Durante la movilización por Ni Una Menos en Comodoro Rivadavia, Celina hizo público su testimonio y reclamó una resolución judicial en la causa que tiene como imputado al docente de teatro.
En medio de la movilización por Ni Una Menos realizada este miércoles en Comodoro Rivadavia, una voz quebró el ritmo de las consignas y el sonido de los bombos. Era la voz de Celina, la joven que denunció al docente de teatro Helvert Collantes Morán por abuso sexual y que, frente a cientos de personas, decidió volver a contar una historia que lleva 8 años cargando sobre sus espaldas.
“Quiero hacer público un caso. Mi caso”, comenzó diciendo. Explicó que durante mucho tiempo escuchó a otras personas hablar de lo ocurrido sin saber que la víctima estaba delante de ellas. Que su historia se transformó en un expediente, en una estadística, en un comentario ajeno. Por eso decidió ponerle rostro, nombre y voz.
Antes de hablar de sí misma, eligió hablar de una realidad más amplia. Citó datos de organismos especializados sobre abuso sexual en las infancias y adolescencias y recordó que en Argentina hay millones de víctimas. También puso el foco en la enorme distancia que existe entre los hechos denunciados y las condenas.
“Cada mil abusos hay cien denuncias y de eso una sola condena”, señaló. La pregunta que atravesó todo su discurso fue tan simple como devastadora: qué ocurre con quienes sobreviven después del abuso.
“¿Qué estamos haciendo con nuestros niños, con nuestras mamás, con nuestros hermanos? ¿Qué mundo habitamos y por qué llegar a los 18 años sanos y salvos es un logro? Cuando no lo lográs, ¿dónde quedás? ¿Con quién quedás?”, planteó.
Celina habló del silencio. De ese silencio que muchas veces se interpreta como una decisión de callar cuando, en realidad, puede ser una cárcel. “Tal vez nuestra falencia está en pedir que hablemos, dando por hecho que uno no quiere hablar, sin pensar que a veces somos prisioneros de nuestro propio silencio que nos destruye y cada día nos apaga más”.
LA DENUNCIA ETERNA
En uno de los pasajes más duros de su relato reconstruyó el día de la denuncia. Se vio nuevamente sentada en una comisaría, junto a su madre. “Tengo un recuerdo. Estoy sentada en la comisaría. A mi lado está mi mamá. Y llora. Llora como me gustaría llorar a mí ahora”.
Contó las preguntas, la necesidad de revivir una y otra vez aquello que intentaba olvidar y la sensación de que la vida seguía transcurriendo afuera mientras ella permanecía atrapada en ese momento.
“Afuera me espera mi papá, mi hermana y su amigo. Afuera está la vida. La vida está pasando y yo estoy acá sentada contando una y otra vez lo mismo”. Mientras atravesaba ese proceso, dijo, había una imagen que no dejaba de perseguirla: la cara de quien denunciaba.
“Solo puedo pensar en su cara. Una cara que me revuelve el estómago”. La joven explicó que hoy tiene 21 años. Que denunció a los 16. Que los hechos denunciados ocurrieron cuando tenía 13 años.
“A los 13 me convertí en una sobreviviente. Pero hoy decido ser mucho más que eso”. También habló de las secuelas. De las pesadillas. De la medicación. Del dolor que permanece incluso cuando los años pasan.
“¿Cuánto tiempo voy a tener las mismas pesadillas?”, se preguntó. Por momentos, el discurso se transformó en una conversación dirigida a quienes eligieron callar o mirar hacia otro lado.
“¿Alguien está preguntando por mí? En esos lugares donde la gente tapa y esconde la verdad debajo de la alfombra, ¿se acuerdan de mí?”. La referencia al ámbito teatral apareció una y otra vez. Celina sostuvo que el daño no sólo alcanzó a las víctimas, sino también a una comunidad artística que quedó atravesada por lo sucedido.
“El teatro está sangrando porque lo mancharon con dolor, recuerdos malos y tristeza. El teatro está exigiendo justicia”. Y agregó: “El teatro sí recuerda. A veces parece que yo soy la única que recuerda”.
Después de más de cuatro años de espera, el reclamo central volvió a aparecer. “Hace más de cuatro años que estoy esperando justicia”. Fue entonces cuando decidió nombrar públicamente al acusado.
“Quiero que se entere todo el mundo que en la calle hay un violador suelto que tiene nombre y apellido. Es Helvert Collantes”. La joven recordó que el juicio ya tiene fecha fijada para el próximo 16 de junio y aseguró que tanto ella como quienes la acompañan están cansados de esperar.
“Seguimos de pie. Estamos en todos lados. Somos un montón”. Sobre el final dejó de hablar solamente de sí misma y se dirigió a las mujeres presentes en la movilización.
“Por favor, hablen. No se callen. Esto no tiene que seguir pasando”. Antes de bajar del escenario quiso recuperar algo que, según dejó entrever durante todo su relato, sintió que le había sido arrebatado durante años: su identidad.
“Mi nombre es Celina. Tengo un nombre, tengo un apellido, tengo una vida”. El aplauso que siguió a sus palabras fue uno de los momentos más emotivos de la jornada.
