El periodismo en tiempos de la instantaneidad irreflexiva
Zygmunt Bauman propuso a comienzos de la década pasada el concepto de "Modernidad Líquida" para intentar explicar los vertiginosos cambios que caracterizan la época que vivimos. "La modernidad está transitando de una fase 'sólida' a una ´líquida´ en la que las formas sociales (...) ya no pueden –y ya no se les exige- que se mantengan de manera duradera porque se descomponen en menos tiempo del que necesitarían para forjarse y consolidarse", plantea. Así el sociólogo polaco describe un complejo mundo donde todo, o más bien casi todo, es flexible y efímero.
Bauman enfoca sobre cuestiones tan diversas pero entrelazadas como las relaciones sociales, la economía, la identidad, la justicia y las ideologías. Analiza un contexto en el que los ideales y los valores se tornan inestables. De ese modo trata de darle sentido a fenómenos como la permeabilidad de las convicciones políticas tan presentes en la Argentina de hoy, donde se tejen alianzas electorales hasta hace poco inconcebibles, que en otras épocas parecerían inverosímiles. O donde un referente político se va de un partido para pasar a representar a otro sin necesidad de dar demasiadas explicaciones a quienes lo votaron.
Ese entorno de procesos fugaces y complejas tramas constituye un reto dinámico para el periodismo actual frente al papel que siempre le ha asignado la sociedad y que es definido con mejor precisión que nadie por el comunicador español Juan Varela cuando lo retrata como "la profesión que informa a los ciudadanos con veracidad para ayudarlos a gestionar su vida cotidiana y a participar en la vida pública".
Pero ¿qué ha cambiado en el periodismo y en la sociedad durante este casi medio siglo de existencia de diario El Patagónico?
Ya no se discute que los medios de comunicación se han sumado al sistema familiar y al sistema educativo en la socialización de las personas. Hoy los diarios, la televisión y la radio ejercen una influencia sustantiva sobre la vida política y social. Son el principal campo de referencia de lo que sucede en el mundo y adquieren un papel protagónico en la circulación de valores e ideas.
Sin embargo, lo que prima en ese ecosistema es el paradigma de "infoentretenimiento". La televisión, que nació como una plataforma de pasatiempo mezclada con algunos contenidos informativos, terminó imponiendo una cultura del espectáculo que influye sobre los demás medios, incluidos aquellos que tienen una naturaleza meramente periodística.
La característica de esa cultura es que suele colocar en un plano de igualdad lo importante y lo interesante. Se privatizan problemas públicos y los problemas privados emergen en el espacio público. Para el periodismo se traduce en el riesgo de perder el sentido de la orientación que necesita para dar cuenta de los acontecimientos socialmente relevantes en una comunidad.
Otro desafío que afronta el periodismo, pero fomentado por la evolución de la tecnología, es la existencia de un mundo saturado de información. La sobreabundancia de noticias identifica a las sociedades actuales y demanda la capacidad de seleccionarlas a partir de criterios que contribuyan a generar en la ciudadanía una opinión crítica de los sucesos que la afectan.
Caso contrario, "la enorme cantidad de información que recibe un ciudadano, colocando asuntos de gran trascendencia social con otros triviales, produce una trivialización de contenidos que son significativos. No se llega a discernir cuál es la información más significativa ya que esa información queda camuflada en la sobrecarga de información", postula el sociólogo estadounidense Herbert Schiller para anticiparse con su definición a lo que otros investigadores conceptualizarían años más tarde como "infoxicación".
De la mano con ese factor, los criterios de selección informativa también están influenciados por los roles cada vez más activos que asumen las fuentes noticiosas y las propias audiencias.
En el caso de las fuentes más habituales de las que se nutre el periodismo, sobre todo en campos como la política y la economía, se observa una "profesionalización" de su discurso. Es decir los actores recurrentes de las noticias apelan a incorporar herramientas de comunicación con el objetivo de influir en la construcción de la agenda de los medios, tanto para ocupar un espacio preponderante como para intervenir en el enfoque de la información.
Para lograr ese grado de influencia, gobiernos, empresas y las más diversas instituciones recurren a la creación de gabinetes manejados por profesionales de la comunicación que se encargan de elaborar despachos de prensa, las populares "gacetillas" que algunos medios reproducen en forma textual sin contrastar su contenido con otras fuentes. El resultado, en ese caso, es un periodismo condicionado que pierde mucho más que la iniciativa si espera las noticias en lugar de salir a buscarlas. Dilapida la capacidad de interpelar al poder y se debilita así su papel de contribuir a la construcción de una sociedad democrática.
Las audiencias, mientras tanto, se caracterizan hoy por estar más segmentadas, a tono con una oferta de contenidos diversificada y adaptada a las preferencias de múltiples grupos generacionales, culturales, ideológicos y socioeconómicos. Se traduce en una demanda permanente de innovación para los medios que construyen entretenimiento, pero también para aquellos que producen información. Surgen nuevos modos de consumir noticias. Además del papel, los diarios se leen cada vez más en pantallas de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes. Empieza a prevalecer la interactividad.
El periodista argentino Pablo Sirven lo sintetiza así: "gracias a los nuevos dispositivos tecnológicos, las audiencias pueden saltearse con más facilidad lo que no les apetece, tanto en la gráfica como en la TV, por lo que aquella brecha entre los intereses periodísticos y los del público se ha vuelto bastante más crucial. El lector/espectador antes era más dócil y pasivo, se conformaba con lo que le daban y, además, vivía sin tantas urgencias".
Pero ningún reto parece ser más crucial para el periodismo actual que la dictadura de la inmediatez. La televisión impuso el concepto de que noticia es "lo que está pasando en este momento", lo que se puede mostrar en vivo, un criterio que se ha visto reforzado con la irrupción de internet y sobre todo de las redes sociales. La velocidad con la que se narran los acontecimientos hace que la consistencia de lo que se informa se desvanezca con rapidez. Todo parece ser volátil, pasajero y efímero. En palabras del comunicólogo argentino Martín Becerra la comprensión y la explicación están siendo reemplazadas por una "instantaneidad irreflexiva", que consiste en relatar lo que ocurre, pero sin analizar por qué sucede.
Pero ¿quién dijo que todo está perdido? Aunque no predomina, todavía existe ese periodismo con capacidad de situar reflexivamente los acontecimientos con el que se identifica este diario. Ese periodismo que narra el presente, pero que también lo explica, que se apoya en el contexto y profundiza en los antecedentes. Un periodismo con capacidad de interrogar, repreguntar, analizar, investigar. Que desconfía de las versiones únicas. Que entiende las noticias no como fragmentos inconexos de la realidad, sino como acontecimientos que suelen estar entrelazados y que forman parte de procesos sociales profundos.
Si ese tipo de periodismo todavía existe es porque la sociedad lo necesita, más allá de la tensión permanente entre lo importante y lo interesante. "Lo esencial es insistir en que el contenido tiene valor y es diferencial", como propone Glenn Hall, director periodístico de The Wall Street Journal, de Estados Unidos, al preguntarse cómo se adapta la cultura de una organización de noticias a la explosión de las audiencias digitales.
