Todo tiempo pasado fue mejor. Los que nacimos en los barrios de la zona norte de la ciudad lo sabemos, podemos recordar nuestro lugar desde otra perspectiva, porque los campamentos eran verdaderos pueblos.
No había necesidad de “ir a Comodoro”, ese viaje largo por un camino que en su mayor parte era de ripio y sin iluminación, porque en el campamento había de todo.
Pasaba un tren, teníamos peluquería, hospital, cine, heladería, proveeduría, empresas donde trabajar, gamelas que oficiaban de hotel, bar, restaurante, escuela, suministro propio de telefonía, agua, cloacas, gas y luz. A la hora de la recreación también había parque, baile, sindicato, cancha de fútbol, básquet, paleta y tenis.
Esto era así porque el barrio fue pensado como un verdadero pueblo. Pasó de ser un campamento alrededor de una concesión petrolera a convertirse en un pequeño núcleo urbano. Y esto fue así porque recibió una enorme inversión social de las propias compañías.
Empresas fundadoras de pueblos, imitadoras de una lógica colonial, donde el espacio se ocupaba y, además de pagar salarios, se proveía de viviendas, escuelas y todo lo necesario para vivir.
Los números cerraban por entonces de la misma manera que también cierran ahora, lo único que ocurrió en el medio es que la mentalidad capitalista de orientación financiera optó por sepultar al hombre y privilegiar la ganancia.
Lejos de liberarnos de esas ocupaciones territoriales de las empresas alemanas, holandesas o inglesas, hemos cambiado de sistema de dominación, por uno más sutil pero también más duro.
Este formato se repitió por décadas en Km 8, Km. 3, Km 5, Km 20 y Diadema.
Los que somos más jóvenes hemos conocido el punto donde empezó la pendiente. Recordamos el cierre del ferrocarril, también los despidos masivos y la degradación general de nuestros barrios. Han sido nuestros vecinos, nuestros padres y madres trabajadoras, y los niños de la familia los que padecieron el desmantelamiento de una forma de producir.
La franca retirada de las empresas, abandonando el rol social y dejando nuestros barrios en el estado de abandono que se puede ver hoy claramente reflejado en el penoso estado de los edificios gigantes que reflejan la gloria de antaño.
En el caso de Km 8 los sectores de producción han sido abandonados, los viejos talleres y la administración de la cementera, la planta de producción, el cine donde también funcionaba la heladería y el bar, o la gamela donde tanta gente vivió, y que hoy se encuentra destruida.
Para colmo estos edificios, como verdaderos gigantes del pasado, mueren de pie. Su solidez hace que aún no se derrumben y generen a los vecinos un profundo padecimiento.
Ocurre que muchos de estos edificios fueron enajenados por las empresas, otros repartidos por los efectos de una sucesión y los nuevos propietarios son sumamente irresponsables. Estos edificios simbólicos fueron comprados a precio de ganga, en la expectativa de hacer algún pequeño negocio inmobiliario, un “pase de manos” tal vez pretendiendo vendérselo al Estado.
Pero los nuevos dueños no se ocupan de cuidarlos. No le ponen ni un centavo para arreglarlos, ni tampoco para mantenerlos cerrados y a salvo de los actos vandálicos.
No les importa en lo más mínimo el daño que generan al entorno. Saben perfectamente que al no ocuparse ni de limpiarlos, ni de cerrarlos, los convierten en un foco de deterioro para la calidad de vida del lugar.
Donde antes disfrutábamos del cine ahora padecemos la intrusión de drogadictos y maleantes, gente de mal vivir que a 100 metros de la comisaría, acecha a los demás, apoyados en la desidia más absoluta de los dueños de estas viejas reliquias.
Es posible imaginar que la solución también pase por la Municipalidad. Que así como se penaliza la contaminación ambiental, sería posible prever una ordenanza que establezca una pena severa para el propietario que a sabiendas abandona el cuidado de un inmueble, generando para los vecinos contaminación visual, mugre y pérdida de seguridad.
Necesitamos que la comuna, como legítima representante del interés de los vecinos, convoque a los propietarios irresponsables, y les exijan tomar al menos las precauciones mínimas para cerrar los edificios, o bien demolerlos. Ya que no es justo que por el negocio especulativo de un inversor todo un barrio deba socializar la pérdida derivada del abandono.
Esa sería una buena iniciativa sobre la cual redactar una ordenanza moderna, de acuerdo al perfil de una ciudad industrial que merezca ese destino de grandeza, al que ha sido llamada.
La muerte de los gigantes
