La industria librera en alarma por la derogación de la ley del Libro

Se conoció el borrador de un proyecto impulsado por el ministro Federico Sturzenegger que busca eliminar la normativa que establece un sistema de precio único de venta.

El sector librero está en pie de guerra. El fin de semana, mientras los argentinos se preparaban para ver la final del Mundial, comenzó a circular el borrador de un proyecto de ley que busca desregular una serie de sectores de la economía. Entre ellos, el de la industria del libro. ¿De qué manera? A partir de la derogación de la Ley 25.542, también conocida como la ley del Libro o la ley que protege la actividad librera en la Argentina.

El borrador, que emana del ministerio de Desregulación que conduce Federico Sturzenegger, puso en alerta al sector. Automáticamente, la comunidad, de la que participan unas 1500 librerías y unas 2000 editoriales a lo largo y ancho del país, difundieron a través de sus redes sociales y comunicados de prensa las consecuencias que tendría la derogación de la iniciativa. También, se pusieron en contacto con diputados y senadores de diferentes espacios para darles su mirada sobre el asunto y evitar que la normativa, en caso de presentarse en el Congreso, prospere.

Cuando el gobierno de Javier Milei presentó su ley Bases hacia finales del 2023, en la versión original que contaba con más de 600 artículos, también derogaba la ley del Libro. Después del rechazo por parte de los aliados al Gobierno, ese capítulo (y muchos otros) fue descartado. En aquella instancia, el sector fue decisivo: se movilizó y alertó sobre las consecuencias sobre el avance de la derogación.

Ahora, los trabajadores del sector vuelven a esgrimir los mismos argumentos para explicarles a los funcionarios de La Libertad Avanza y a sus aliados la importancia que tiene la ley para el sector. La desventaja es que, ahora, el oficialismo tiene mayor peso en ambas Cámaras.

UNA LEY CON HISTORIA

La ley del Libro nació al calor de la crisis del 2001 y se promulgó en enero de 2002. “Es decir, el kirchnerismo ni siquiera existía”, aclaran los libreros. Es que los libertarios intentan deslegitimar la normativa tildándola de “kuka”.

Uno de sus puntos salientes de la ley es que plantea un precio único de venta al público de los libros. Es decir, al mismo libro (misma edición) el consumidor lo encontrará a igual precio en una cadena de librerías, en un supermercado o en la librería de su barrio. Ya sea en la CABA, La Quiaca o Ushuaia.

El proyecto fue impulsado cuando Fernando de la Rúa atravesaba el tramo final de su mandato. En medio de la crisis económica que azotaba al país, el sector librero se topó con un problema extra: los supermercados y grandes cadenas de librerías ofrecían descuentos muy agresivos. Las librerías de barrio no podían hacerles frente; no contaban con espaldas para vender por debajo de sus costos.

En cambio, los grandes jugadores encontraron en los libros un anzuelo para que sus clientes permanezcan en sus tiendas. La permanencia -está comprobado- genera ventas. En otras palabras, lo que perdían por la venta de libros –al ofrecerlos por debajo de sus costos– lo recuperaban a través de, por ejemplo, lo que recaudaban vendiendo otros productos como electrodomésticos u otros libros que no tenían esos descuentos.

Así fue que todo el sector, salvo los supermercados y las dos grandes cadenas que había en ese entonces, y que hoy siguen en pie, se pusieron de acuerdo: redactaron un proyecto para establecer el precio único para combatir el dumping.

El proyecto llegó a manos de Leopoldo Moreau, por entonces senador. El radical lo impulsó en la Cámara alta. Así, el texto inició su camino hasta convertirse en ley. Ley que al día de hoy el sector defiende a capa y espada.

Desde que la ley vio la luz hasta la fecha, se triplicó el número de librerías a lo largo y ancho del país. Y, con ellas, crecieron un sinnúmero de editoriales independientes que encontraron dónde exhibir textos “alternativos”.

Estas editoriales, en muchos casos, fueron impulsadas por los propios escritores, que no eran abrazados por las poquísimas editoriales que había en aquellos años. Basta con revisar los años de vida que tienen el grueso de las editoriales independientes en la Argentina. La mayoría ronda los 20 años de antigüedad.

La Feria de Editores, más conocida como la FED, es un claro ejemplo de cómo creció el sector. En 2013, cuando se celebró por primera vez, constaba de cuatro mesas dispuestas en FM La Tribu. En los últimos años, la feria se mudó al C Art Media por la cantidad de sellos que se sumaron. El mes que viene será una nueva edición del evento. Participarán unas 330 editoriales y darán charlas figuras que van desde Martín Kohan hasta Julieta Venegas, pasando por la francesa Violaine Bérot.

Las editoriales independientes se convirtieron en semilleros de autores de renombre. Figuras que hoy representan a la Argentina a nivel internacional dieron sus primeros pasos en ellas. Algunos ejemplos son Ariana Harwicz, Selva Almada o Gabriela Cabezón Cámara. Pero también, las editoriales independientes son terreno para que autores ya consagrados puedan explorar temáticas que no son bien recibidas por las grandes editoriales.

Kohan es un claro ejemplo: publica novelas en las grandes editoriales y textos de “nicho” en las independientes. Pero los casos abundan: César Aira y Juan José Becerra son otros autores que tienen un pie en cada mundo.

Con la ley, los lectores también ganan. A raíz de las editoriales independientes y la proliferación de las librerías de barrio, encuentran mayor oferta que hace 24 años atrás. Es que no solo se publican o exhiben escritores noveles o que no son “rentables” para las grandes editoriales (y que antes eran impensados). Sino que también apuestan a nichos, géneros y títulos que las grandes firmas descartan de antemano.