La marca fundacional y el factor humano
En el transcurso de 1965, dos hechos significativos marcaron la historia de Comodoro Rivadavia. La destitución del gobernador Roque González -quien había sido elegido democráticamente en 1963- y la desaparición del diario El Rivadavia aparecieron entonces como acontecimientos aislados entre sí.
Elegido por la Unión Cívica Radical del Pueblo que encabezaba Ricardo Balbín, González sufrió desde el comienzo de su mandato las presiones y el acoso por parte de sectores de poder que desde el Valle recelaban de su identificación con el sur de la provincia, pero también de su modo de ver la política y ejercer el poder.
Apenas dos años después, el gobernador González fue primero sometido a un juicio político, impulsado por legisladores de su propio partido, y finalmente obligado a renunciar. Al frente de aquellos destituyentes estaba el propio vice-gobernador, Atilio Viglione.
Esa ruptura -que persiste como una herida en el devenir institucional de la provincia- y el choque entre la cultura política del Valle y la del sur de Chubut -hecha más a la lógica del trabajo que a las sofisticaciones del lobby- marcaría intensamente a Roque González.
De aquellas circunstancias traumáticas, el ex gobernador salió dolido pero con convicciones firmes, y muy poco después tomó dos decisiones que incidirían de modo determinante en la historia chubutense. La primera fue fundar El Patagónico. La segunda, impulsar la creación del Partido de Acción Chubutense. Esta última historia no es el motivo del presente artículo.
En 1966, Roque González lideró a un grupo de destacados vecinos comodorenses para crear Editorial El Chenque, que a partir del 30 de junio de 1967 comenzaría a editar El Patagónico.
Junto a sus hermanos Calixto y Mariano, Roque González convocó a Manuel Acuña, Vicente Álvarez Lorenzo, Juan Manuel Altuna, Enrique Chiapello, Santiago Gorchs, José Kank y José María Rodrigo.
El objetivo de analizar la agenda de Chubut y el país con una mirada fuertemente comodorense y la defensa a fondo de los derechos de la región impulsaron a aquellos empresarios pioneros que fundaron El Patagónico, cuya influencia persiste hasta el presente.
El diario recogería la herencia simbólica y la tradición de El Rivadavia, cuya figura emblemática había sido Roberto Ezpeleta.
Cuando a fines de los '80 Claudia González Galina y Rodolfo Pérez me convocaron como directores-propietarios para el relanzamiento periodístico del diario y me ofrecieron el rol de jefe de redacción, comenzó para mí una etapa extraordinaria, de trabajo colectivo y pasión por informar, con el desafío de la creatividad y el rigor investigativo.
Agradezco siempre haber ejercido la profesión más inestable y bella del mundo en un diario que posee una tradición de periodistas-escritores, una trayectoria basada en la independencia del poder político y la convicción de que un medio de comunicación solo debe estar al servicio de los intereses de la sociedad, y no de los dictados de un sector u otro.
La marca de Asencio Abeijón y de David Aracena nos impulsó. De boca del primero -a quien Roque había convocado desde la misma creación del diario, y al que Osvaldo Bayer denominó "el Conrad patagónico"- escuchamos relatos extraordinarios y supimos cómo había anticipado en este diario las páginas de Memorias de un Carrero Patagónico que luego recorrerían el mundo.
Con David Aracena -uno de los narradores más brillantes que surgieron desde el sur de la Argentina; un periodista que tenía contacto con todo el mundo cultural latinoamericano desde Comodoro- llegué a trabajar codo a codo.
Para estar a la altura del desafío, convoqué a jovencísimos estudiantes de Comunicación Social que con la experiencia se convirtieron en grandes periodistas, como Andrés Cursaro, Horacio Escobar y Ana María Tronfi, y a un diseñador gráfico brillante con el que experimentaríamos durante una década, como Alejandro Mezzano.
Siempre estuve convencido de que era preciso demoler antiguos prejuicios, pero también de que jamás importa de dónde surjan los periodistas, siempre que sean buenos profesionales. Por eso, en esa tormenta de ideas e innovación resultaron invalorables periodistas de larga trayectoria, como los muy recordados Víctor Pascal y Eduardo Epstein, y el legendario fotógrafo Lito Ulloa.
La redacción era una fiesta. Se investigaba, se experimentaba en tiempos en que la transición tecnológica recién comenzaba a transformarlo todo, y -sobre todas las cosas- hacíamos de la pregunta nuestra herramienta más poderosa, y de las palabras un instrumento para interpelar a la sociedad y a sus dirigentes. Nos equivocábamos algunas veces, claro, y nos proponíamos hacerlo cada vez mejor, o aprender a "fracasar mejor", como Becket enseñó.
En la era en que los periódicos de papel constituían el eje absoluto de la agenda y aún estaba pendiente la explosión tecnológica de internet y las redes sociales, terminábamos cada jornada casi al amanecer, revisando la edición para detectar aciertos y errores; y comparábamos nuestros artículos con los de Crónica para celebrar o lamentar cuando habíamos perdido la batalla de la agenda o nos habíamos escrito mejor la misma noticia, como pide García Márquez.
Con el paso del tiempo, me he convencido de que esa dinámica de competencia de contenidos con el diario fundado por Diego Zamit contribuyó a fortalecer el periodismo de Comodoro Rivadavia y de la Patagonia en general.
Escribí hace poco en El Extremo Sur, el periódico que dirijo desde 2002, que "la capacidad de autonomía de los comunicadores y de todos los ciudadanos ha sido gravemente limitada por un sistema de vigilancia global que, una vez diseñado y montado para funcionar en secreto, no logra ser regulado por ley ni política alguna" y que "existe una conjura del secreto, fomentada por sectores políticos y empresarios de gran escala".
En el marco de la mayor transformación tecnológica de la información, los periodistas debemos asumir el desafío de seguir aportando información calificada, analizar un contexto altamente complejo que escapa al alcance de gran parte de los ciudadanos y mantener la capacidad de preguntar y volver a hacerlo tantas veces como haga falta hasta obtener una respuesta.
La libertad individual -no solamente la de los periodistas- está bajo fuego en un mundo que globaliza los perjuicios.
El Patagónico posee un capital simbólico de credibilidad y confianza desde 1967 y es preciso celebrar que -al igual que Crónica- siga en manos de empresarios comodorenses.
Existe una manera de relatar las noticias -que son la primera versión de la historia- con una mirada de proximidad, con un conocimiento profundo de la historia y de los códigos culturales de una sociedad.
Para lograrlo la clave está en el factor humano, que este diario ha sabido cultivar a lo largo de su trayectoria de casi medio siglo. Hay robots que escriben noticias, pero los auténticos periodistas son capaces de hacer mucho más que eso. Dar sentido a una identidad colectiva y contribuir a delinear el futuro de una comunidad como Comodoro Rivadavia, que siempre tiene angustias y demandas pendientes, por ejemplo.
(#) Ex jefe de redacción de El Patagónico. Director de El Extremo Sur y de Radiocracia FM. Profesor universitario.
