Este libro, cuyo subtítulo es «El auge del capitalismo del desastre», hace foco en la doctrina de Milton Friedman, un economista que impartió clases en la Universidad de Chicago en los años ’50 y que formó a su alrededor un grupo de personas que darían lugar a la llamada Escuela de Chicago.
Este grupo sentó las bases para la implantación política de una economía basada en el laissez-faire más absoluto, una radical interpretación del capitalismo de libre mercado que se comenzó a imponer por la fuerza en la década del ’70 y que ha terminado por asentarse de una forma más democrática en los últimos años del siglo XX.
A partir de una investigación que le demandó cuatro años, Klein explora el mito según el cual el mercado libre y global triunfó democráticamente y que el capitalismo sin restricciones va de la mano de la democracia.
Por el contrario, la autora de «No logo» sostiene que ese capitalismo utiliza constantemente la violencia, el choque, y pone al descubierto los hilos que mueven las marionetas tras los acontecimientos más críticos de las últimas cuatro décadas.
En «La doctrina del shock», recién publicado por el sello Paidós, Klein demuestra que el capitalismo emplea constantemente la violencia y el terrorismo contra el individuo y la sociedad.
Y que lejos de ser el camino hacia la libertad, se aprovecha de las crisis para introducir impopulares medidas de choque económico, a menudo acompañadas de otras forma de shock no tan metafóricas: los excesos policiales, las torturas con electroshocks o la picana en las celdas de las cárceles.
«A través del shock, se fuerza a la gente a ser obediente», comenta Klein, al tiempo que reseña cómo, en los años ’50, esta poderosa idea atrajo la atención de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
La base de los experimentos que la CIA emprendió, y que más tarde fueron incorporados en un manual, era utilizar el shock como un método de reducir a los adultos a un estado infantil.
Klein se vale de esta metáfora para describir el efecto de la aplicación de las teorías de la economía neoliberal sobre sociedades convulsionadas y advierte que las consecuencias no son accidentales.
«Un sistema económico que requiere constante crecimiento, al tiempo que elude cualquier serio intento de regulación ambiental, genera una constante corriente de desastres, sean militares, ecológicos o financieros», escribe.
«El apetito por ganancias rápidas y de corto término, resultantes de inversiones puramente especulativas, ha transformado a los mercados de valores, de divisas y de inmuebles en máquinas creadoras de crisis, como la crisis financiera asiática, la crisis del peso mexicano y el colapso de las puntocom lo demuestran», dice.
HISTORIAS RECIENTES
La autora repasa la historia reciente para dar la palabra a un único protagonista: las poblaciones sometidas a la voracidad de los nuevos dueños del mundo, el conglomerado comercial y gubernamental para quien los desastres y la inseguridad del ciudadano son el siniestro combustible de la economía del shock.
«El estado de shock es temporal por definición, y la mejor manera de permanecer orientado y resistir el shock es saber qué es lo que te está pasando y por qué», sostiene.
Después de iniciarse en el periodismo como colaboradora de diversos periódicos, Klein publicó en 2000 su libro «No logo. El poder de las marcas», un análisis de los efectos negativos de la difusión de las marcas y sus mecanismos de comercialización, que se convirtió en un best seller y fue adoptado como manifiesto por el movimiento contra la globalización.
La experiencia económica argentina, particularmente la debacle de 2001 y sus corolarios, es un ejemplo predilecto de Klein, quien en 2004, junto con su marido, el cineasta Avi Lewis, produjo un documental llamado «La toma», en el que cuenta la historia de las fábricas argentinas Forja, Zanon y Brukman, ocupadas y reactivadas por el personal.
En su análisis del caso argentino durante el gobierno de Carlos Menem, la autora demuestra cómo, una vez designado ministro de Economía, Domingo Cavallo, se apresuró a llenar los principales puestos con «Chicago boys».
La escritora razona que «si bien el modelo económico de Friedman puede ser impuesto parcialmente en una democracia, requiere condiciones autoritarias para instrumentar su auténtica visión».
«Para que la terapia de shock pueda ser aplicada sin reservas -como lo fue en Chile en los ’70, en China en los ’80, en Rusia en los ’90 y en los Estados Unidos después del 11 de Setiembre-, es preciso que exista una suerte de trauma colectivo, uno que permita o bien suspender temporalmente la práctica democrática, o bien bloquearla completamente», explica.
