La inmigración que molesta
Termina setiembre, el mes de la inmigración en Comodoro Rivadavia, donde los chilenos festejan con chicha en cacho, los alemanes con cerveza tirada y la comunidad disfruta de la fiesta, ya tradicional, que organiza la Federación de Comunidades Extranjeras.
Durante un fin de semana, cada año, miles de personas visitan esta feria, donde los platos y las bebidas típicas están a la orden del día y las banderas de diferentes países que vinieron a poblar estas tierras se hacen presentes, recordando que la ciudad industrial es “un crisol de razas”. Verdaderamente son días de alegría y mucho orgullo para los inmigrantes que vinieron a buscar un mejor porvenir, reflejando unión y fraternidad entre las distintas comunidades sin distinción de continente. 
Termina setiembre y con él también otro mes trágico en la historia de la ciudad. Difícil será olvidar estos amargos días en los que Franco Epulef perdió la vida luego de tres años de asesinada su hermana y de que Yasmin Chacoma, de 11 años, fue violada y estrangulada.
En la causa del homicidio de la niña por el momento no hay detenidos. Sin embargo el pedido de justicia se hace escuchar, pese a que con el paso de los días la indignación reinante desaparece en las redes sociales y también en los portales informativos. 

“SON TODOS”
Es que la muerte de la pequeña despertó la bronca de la comunidad que se abalanzó a las calles para pedir justicia. Pero, también despertó la xenofobia, el racismo y la intolerancia contra los paraguayos, comunidad que durante estos últimos años llegó a la ciudad petrolera junto a los “perucas”, “bolitas” y “dominicanos”, como se los denomina en forma despectiva y xenofóbica.
“Son todos chorros”. “Son todos delincuentes”. Estas fueron algunas de las frases más escuchadas en radios y leídas en portales informativos y redes sociales. El lunes, cuando se supo que la nena había sido encontrada muerta, una parte de quienes habitan en el barrio 30 de Octubre intentaron atacar a la comunidad paraguaya, acusándolos de ser los autores del hecho, pese a que aún no había detenidos y el principal sospechoso ya había sido descartado como posible autor por los mismos investigadores.
Sin importar las generalidades, parte de la sociedad se abalanzó contra los paraguayos que tuvieron que defenderse con palos, haciendo guardia en la extensión de “las 1.008”, allí donde asentaron las bases de su propio proceso migratorio.
Una vez más la generalización y la xenofobia se entrelazaron para meter a todos los inmigrantes sudamericanos en la misma bolsa y sindicarlos como los autores de todos nuestros males sociales. Pero ¿son ellos quienes hacen de Comodoro Rivadavia una de las ciudades más violentas de Argentinas y más pobre en aspectos culturales y sociales? La respuesta sin duda es no.

¿CIUDAD RICA?
De esta forma, la hipocresía de ser la Capital Nacional de las Comunidades Extranjeras quedó expuesta en una ciudad donde los sindicatos arreglan sus internas a los tiros, donde los punteros son conocidos en distintas dependencias oficiales y donde los inmigrantes del otro lado del charco son vistos como los grandes pioneros de la República.
Del otro lado está la inmigración que molesta, la que llegó por el pan y el ladrillo, que vivió en cuatro chapas y la pelea a diario. Algunos progresan, suelen alcanzar la casa propia con ladrillos y hermosas vistas muchas veces diseñadas por ellos mismos.
Esto suele ser reconocido en las mismas reuniones sociales donde se destaca su pasión por el trabajo y su esfuerzo cotidiano.
Pero también está el mito de que perjudican a los obreros argentinos, quienes los acusan de quedarse con su trabajo, cuando en realidad son utilizados como mano de obra barata.
Las generalizaciones hablan de ignorancia. Sería insensato decir que todos los inmigrantes son hombres de bien, tanto como decir que todos son delincuentes y que son los culpables de los que nos pasa.
En Comodoro, ciudad tan rica desde el punto de vista del consumo y los salarios, es necesario reflexionar y ahondar en una sabiduría que permita destruir los prejuicios, preconceptos y estereotipos que se forman, se difunden y también se transmiten a los hijos, quienes crecen como si esa fuese la única verdad.