Extraño, Comodoro

“Es una ciudad rara Comodoro. A la gente le falta agua y en vez de salir a protestar, van a comprar dos bidones más de 10 litros”, reflexiona Romina, una joven de 18 años que decidió este año irse a estudiar Sociología a Córdoba. Tal vez su tesis final sea sobre la idiosincrasia de los habitantes de una ciudad minera que a lo largo de su historia si por algo se caracterizaron fue por su desidia. ¿Para qué hacernos problema por algo que se puede resolver con plata, que cada ciertos períodos como éste, abunda?

Extraño, Comodoro. Siempre generando riqueza para otras geografías sin preocuparse mucho por resolver las cuestiones de infraestructura básica en una urbe que crece sin control ni estadísticas confiables, donde sus dirigentes políticos –salvo rara vez- se preocupan por ser algo más que delegados de Rawson.

Extraño, Comodoro. Una ciudad claramente sectorizada, donde de un lado están la abundancia, el ruido, un poco más de seguridad y su clase dirigente, mientras del otro hay marginalidad, tierra de nadie, inseguridad y autoridades que miran para otro lado, tal vez porque eso es lo que les pide la urgencia política de la hora.

Extraño, Comodoro. Porque a veces pareciera que solo se premia a los que dejan más dudas que logros en su paso por diversos cargos públicos. Hombres y mujeres que son vilipendiados de una institución, sobre quienes incluso pesarán mantos de sospecha hasta el final de sus días, y que encuentran nuevos cargos de responsabilidad en otros ámbitos de exposición y en donde hay manejo de fondos públicos. ¿Con qué autoridad moral pueden orientar políticas aquellos a los que se echó por quedarse con plata de los contribuyentes cuando les tocó administrarla?

Extraño, Comodoro. Una ciudad que hasta hace tres años solo había dado un gobernador a la provincia. Llegaba de una ciudad que vivía su bonanza gracias a los efectos del primer “boom petrolero”. Duró lo que un suspiro. Todo por enfrentar a los poderes establecidos del Valle que nunca cederán el control de la cosa pública. No en vano allí se dice que quien nace en esa geografía lo hace con tres cosas aseguradas: empleo público, vivienda oficial y pertenencia a un club que le abrirá puertas para otras proyecciones socio-políticas.

Extraño, Comodoro. Una ciudad en la que los intendentes casi siempre prefirieron el alineamiento manso con el gobernador de turno, aún a costa de ceder beneficios que por lógica correspondían. Pero que cuando se plantaron, no contaron con el respaldo necesario para ganar la pulseada. Ni de los que sabían, ni de los que miran todo con la ñata contra el vidrio. Aunque a veces lo hacen y consiguen cosas. Justo cuando el gobernador es de Comodoro.

Extraño, Comodoro. Con habitantes que cada tanto deben adaptarse a códigos de convivencia que deberían estar internalizados hace tiempo, teniendo en cuenta sus casi 114 años de vida. Tal vez por la falta de arraigo, llevada en los genes, pero también alentada con los que hacen su agosto de ello.

Extraño, Comodoro. Porque las promesas son cíclicas y las ganas de creer en ellas, también. O quizás el descreimiento esté tan enraizado que sea eso lo que lleve al consumo desmedido; a la remarcación de precios descarada y a preocuparse solo cuando cae el precio del barril de petróleo en el mundo.

Extraño, Comodoro. Una vaca de leche negra que da jugo hasta para los que no conocen un pozo de yacimiento, aunque llevan la calculadora en el alma y tienen los contactos como para sacarle rédito por millones al estar en el momento justo detrás de la persona indicada.

Extraño, Comodoro. Donde cada cierto tiempo hay espectaculares operativos que desnudan a ciertos personajes y tejen una tela de sospecha sobre otros cuantos a los que nunca nadie les preguntó en serio cómo llegaron a estar en determinada posición o a tener lo que tienen siendo que nunca se les conoció un oficio que permitiera deducir que únicamente se trataba de lucidez para los negocios.

Extraño, Comodoro. Hace 40 años los “escrachados” también eran personajes notorios. No compartían cafés en lugares a la vista de todos, pero mantenían contactos entre ellos para establecer las tasas de usura. Había comerciantes, abogados y otros influyentes. Políticos no porque por entonces el intendente era un delegado de la Marina.

Extraño, Comodoro. Porque también en algún momento quedó salpicado por hechos reñidos con la ley a partir de su avidez por el dinero un personaje al que finalmente la historia pareció absolver porque sin dudas fue más lo que dejó para las nuevas generaciones que aquella mancha que lo salpicó en su búsqueda de ayudar al prójimo.

Extraño, Comodoro. Porque parece que nunca llegará al pecado 491, ese que no se perdona. “Perdonarás a tu hermano 70 veces siete”, dice la Biblia que decía Jesús. Claro que en el Evangelio de Lucas, sostiene: “si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti diciendo ‘me arrepiento’, perdónalo”.

Extraño, Comodoro. Nadie nunca se arrepiente.

Fuente: Horacio Escobar

Dejá tu comentario

Las Más Leídas del Patagónico