"La imaginación es el primer acto político para resistirse a cualquier sistema opresivo"

Lukas Bärfuss, escritor y dramaturgo suizo que fascina a lectores de todo el mundo, construye en "Koala", su reciente novela, una potente historia sobre el suicidio, capaz de bordear los tenues lazos entre el mandato de la productividad y la muerte, desde una escritura bella, llena de preguntas, silencios y una arrogante pulsión de vida.

Lukas Bärfuss estuvo en la Argentina antes de viajar a Chile para presentar esta novela, publicada por Adriana Hidalgo, que recorre los particulares días en la vida del narrador a partir del suicidio de su medio hermano y dialoga con la antropología, la historia y la biología para edificar una sólida narración bajo el disfraz de un collage experimental de amable lectura.
La nutrida agenda de actividades de Bärfuss, autor que parece despertar cierto fervor entre sus lectores o seguidores del universo teatral porteño, continúa este fin de semana en Montevideo.
Para muestras bastan el concurrido debate posterior a la función del último domingo de agosto de "Paraty", su inquietante obra en cartel en El Centro Cultural San Martín, que empezó cerca de las 22 y mantuvo a los oyentes hipnotizados por más de una hora, atreviéndose a las preguntas sobre capitalismo, imaginación y el lugar de la familia en estos tiempos individualistas.
El interés por el artista suizo se replicó en el Centro Cultural Recoleta donde también se presentó, siempre acompañado por Cecilia Bassano, traductora de su obra, teatrista y creadora del Ciclo Bärfuss.
Télam dialogó con Bärfuss, ávido lector de Borges, quien reconoció: "si solo tuviera libros de autores a los que apoyo políticamente, mi biblioteca sería menor: siempre hay una relación de tensión entre la belleza y la moral. Cuando solo se procura belleza en la literatura, el texto se vuelve inhumano. Si solo se busca moralizar, las palabras pierden brillo y se vuelve aburrido".

- Télam: ¿Cuál es su relación con la escritura?
- Lukas Bärfuss: Difícil. Escribir no me resulta fácil, trato de tener algo más de liviandad, pero por ahora solo es sudor y lágrimas. En realidad paso largos períodos sin escribir y cuando finalmente me atrevo, lo hago con la paciencia y la alerta propias de un luchador; como los gatos, que son capaces de esperar preparados, atraviesan un momento de tensión hasta que ¡zas! El ratón aparece y lo atrapan.

- T: ¿Los procesos de su escritura son diferentes en literatura y teatro?
- L.B.: La literatura es muy solitaria, pero en el teatro siempre hay otra persona o el escenario, por eso el encanto resulta mucho mayor, uno puede compartir sus errores y si se trabaja con buenos actores los propios desaciertos se perciben con más nitidez y a veces dan ganas de esconderse al escucharlos.

- T: ¿Trabaja también a partir de ese material?
- L.B.: ¿Desde el encanto o con el error? Sören Kierkegaard describe lo que le sucede al descubrir un error de tipeo o impresión y se alegra: las cosas se catalizan a través de los errores, solamente lo inerte aparece perfecto, mientras uno esté vivo es corrompible, es decir, está expuesto a cometer faltas. Cuando el escritor solo busca la belleza, resulta arduo.

- T: En "Koala", ¿el suicidio puede aparecer como un gesto de rebeldía frente a un capitalismo que avanza sobre los cuerpos?
- L.B.: Sí. El heroísmo se encuentra en muchos suicidios: Séneca, Sócrates el dramaturgo Heinrich Von Kleist, pero al experimentar un suicidio dentro de tu familia, el dolor es profundo. Teóricamente, puedo pensarlo como una rebelión, pero no lo suscribo... se trata de una contradicción que me ocupó mucho, un buen comienzo para la literatura: la contradicción con la propia experiencia y entonces surge la pregunta. ¿Qué es lo correcto, mi experiencia o el saber?

- T: Al terminar de leer su última novela, uno queda atravesado por las preguntas...
- L.B.: Sí, es una postura política. El relato político otorga cierto saber, pero la experiencia personal entra en contradicción con ese saber y muchas veces reprimimos esa experiencia porque nos pensamos demasiado débiles para cambiar esta realidad política.

- T: ¿La escritura implica un pequeño gesto para cambiarla?
- L.B.: Sí. Creo que en la literatura se encuentra esta añoranza de despertarnos y destierra la creencia de que existe algo asociado al destino o a la buena suerte. No se trata de una cuestión aleatoria: podemos soñar con otra realidad. Por supuesto, primero se requiere de imaginación. El trabajo de la imaginación constituye el primer acto político para resistirse a cualquier dictadura o sistema opresivo, por eso resulta el primer blanco para la represión, porque va directo a los fundamentos del sistema.

- T: ¿Su novela es una crítica a la productividad como mandato social?
- L.B.: En esta sociedad burguesa se encuentra una promesa rota, descrita por Descartes en el "Discurso del método": la crítica a la situación en la que uno está para lograr mejorarla, representa una opción válida durante la juventud, pero por una razón capitalista en algún momento hay que detenerla, ya que para volverte un sujeto creíble y que la sociedad te otorgue crédito, debés permanecer quieto en el lugar que ella espera de vos.

- T: ¿Cuándo comenzó su admiración por Borges?
- L.B.: Dahlmann, el protagonista de "El sur", sabe claramente que va a perder en un duelo con un gaucho y justo en ese momento dice la única frase que está escrita en presente: el problema de esta historia tan simple es que uno no puede decir cuándo, o dónde comienza. Así que no puedo responderte. No sé cuántas veces traté de solucionar este acertijo: Borges afirma que solamente está el tiempo presente, los otros tiempos gramaticales son solo una convención. Su lectura es una actividad permanente. De todos modos, él postula que la literatura nos va a convertir en personas mejores, y lamentablemente no es el caso: uno puede ser un traidor y tener una gran inclinación por la lectura.

- T: ¿A qué o quiénes se refiere?
- L.B.: Uno puede ser un gran poeta, pero tener propósitos políticos absolutamente deleznables, Borges es un gran poeta y políticamente, un pequeño traidor, como Ezra Pound, Céline o Dostoivesky, ¿pero cómo no leerlos? Si sólo tuviera libros de autores a quienes apoyo desde lo político, mi biblioteca sería menor: siempre hay una relación de tensión entre la belleza y la moral. Cuando solo se procura belleza en la literatura, el texto se vuelve inhumano. Si solo se busca moralizar, las palabras pierden brillo y se vuelve aburrido. Cada vez que se regresa a la escritura, se intenta redefinir esta relación.

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