En Perú duermen sobre los escombros para evitar saqueos

Cientos de familias de la ciudad de Pisco duermen sobre los escombros de sus viviendas para proteger de los saqueos lo que queda de sus bienes y muchas de ellas mandan a niños, mujeres y ancianos para que aguarden en campamentos improvisados en parques y plazas la llegada de ayuda humanitaria tras el sismo del miércoles.

Pisco, Perú, (Télam)
La tarea de remoción de escombros y rescate de cuerpos recién empieza en esta ciudad, donde el 90% de las construcciones se derrumbó a causa del terremoto.
Los bomberos trabajan intensamente en Plaza de Armas donde se concentra la mayoría de los hoteles y el centro comercial, y de a poco llegan a las casas particulares de los alrededores donde todavía, se estima, hay cuerpos atrapados.
La distribución de la ayuda humanitaria -que llega a los aeropuertos de Pisco y Lima y centralizan las fuerzas militares de Perú- es caótica.
Muchos pisqueños optaron por improvisar sus propios campamentos en parques, plazas y en las afueras de la ciudad, donde se multiplican los asentamientos de gente que levanta tiendas con palos y sábanas y organiza ollas comunitarias con lo que recibe en las postas de alimentos.
En el estadio del Club Atlético de Pisco permanecen unas 300 personas que se trasladaron desde la costa, donde el mar subió más de 200 metros tierra adentro y las autoridades emitieron un alerta de tsunami, que después se desactivó.
En el estadio conviven las primeras familias que se instalaron tras la catástrofe, a las que se sumaron las que fueron llegando en las últimas horas.
Un marco en el que la desesperación por la escasez de agua y comida, y las dificultades que hay en la distribución oficial de ayuda, generó algunos enfrentamientos.
El sábado, un grupo de mujeres reclamaba en la puerta del campamento que los bolsones de alimentos sólo llegaba a algunos asentamientos y dejaba afuera a la gente que pernoctaba sobre los escombros o estaba menos organizada o no figuraba en los padrones.
«La ayuda llega por sectores: a los que están en el fondo les dan alimentos todos los días y a nosotros, nada. No es justo», afirmó a Télam Evelin Herencia Ramírez, al frente de la protesta.

CLIMA TENSO
El clima se volvió tenso en el estadio: las mujeres se trasladaron «al fondo», donde están asentadas varias familias, y exigieron comida.
Por su parte, Saúl Ascasiete Reis, delegado del asentamiento, les explicó que las raciones tienen que alcanzar 15 días y son para las familias que están «desde la primera hora» y anotadas en un padrón.
El ejército peruano y la policía nacional, distribuidos en toda la ciudad incluidos los campamentos, miraban de lejos la escena; a pocos metros, un grupo de militares norteamericanos instalaba una carpa sanitaria y una mujer preguntaba, desesperada, dónde pasar la noche.
El hambre empieza a desplazar todos los problemas y en los últimos días es la preocupación excluyente de los que sobrevivieron al temblor.
William Neira es pescador, tiene tres hijos y es uno de los que vive «en el fondo y desde la primera hora». Su casa quedó destruida, pero él pernocta sobre los escombros porque dice que todavía se pueden rescatar algunas cosas y deja a su mujer y a los niños en el campamento.
«Todavía hay muertos que no sacaron y como pasaron varios días, el olor es fuerte y les hace mal a los chicos», explicó.
Neira vive en una tienda que armó con sábanas y palos; pese a los envíos internacionales de ayuda humanitaria que se anuncian a diario en los medios de comunicación, son muy pocas las carpas que se ven en los asentamientos.
Después de las 5 de la tarde, cuando el sol baja, las tareas de remoción de escombros y verificación edilicia se intensifican aún más.
Personal de Defensa Civil, militares, bomberos y la policía nacional revisan lo que queda de las construcciones y las instalaciones eléctricas, antes de autorizar la entrada de las máquinas que levantan los escombros más pesados.
La gente trabaja a la par y rescata lo que puede: un juguete, una heladera que ya no funciona, el pedazo de un mueble, un colchón. Los cargan en unos carros que empujan a mano o los enganchan a una bicicleta y se lo llevan a donde sea que pasen la noche.
Las cifras oficiales no se actualizan. Según el último reporte de Naciones Unidas (ONU) que circula, al menos desde el viernes pasado, las familias afectadas son cerca de 17.000.

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