Gilda Garnica (45) tiene una virtud que debe anhelar más de uno: en plena entrevista con El Patagónico en la playa Costanera se acercan a saludarla desde personas con la última indumentaria acuática hasta otros más humildes que aprovechan la jornada calurosa para ir con sus niños a refrescarse en el mar.
Todo se construye. Gilda lo hizo desde que trabajó en las colonias de vacaciones municipales en distintos barrios donde reclutó para el semillero de judocas al que se sumó una niña llamada Oritia González, quién luego se trasladaría a Buenos Aires y sería sparring de Paula Pareto.
Pero el camino de Gilda empezó mucho antes de que ella naciera, en el seno de una familia que respiraba judo.
MARCOS GARNICA, UN PIONERO DE LA ACTIVIDAD
Gilda recuerda a su padre con emoción. Los 13 años que vivió con él los resume de la siguiente manera: “Mi viejo fue uno de los que comenzó con el judo, siempre trabajó en ello. Recuerdo que lunes, miércoles y viernes iba a Caleta Olivia a dar clases y volvía (a veces sumaba Pico Truncado y Río Gallegos). Dormía una mini-siesta con Glenis (la menor de las Garnica) que era una bebé en su pecho y de ahí arrancaba a dar clases en la escuela 155 o en el Municipal 1. Cuando podía nadaba y hacía de guardavidas cuando el servicio no existía, como así también participaba de los triatlones de esa época de los 80”, rememora.
La vida de Marcos transcurría entre el judo y su familia. Para poder complementar todos sus roles, eligió viajar con toda la familia cuando el deporte invitaba a sumar más kilómetros para tener presencia en torneos provinciales y nacionales. “Metíamos todo al auto y emprendíamos viaje; en realidad yo ya hacía judo desde los 6, como mi hermana. Entonces también íbamos a parti
cipar”.
El 12 de octubre de 1990 la familia Garnica viajaba en su Peugeot rumbo a Viedma, donde Gilda debía defender el título de campeona nacional obtenido un año antes en Paraná.
Pasando las vías del ferrocarril de San Antonio Oeste, el auto sufrió un desperfecto y terminó su recorrido de frente contra un camión. Desde ese momento, Gilda se quedó sin padre, madre y abuela materna. Días más tarde también perdería a su hermana mayor.
En un instante, una adolescente de 13 años y su hermanita menor se quedaban sin su familia nuclear.
“Yo siempre lo pensé; cómo transité todo ello. Porque también perdí a mi abuela materna que ‘era lo más’ para mí. Y creo que el hecho de tener una hermanita menor por la cual no bajar los brazos fue lo que me fortaleció. Y luego en la vida eso se trasladó a mis hijas; ellas son el motivo por el cual una sigue adelante”, recalca.
BARAJAR Y DAR DE NUEVO
Un año le costó a Gilda volver al judo. Desde el accidente fueron muchos los cambios, como mudarse de su barrio de la infancia (las 313 Viviendas) hasta vivir por 4 años bajo la tutela de sus abuelos paternos. Y luego con sus tíos de parte materna, uno de ellos “Bigote” Córdoba, relacionado con el mundo del rugby.
“Cuando volví al judo fue de la mano de Roberto Grupallo, que ya se había establecido en la ciudad y le daba continuidad al deporte, sumado luego con Alejandro Arocena que venía de Buenos Aires y que su padre fue uno de los fundadores de la Federación. Al egresar de la 723 (en una etapa muy buena bajo la dirección de “Lali” Anconetani) cursé un año de analista programador universitario en la universidad, pero me di cuenta de que no era lo mío. A mí me gustaba (y gusta) estar con grupos de personas y en contacto directo con ellas”.
Para entonces, Gilda le había encontrado el gusto a dar clases de judo. Miguel Blanco le había dado el espacio en el Municipal 1 –donde la sala de judo lleva el nombre de su padre- y fue la esposa de Blanco (Liliana Colla) quien la recibió como estudiante del Profesorado de Educación Física.
“En judo dejé de competir a los 20. Primero porque haciendo pesas me lesioné una vértebra. Y luego en la última competencia que participé, me hicieron una llave (estrangulación) y me desmayé unos segundos. Me acuerdo que me desperté y quería seguir, mientras que el ‘Pelado’ (Roberto Grupallo) que era mi entrenador estaba como loco y quería ingresar al tatami”.
Mucho antes su papá -sin ser profesor- ya tenía el reconocimiento como tal. A tal punto que dictaba talleres de judo a los futuros profesores de educación física entre los que egresó –por ejemplo- Sandra Varela, la referente de la zumba y otros ritmos.
Gilda, al mismo tiempo que era madre y ‘profe’ de judo, estudiaba el profesorado. Anatomía de primero y el cambio de plan de estudios le alargaron la carrera. Pero Garnica, lejos de amilanarse, se recibió.
COLONIAS DE VACACIONES, UNA POLITICA DE INCLUSION
Desde hace décadas las colonias municipales son gratuitas –no en todas las ciudades es así- e implican un punto de encuentro para miles de chicos que además de jugar, adquieren hábitos saludables y conocen mejor su ciudad.
Como estudiante del profesorado, Gilda en esos espacios (primero en barrio Ciudadela y luego en otros) reafirmó que ser profesora y brindar igualdad de oportunidades era lo suyo.
Allí construyó ese saludo permanente de distintos estratos sociales cuando la ven en la costanera local o la cruzan por la calle. “Con las colonias conocí todos los barrios y me sirvió para acercar chicos al judo. Oritia (González) fue una de ellas. Luego de las colonias, muchos chicos se anotaban en judo en el Municipal 1. Incluso en la época de los planes Trabajar las mujeres iban al 1 y me llevaban a los niños para que practiquen. Fue a través del judo que pudimos participar en distintos torneos y viajar por el país; incluso con una delegación fuimos a Italia con todos los gastos pagos por un profesor de allá que nos visitó en una ocasión”, comentó.
LA CAPACIDAD DE SUPERAR TRAUMAS
Resilencia significa la capacidad de que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente, etc. Algunos sostienen que ello potencia la felicidad. En el caso de Gilda, el accidente fue un punto de quiebre, pero lejos de venirse abajo, se reconfiguró para brindarse a los demás.
No sólo como profesora de gimnasia, de judo, de colonias. Sino también de natación para personas con discapacidad. Donde hay un espacio para poner en valor a las personas, ahí Gilda busca desempeñar su función. Y lo contagia y lo vive con la pasión que le transmitió su padre.
Por ello fue por más y hace pocos años inició el curso de guardavidas. No le fue fácil el no poder concretar 100 metros en 1’20’’, lo que se tradujo en un año de entrenamiento intenso para volver a rendir con éxito y ser una centinela del mar.
Si el refrán dice que el “alumno supera al maestro”, Gilda lo hizo con creces, pero su hija Fiorella fue más allá, compitiendo a través del judo por toda Europa. Graduada de psicóloga en la Universidad de Buenos Aires, la misma logró notables méritos a nivel nacional e internacional, obteniendo el oro a nivel Panamericano y el bronce en la Copa del Mundo de Judo, compitiendo en países de América, Europa y Asia.
Pero, sin duda, la principal lucha de Gilda fue su superación al recuperarse de tan dura caída, a la que fue sometida como un gran desafío del destino. Son ejemplos que nos demuestran que cuando una persona quiere vivir y recuperarse de la peor situación, lo puede lograr”, describió Pablo Saúl Cosentino (6° dan de Judo UPJ) en las redes sociales.
Para Gilda; o “Gil” como la nombran las personas que se acercan a la costanera, o “la tía” como le dicen sus colegas guardavidas, se trata de estar siempre a la altura. Física y mentalmente. De esa manera, uno se puede brindar mejor al otro; ponerlo en valor y animarlo a no bajar los brazos. Ese es el camino que actualmente transita.
