La 'barrabravización' de la política
La agresión que el miércoles a la madrugada sufrieron los militantes de la agrupación La Mosconi mientras pegaban carteles en San Martín y Chacabuco merece ser absolutamente repudiada, sin medias tintas y sin peros porque se trata de un acto realmente abominable y que nada tiene que ver con las reglas de la convivencia y la democracia.
Dicho esto, que era necesario porque es lo que corresponde y para que además el repudio y el rechazo queden claros, hay que señalar que el hecho no fue el primero ni será el último porque las reacciones que la agresión generó de uno y otro lado no fueron las recomendables en lo que a convivencia democrática se refiere y espera.
Sucede que esta tarea de pegatina -la primera que originalmente realizan los militantes puros- siempre se realiza dentro de un esquema marginal que se establece desde la hora de realización hasta por los métodos utilizados, tanto para fijar los carteles cómo -y por sobre todo- para ganar paredones, recuperarlos o sacárselos a quien primero los vio y los utilizó.
Si hay que señalar que lo que años atrás eran algunas refriegas, que no pasaban de golpes de puño que también obviamente son repudiables, hoy se transformaron, al menos en el hecho del que estamos hablando, en enfrentamientos en los que se esgrimen y se usan armas de fuego.
En la ciudad y región ya tenemos una historia negra de cómo algunos sindicatos, sobre todo los más poderosos, tienen fuerzas de choque que son utilizadas primero para controlar la disidencia interna y posteriormente, cuando los sindicalistas se meten en la política, también para dar "batalla" allí, tanto en el "acompañamiento" de actos como en el de precandidaturas.
A gran rasgos hay que señalar, enójese quien se enoje, que de un tiempo a esta parte estamos en Comodoro y en Chubut en el tiempo de la "barrabravización" de la política, que permite que las pegatinas, las calles, los actos y las disidencias sean "controladas y ganadas" no por el debate ideológico de militantes que se están adoctrinando sino de quienes hoy están acá y mañana pueden estar allá.
Esta "barrabravización" no se da solo en la fuerza sindical, por decirlo de alguna manera, sino también y sobre todo en la dialéctica porque a diario, acá y allá, se observa cómo aquellos que están en funciones o tienen fueros pueden decir cualquier cosa del otro, sin luego sostener con pruebas en la justicia las denuncias más duras. Total, como dice un nefasto anillo, "todo pasa".
Son los grandes dirigentes los que, luego de hechos como el que nos ocupan, deberían haber parado la pelota, llamar a reunión y reencarrilar las relaciones entre fuerzas políticas, tanto hacia adentro como para afuera. Son los que más doctrina y representación tienen los que deberían haberles recordado a los que pegan carteles que lo que están defendiendo es una idea, un proyecto, y que el mismo tiene que tener el sustento de las ideas, no de la fuerza armada o el de los puños. Y esto empieza con consejos simples, sobre la hora en la que se deben realizar las pegatinas y hasta algo básico de recomendar: que si una pared ya fue "conquistada", no hace falta ganarla, mucho menos si está frente a una sede sindical de la otra fuerza en pugna. ¿Para qué provocar a las fieras o meterse en la boca del lobo, no?
En lugar de eso, lamentablemente en las horas previas a este grave incidente, que debe ser aclarado y condenado por la justicia, aquellos que representan a los agredidos aprovecharon para sacar partido e intentar llevar agua a su molino, como si se tratara de una oportunidad más para sumar en la pelea chiquitita, en lugar de sumar en la grande, que debería ser la de tener una sociedad mejor.
Así como el repudio de los responsables de los agresores debe ser sincero y contundente, terreno en el que también hubo mucha tibieza y vericueto, los que representan a los agredidos deben proceder con altura, denunciando y hasta acusando a los responsables directos, pero sin agregarle más nafta al fuego.
Mientras Juan Maldonado, el padre de Nicolás, un histórico militante sindical y político de Comodoro Rivadavia estaba preocupado por su hijo y llamaba a esa reflexión, más o menos en línea con lo que estamos sugiriendo que es lo ideal, las principales espadas del sector agredido estaban más ocupadas en condenar a los "generales" del dasnevismo que en buscar ese terreno de diálogo desde el que se pueda, no acercar las posiciones políticas pero sí generar el clima para que en las calles no se instale la guerra por los carteles y mucho menos la "vendetta".
Si un partido político no puede establecer esto entre sus fuerzas internas, que así lo son pese a que ahora uno se haya transformado en un partido independiente, ¿de qué sirve seguir ganando nuevas generaciones de militantes para una idea que no puede reforzar la que debería ser la más básica y central, como es la convivencia democrática?
El veterano dirigente del PJ de Comodoro Rivadavia, Víctor Gamboa, que tiene encima y por el costado muchas internas y elecciones generales, siempre comenta a los militantes que, más allá de elegir a un dirigente y una propuesta, deben evitar caer en los personalismos. La propuesta, sobre todo en un partido absolutamente vertical como el justicialismo, es difícil o casi imposible de digerir y entonces, cuando los que están dando los primeros pasos en la militancia, le expresan sus reparos, el eterno "Lalo" es más claro y explica: "mirá, vos pegá carteles y patea calles por quien más te guste, pero no te pelees con el militante del otro lado porque luego de la elección los de arriba se amigan y los de abajo quedamos todos peleados".
El problema es que los consejos de "Lalo" pueden ser escuchados por quienes recién empiezan, que luego pueden recordarlos, honrarlos u olvidarse de ellos, pero ya no llegan a quienes están arriba y que, en lugar de aprovechar la vista superior que tienen para ver mejor las cosas, la utilizan para guiar a la "tropa" a un enfrentamiento en el que siempre ellos son la carne de cañón porque –parece- la esquirla de la refriega hacia arriba nunca sube.