Ineficiencia y desaprensión, realidad de todos los días

por Luis Beltrán

Las cinco familias afectadas por la inundación de tres viviendas en el barrio El Mirador de Rada Tilly siguen masticando angustia. Han pasado ya dos semanas de aquella madrugada que pudo ser trágica si no hubiese aparecido en escena un habitante del sector alertando a otro sobre lo que ocurría.
“Vecino, te olvidaste abierta la canilla de la manguera y me estás inundando el patio”, le gritó desde la vereda el transportista Alejandro Maidana a Raúl Villalobos, que nada escuchó porque a esa hora del otro lado de la ventana todos dormían –el reloj apenas marcaba las seis de la mañana del domingo 26 de junio–.
Sí escuchó Villalobos ruidos extraños en el patio trasero de su casa. Y también a su prima gritando desde el fondo, huyendo del departamento espantada por el barro que asomaba negro. Negro como la madrugada el barro abriendo fisuras con fuerza a la altura de la ventana.
No había canillas abiertas, no había mangueras desperdiciando agua.
El barro se les venía encima. Les cayó encima y cubrió y arrastró todo: lavarropas, televisor, equipo de audio, computadora, camas, colchones, vajilla. El llanto de los chicos.
Arrasó con todo el futuro imaginado, con el esfuerzo de la vida puesto en la casa propia.
¿De dónde cayó ese barro negro? ¿De dónde apareció el agua poderosa? ¿A fuerza de qué ineficiencia se desbocó?
Cuatro meses antes, dos casas de barrio Laprida y una cantidad superior de familias fueron protagonistas de la misma película de terror. Una precuela, dirían los cinéfilos.
También un domingo, el 6 de febrero de este mismo año. No hubo víctimas gracias a quién sabe quién, que protegió con su azar a los vecinos que vieron descender desde el cerro Arenales una “montaña de barro y agua” que se incrustó en sus viviendas y corrió luego por Honduras calle abajo golpeando otras puertas, otras realidades, otras angustias.
“Estas calles están abandonadas desde el año 1930”, dijo un hombre ese día, y al siguiente, antes de reclamar también por un muro de contención históricamente en preparativos, en planes, en ausencia. Fueron cinco horas de agua bajando, golpeando, arrastrando lavarropas, televisor, equipo de audio, computadora, camas, colchones, vajilla. Arrasando también aquí el llanto de los chicos con todo el futuro imaginado y el esfuerzo de la vida puesto en la casa propia. Las familias Siares y Berardi lo saben.
¿De dónde cayó ese barro negro? ¿De dónde apareció el agua poderosa? ¿A fuerza de qué ineficiencia se desbocó?

NADIE, NUNCA, NADA
Lo que ocurrió en Laprida fue consecuencia de la rotura de caños de 450 mm del acueducto Arenal-Ciudadela. En Rada Tilly, por la pérdida del ducto que une Comodoro con Caleta Olivia, sobre el cerro. Con el agravante de que esa pérdida había sido detectada varios días antes y la mejor manera de “arreglar” el problema fue inventando un terraplén para contener los 20.000 litros de líquido que la cisterna desperdiciaba cada 24 horas. Claro, olvidaron tener en cuenta que “la obra”, en algún momento, iba a ser socavada por la fuerza del agua.
Las justificaciones se repiten ante cada situación: para Rada Tilly o Laprida, la Sociedad Cooperativa Popular Limitada, concesionaria de los acueductos y de la distribución de agua, hace correr el mismo argumento. Como si fuera una grabación a la que sólo le cambia el nombre de la empresa constructora, la SCPL aseguró que la responsabilidad de lo ocurrido en la zona norte de Comodoro fue de la UTE integrada por Rigel-Indus Equivial. Y en la villa, claro, la culpa fue de Ecosur Bahía.
Las empresas, a su vez, mantienen un silencio inquebrantable y derivan toda controversia a los departamentos de “legales”, como si el abandono, la tristeza, el desequilibrio emocional que producen irresponsabilidades de este tipo fueran materia legal.
A los afectados poco le interesan cómo se reparten las culpas, quién acusa a quién o cuánto es el tiempo de garantía de una obra en construcción. A los afectados, y a todos los ciudadanos, lo que les interesa es vivir con la tranquilidad de que alguien (personas, instituciones) los está cuidando, que está controlando que las cosas se hagan, y se hagan bien. Porque, después de todo, la inversión que se destina a esas obras sale también de sus bolsillos.
¿Saber que tal empresa o institución es la responsable de lo ocurrido aliviará el sufrimiento? ¿Les devolverá los recuerdos guardados en fotografías que fueron devoradas por el barro? ¿Los tranquilizará a la hora de intentar dormir entre los fantasmas de otro alud acechándolos atrás de la pared? ¿Les calmará la angustia al verse despojados de sus esfuerzos?
En Laprida y Rada Tilly los vecinos vieron cómo el barro lentamente se fue secando, cómo se lo llevaron para abandonarlo en algún terreno baldío (en una de las casas de la villa para quitar el lodo fue necesario cargar cien camiones; sí, 100).
Ahora que desapareció asoman otras montañas: de papeles, expedientes e inventarios; de consultas con abogados, de trámites y más trámites sumándose a la impotencia y bronca.
¿Qué hace el Estado nacional, provincial, municipal para proteger a sus ciudadanos? En ambos casos, es evidente, las obras no se llevaron a cabo correctamente. ¿Quién controló? Nadie, al parecer. Debería el Estado hacerse cargo de atender a los afectados y accionar legalmente contra los responsables. Esas familias ya deberían tener sus casas arregladas y sentir la tranquilidad que brinda la protección, aunque sea un mínimo de contención ante tanta pérdida, angustia y abandono. Entre tanta ineficiencia y desaprensión cotidiana.

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