Imágenes superpuestas

El gobernador Martín Buzzi produjo una nueva modificación de gabinete, de esas que dicen se tienen que hacer cada tanto para “oxigenar” y “repotenciar la gestión” pero que en esta ocasión, por tratarse de Seguridad y por la manera y las personas elegidas para la partida y puesta en funciones, hace ruido y motiva un análisis o al menos una serie de preguntas sobre el movimiento resuelto por el primer mandatario.

La pieza saliente no fue otra que él hasta el jueves ministro de Seguridad de la provincia, José Glinski, uno de los mejores o de los pocos cuadros formados y enfocados que tenía la gestión, que seguramente cometió errores y expuso muchas dilaciones pero que en cada una de las acciones y hasta en el plano discursivo, denotaba un grado de pertenencia a lo que hoy se denomina “proyecto” y una idea y vocación de cambio que -insistimos- pocos tienen.

Glinski, que llegó al gobierno como subsecretario del área pero rápidamente escaló primero como secretario y luego como titular de un ministerio que, hay que recordar, se creó prácticamente para él y con la justificación de que la Seguridad o la inseguridad era y es una de las demandas y necesidades más importantes del ciudadano.

El hoy ex ministro, que se asegura regresará próximamente a la administración provincial y desde un lugar en el que seguirá alentando lo que es su sueño de intendencia, además de ser un cuadro político, se había especializado en el tema, tanto por su trabajo en seguridad aeroportuaria como en distintas capacitaciones, y encarnó una especie de democratización desde el flamante ministerio a la propia fuerza policial.

Además de modificar algunas cuestiones que aparecían intocables desde la misma creación de la policía provincial, hace más de 50 años, desde el ministerio se pensó e invirtió en nueva tecnología (que se demoró demasiado pero llegó); se implementó el sistema de cuadrículas (que se puso en marcha de manera desprolija, tal vez, pero es un acercamiento concreto de la policía con la gente), y se creó el Consejo de Bienestar Social que si bien no es la sindicalización plena, al menos es el primer ensayo de representación policial.

Para suplir a Glinski, que evidentemente para los ojos y encuestas del gobierno no pudo soportar el embate de un sector de la oposición que lo tomó, como se dice en la calle, de punto, y aprovechando graves cuestiones de inseguridad que sucedieron en Trelew -una ciudad mucho más tranquila que nuestro bendito Comodoro Rivadavia-, Buzzi eligió al militar retirado Oscar Martínez Conti, quien si bien es un hombre de diálogo parece ser, al menos en la primera imagen, algo muy distinto a su antecesor, tanto desde la pertenencia como en lo formativo.

Apenas se promovió la figura del hasta el jueves encargado de la seguridad portuaria de la provincia, varios vecinos y otros tantos actores sociales -algunos con más representación que otros- se mostraban satisfechos porque entendían que “con el militar viene la mano dura”, un discurso y un pensamiento tan desafortunado como desubicado ya que el funcionario debe manejarse, como su antecesor, con las herramientas y las normas de la democracia. Ni más ni menos. Los nostálgicos no siempre tienen rasgos y estética poética. También hay muchos que añoran otros tiempos que afortunadamente ya fueron y que no deben volver.

El cambio, que ojalá sirva como se ha dicho en los discursos para potenciar el camino y corregir lo que se ha hecho mal o no se pudo concretar, aparece en principio como abrupto, al menos en las imágenes y perfiles de los hombres elegidos.

Serán solo imágenes y prejuicios para algunos, pero el tema es que las mismas están bien visibles para los que las quieran ver y que bien pueden apelar a aquella definición que dice que las mismas valen más que miles de palabras.