño, ya que a través de la recreación y los consejos de Mora -que incluían desde la técnica para nadar hasta la higiene y cuidado personal- eran tomados al pie de la letra por sus alumnos.

“Primero fue superar el miedo, más en la zona de la escollera, donde ahora está la zona franca, que es una parte profunda (en esa época le decíamos ‘la escalera’). Luego a las clases de natación se unieron los paseos en remo, dado que el profesor tenía cuatro botes”, recuerda Touriñan.

Todo era a fuerza de empuje y coraje (“a lo guapo” describe el ministro). Y en esa misma sintonía mantendrá como dato relevante que nunca hubo ningún accidente o ahogado entre los alumnos de la academia. Es más, en varias ocasiones los niños de ese entonces serían testigos de algún salvataje del avezado nadador.

“Era una etapa donde la costanera estaba más desolada y la antigua casilla de guardavidas era la zona de vestuario para nosotros. Después era el mar porque la pileta del Huergo estaba destinada a los hijos y trabajadores de YPF, y la otra opción era la pileta de Diadema que quedaba a 27 kilómetros y para lo cual había que tomar la autovía”, rememora.

En época invernal, la actividad invitaba a ser realizada bajo techo, donde en la pileta de Diadema y en más de una ocasión Luis Mora cumplió hazañas como récord de permanencia en el agua en constante movimiento, lo que atrajo la llegada de distintos rivales del país que buscaban saber hasta qué punto Mora era uno solo con el mar.

“Luis Mora fue una persona que dejó su marca en varias generaciones, incluso nos animó a varios de nosotros a sumarnos a sus campañas como unir en el día de la Independencia -9 de Julio- y en pleno invierno la escollera con la costanera local, o nadar desde el Club Náutico de Km 3”.

TODOS TENEMOS ALGUNA HABILIDAD

En la vocación, Mora no descartaba a nadie porque consideraba que todo niño tenía habilidades en el mar. “La actividad de Luis era por la tarde, era una de las colonias más completas en un medio autóctono, pero lo que muchos no saben es que él en forma gratuita recreaba a los chicos de la Casa del Niño por la mañana. O sea tenía una corresponsabilidad social enorme. A ello había que sumarle las noches venecianas (mediados de febrero), que ya era un evento institucionalizado por la comunidad donde los chicos desfilaban, se elegía rey y reina –con toda la mitología de los dioses del mar- y finalizaba con una muestra con habilidades en el agua que el público esperaba con ansias”.

En la actualidad, Javier sostiene que cada tanto recuerda esas lecciones metiéndose al mar. Aunque con los cuidados necesarios porque entiende que la resistencia de su época de niño (cuando unía la escollera con la costanera local y que quedó registrado en los diarios locales) no es la misma. Aunque nunca perdió la técnica y el estilo que inculcó el destacado profesor.

“TE BAUTIZABA Y YA NO ERAS EL MISMO”

A Héctor “Gringo” Durbas siempre le pasa lo mismo. Cuando anda por la ciudad se encuentra con compañeros de la Academia de Mora del 66 y no recuerda su nombre. Por ello lo llama por el apodo que el profesor le ponía a cada uno de ellos. Por eso, antes de ser “Gringo”, Héctor fue “Panadero” (por el local de su madre) y su hermano menor Carlos era “Medialuna”.

Entre el taller del Club Náutico YPF, y fabricando pesos de plomo para bucear, Durbas recordó esa época: “la mayoría que pasamos los 40 años fuimos con Mora, que llegó a tener más de 100 críos en las colonias que arrancaban en octubre. Así, desde las 10 de la mañana hasta las 19 uno estaba todo el día ahí. Nos formaba primero, izaba la bandera argentina y de su academia. Nos revisaba los dientes y la higiene personal (era esencial) y al agua. Y si bien más de una vez nos ‘cagábamos’ de frío, uno le restaba importancia porque lo bueno es que a través del juego te metía en el mar, con el respeto necesario. Y cuando te dabas cuenta ya estabas nadando”.

Mora era uno más en el agua, mientras Nora daba vueltas con uno de los cuatro botes para brindar apoyo logístico.

Entre los más grandes, o con mayores habilidades (como Touriñan), el profesor imponía diferentes desafíos, como nadar de punta a punta, o subir cuatro chicos a su bote para darle una ‘vuelta de campana’ y que los niños supieran resolver cómo salir de la encrucijada.

“Mora era buen nadador, era algo impresionante, siempre con su silbato colgando. Yo era muy chico y lo veíamos ‘muy grande’. Imponía presencia y al que salía del cauce lo ‘ubicaba’ de un ‘zapatillazo’. Algo se pagaba por la colonia porque nunca recibió ayuda del Estado. En mi caso no sé cuándo aprendí a nadar. Pero con el ‘viejo’ aprendías, y era un tipo con principios. Yo cuando empecé a tener mis primeras aletas y equipo de buceo, el ‘viejo’ ni me dejaba usarlas: ‘todo natural’”, sostenía.

En la actualidad el “Gringo” se acobardó, y solo se mete al mar con el traje de neopreno. “Solo con Mora lo hacía, después nunca más porque él sacaba a todos nadadores”.

“ENSEÑABA A NO TENER MIEDO, SI RESPETO”

Las viejas casillas de guardavidas, los algodones con aceite o kerosene para sacarse las manchas de petróleo eran una fija de las jornadas de la academia. Además de los ‘raid’, donde a los chicos se le ponía vaselina para mitigar el frío del agua, en especial en las largas distancias.

“Mora era el guardavidas oficial y ad honorem. Era un tipo muy respetado por todos aquellos relacionados con el mar. De hecho nunca tuvo un problema con nadie porque los padres tenían con él la seguridad de dejar a sus hijos en el mar. Porque le enseñaba a la gente a no tenerle miedo al mar, sí respeto”, sostuvo Carlos Durbas.

Su época con Mora fue en 1976, en un grupo que congrega chicos de 4 a 12 años.

“No te enseñaba técnica, sí para que sepas manejarte en el agua, con un método ‘medio espartano’. Gritaba ‘todos al agua’ y el que no se metía ligaba un

zapatillazo”. Así y todo, los chicos no abandonaban y se divertían. En especial en las noches venecianas.

“Arrancaban desde Francia y San Martín para desfilar por todo el centro y con las vestimentas típicas de los dioses del mar. Con el rey y la reina adelante. Luego finalizaba con prueba de habilidades en el mar. Y la gente se congregaba para ser testigos de ese evento”, recuerda.

El “bautismo” era otra característica, que consistía en ponerles harina en la cara a los chicos y arrojarlos al mar. “En la colonia de Mora todos teníamos sobrenombre. Yo era ‘Medialuna’ y a mi hermano (Héctor) le decían ‘Panadero’. Nunca repetía apodos y tenía una memoria increíble, incluso cuando juntaba más de 60 chicos”.

Carlos recuerda con nostalgia esa época: “era una colonia sin lucro, hoy tenés que pagar más de dos mil pesos a un privado, y encima ‘bancarte’ pibes malcriados. Yo creo que Mora congregaba porque era como el cura Corti y siempre conseguía cosas. No recuerdo que cobraba; es más, me parece que era colonia municipal”.

Carlos siguió relacionado con el mar, ya que fue parte del equipo de waterpolo y elegido guardavidas de Rada Tilly. Desde ese lugar analizó al profesor.

“En ese tiempo todo el mundo nadaba over, o braza lateral (conocida también como trudgen). Que por ahí no es muy estético –patada de pecho con brazada de crol- pero servía para moverte más relajado, además de ser la técnica que usan los guardavidas”, recalcó.

En la memoria de los niños quedarían las zambullidas y exhibiciones de Mora en el mar para acrecentar su figura. “Para nosotros y para la época, el tipo era increíble, ya sea nadando o remando. Ibamos a la parte del ‘muellecito’ y desde la escalera decía: ‘los que saben, los que se animan o los más atrevidos se tiran’. Y cuando Mora se distraía el ‘Gringo’ me empujaba”, concluyó.