Le hacen honor a la “caprichosa”

Desde un contador hasta un trabajador petrolero, un periodista o un profesor de educación física que entrenó con Hugo Orlando Gatti. Cada fin de semana un grupo importante de personas en esta ciudad, con sus historias a cuestas, se calza los botines para mantener intacto el sueño que persiguieron de niños. Rindiendo tributo a la mayor pasión de los argentinos.

 por Angel Romero

a.romero@elpatagonico.net

En cancha de césped o de tierra. Con una amplia tribuna alentando, o aunque solo sea con familiares y conocidos, cada fin de semana un grupo considerable de personas se ponen la camiseta y le dan vida a la máxima pasión de los argentinos.

El dato así contado, a secas, crudo, pasaría desapercibido si no fuera porque todos ellos sienten lo que se denomina una “pasión especial” por la práctica del deporte, desde el lugar que les tocó, dado que coordinan sus obligaciones laborales (en un estudio, en un equipo petrolero, dando clases o en distintos oficios), con sus responsabilidades familiares y el entrenamiento durante la semana.

De esta manera, varios de ellos le rinden tributo a la redonda (o la “caprichosa” como se le dijo desde siempre). Diario Patagónico recabó cuatro testimonios que sirven como carta de presentación de muchos que juegan al fútbol actualmente en la capital petrolera y cuyas historias no han tenido la debida difusión.

A continuación algunos de los testimonios que describen la entrega de muchos comodorenses que se mantienen vigentes en el deporte local.

ENTRE LIBROS DE BALANCES Y LA ULTIMA LINEA

Nacido y criado “en el barrio” (Standart), a César “Banana” Quinteros (32 años) siempre le llamó la atención la cancha de Petroquímica por el césped. Por ello a los 16 años se animó y se sumó al “verdolaga”, donde no solo participó en los cinco torneos argentinos, sino que también se ganó un lugar de titular como defensor central, y construyó una profesión como Contador Público Nacional.

Sólo en 2009, y con el título universitario bajo el brazo, “Banana” tuvo un parate de seis meses, mientras comenzaba a hacer sus primeras armas en el mundo laboral como joven profesional.

“Fui acomodando mi horario laboral (8 a 17) en el estudio y volví enseguida, porque nunca pensé en abandonar. Pese a los comentarios de gente fuera del fútbol que me decía ‘ya está, es una etapa cumplida, ahora pensá en tu trabajo’. Pero a pesar de ello yo seguí porque esto es una pasión, que los que no están involucrados es difícil que la entiendan”, sostiene el contador.

En su vida personal, César estuvo en pareja y hasta ella lo alentaba a seguir. Por eso, cuando finaliza su etapa laboral se dirige a su domicilio de barrio Pueyrredón y desde allí a Km 8 para entrenar.

“Entrenamos de 20 a 21:30 y termino cansado (no lo voy a negar). Pero siempre trato de llegar con la mejor predisposición y demostrar que si algo te gusta de verdad, te acomodas en tu vida para llevarlo a cabo. De esta manera respondo a diferentes inquietudes de amistades y familiares que me dicen que me cuide, que tenga cuidado de no lastimarme. Y hasta en cierta medida sirvo como referencia, porque algunos no pueden creer que tenga mi profesión y siga jugando. Incluso algunos compañeros míos me piden que los oriente para qué carrera seguir en la universidad que les permita seguir en actividad”.

Así, sin más premio que defender la camiseta de sus amores, los colores de “su barrio”, Quinteros se ganó un lugar como titular en el puesto de defensor central y fue parte de las cinco campañas del equipo en el Argentino B.

“Ya en mi época de estudiante costaba coordinar entre los trabajos grupales e ir a jugar (en especial los fines de semana) pero repito: si hay algo que te apasiona, lo llevas adelante como sea”.

En la actualidad, la posibilidad de una nueva chance laboral deja a “Banana” o “el contador” (como le dicen en los vestuarios) en la posición de evaluar el retiro como jugador. Aunque su deseo es seguir vinculado, aunque sea como ayudante de campo (está realizando el curso de entrenador de fútbol).

En la historia del club quedará la entrega del “contador” que con su ejemplo demostró que el fútbol puede ser parte de la vida misma. Incluso de la superación personal.

JUGADOR TODO TERRENO

Si de jugar se trata, Alejandro “Tachu” Saldaño (42 años) juega. Si hay que dirigir, dirige (en inferiores o a sus propios compañeros). Y si hay que ‘poner del bolsillo’ para pagar los costos de un partido, también lo hace (aunque él diga que fueron ocasiones ‘especiales’).

“Es la distracción más linda que uno puede tener”, es lo primero que expresa Alejandro cuando se lo consulta sobre su ‘romance’ de 32 años con la redonda.

Trabajador de YPF, se inició en Oeste Juniors a los 10 años. “Uno siempre vuelve al club de sus orígenes”, sostendrá el jugador que comparte plantel con otro histórico como Gustavo “Batata” Barrientos.

Así, con la “5” o la “10” en la espalda, siempre en el medio campo. Su continuidad ininterrumpida lo llevó por diversos clubes de la ciudad, incluso la Comisión de Actividades Infantiles y Petroquímica, equipos con quienes jugó torneos Argentinos.

A pesar de que minimice las ocasiones, o las tilde de ‘especiales’. En más de una ocasión sacó dinero de su bolsillo para que su equipo pueda jugar el partido del fin de semana. Incluso hasta ejerció ‘voluntariamente’ como DT o dirigente cuando el cuadro de Valle C pasaba sus momentos de crisis.

“Uno sigue en esto para mantener en movimiento el cuerpo y porque uno siempre soñó con ser jugador de fútbol. Es la distracción más linda que uno puede tener. Además del cuidado personal que representa para uno”, recalca.

En los vaivenes del deporte, a este trabajador de YPF (en el sector de seguridad e higiene) le tocó lidiar con dificultades que fueron más allá de lo futbolístico.

“En Oeste pasamos un tiempo de crisis, y hasta nos quedamos sin dirigentes, incluso sin técnico. Y uno hizo el aporte en la medida de sus posibilidades. Igual fueron situaciones excepcionales. Lo que sí ayudo es para hacer campañas para recaudar dinero y acompañar a las divisiones inferiores, para que el club no decaiga, como sí lo estaba hace seis años”.

De esta manera, cuando concluye su jornada laboral (18:30) en la zona de Manantiales, Alejandro pasa por su hogar y luego sigue en la pasión donde nunca fue destacado por nadie. Por eso rescata la atención de Diario Patagónico.

“Hay chicos que me preguntan cómo me mantengo o hago para seguir, pero es cuestión de lo que uno mismo siente, independientemente de los demás. Por suerte mi familia acompaña, y el cuerpo también. Luego uno trata de darle algún consejo desde lo que le tocó vivir a uno, como ir al banco de suplentes, que en definitiva no es la muerte de nadie” aclara.

En lo laboral, Saldaño hace 10 años que trabaja en YPF, en la zona de Manantiales Behr, donde en un principio estuvo en el sector de producción, con turnos de trabajo los fines de semana, donde “el Tachu” (como lo llaman los íntimos) tuvo que hacer malabares para llegar a tiempo a la cancha y salir a despuntar el vicio más lindo que uno puede tener.

LA ESENCIA Y LA INTEGRIDAD EN TODOS LOS AMBITOS

Su esposa Viviana Mazzeo lo conoció como marcador de punta en Petroquímica –empezó allí a los 7 años-, pero Edgardo “Mono” Pérez (44 años) sostiene que jugó (y juega) en todos los puestos donde sea necesario “correr y recuperar la pelota”, porque “dar lo máximo y un poco más” es una de sus frases más recurrentes.

Del “verdolaga” paseó su juego por Olimpo de Bahía Blanca, y luego continúo en clubes de La Pampa, donde se recibió de profesor de educación física.

Haciendo la licenciatura en la Universidad de Flores (Buenos Aires), se instalaba de lunes a viernes en los bosques de Palermo para entrenar durante dos años con Hugo Orlando “el loco” Gatti, ese gran arquero que desde Atlanta llegó a jugar en River y en Boca, donde fue campeón de América y del Mundo.

Al final del viernes el preparador físico, encargado de la escuelita de la Comisión de Actividades Infantiles y jugador veterano de Austral, volvía a La Pampa y se calzaba la camiseta para jugar con su equipo el fin de semana. El lunes la rutina lo devolvía a Buenos Aires, para seguir entrenándose con el fin de superarse.

En la actualidad no sólo juega en Veteranos (lo hace en Senior y Master, o sea sábado y domingo), sino que también comparte sus conocimientos en el Instituto Superior de Formación Docente 810 donde forma parte de un grupo de profesores que abordan las instancias pedagógicas de los futuros profesores de educación física.

Según su esposa Viviana, “en Edgardo es todo pasión y siempre está al pie del cañón” (así lo conoció en Petroquímica), quien arranca un día tipo a las 7:30, trabaja como docente en el Instituto Superior, para previo almuerzo en casa, ir a la CAI donde está a cargo de la escuelita de fútbol. Por la noche, y dos veces a la semana, se calza los botines para ir a entrenar como jugador veterano de Austral, equipo con el cual se consagró campeón en Villa María, Córdoba. Y como cumplió 44 ahora sumó una nueva división en el fútbol mayor y juega tanto sábado como domingo.

“La pasión se mantiene intacta, siempre con el hambre de obtener cosas, pasarla bien y jugar con amigos, dar todo lo que uno tiene y más. Por suerte la familia acompaña, y eso es un estímulo más”, sostiene Edgardo.

Como docente mantiene la misma esencia: porque ‘juega’ de la misma manera, se entrega en particular a cada niño de 4 a 7 años que se inicia. Como así también con los juveniles, o en el plantel profesional, priorizando lo colectivo por sobre lo individual.

En la formación del docente, Pérez apunta a que los futuros profesores se capaciten como docentes capaces de acompañar procesos.

“Todo lo que uno es, o lo que llega a ser, es fruto del esfuerzo y la constancia diaria. Donde uno no impone sino que busca crecer y educar con fundamentos. Y en el rol docente, preocupándose y ocupándose de sus alumnos”, acota.

Así, el “Mono” concreta una de las tantas enseñanzas que recabó de sus formadores, como el “loco” Gatti que le decía: “si no corres a la par mía, buscate una pala y enterrate solo”, mientras se tiraba de cabeza en pleno charco de barro en los bosques de Palermo para evitar el gol en un arco de reducidas dimensiones, en el clásico ‘picadito’.

Hoy, Edgardo Pérez mantiene su compromiso por la redonda, enseña y educa desde la experiencia. Aunque títulos no le faltan. Mientras, también ejerce como empresario de una empresa de alquiler de autos y camionetas.

Si le faltara algo en el tintero, el “Mono” se pondría los guantes. Porque tanto en la cancha como en la vida misma “corrió, recuperó y siguió corriendo por lo que estaba convencido”. Aún lo hace, y le sirve en la docencia.

NO DEJAR PASAR LA PRIMICIA, MUCHO MENOS AL RIVAL

Estar atento a lo que acontece (en las noticias) y a lo que se aproxima (el rival con pelota dominada), forma parte de dos constantes en la vida del periodista y jugador de Petroquímica, Luis Adrián “Yepe” Flores (28 años), quien en ninguna de las dos situaciones descriptas dudará en salir al “cubrimiento” de la novedad o la esférica. Siempre con la premisa de adelantarse.

Fichado en “Petro” a los ocho años, Adrián fue parte de las campañas del equipo de Km 8 en los Argentinos, junto a los hermanos Mattus, donde todos llegaron gracias a la iniciativa del entrenador “Samu” Rodríguez

Cursando la carrera de Comunicación Social en la universidad local, a “Yepe” Flores le dio por foguearse laboralmente como cronista volante de deportes de Diario Patagónico. De esta manera, una vez que concluía el partido, se sentaba tras una computadora para escribir el partido que saldría impreso el día posterior.

Mientras trataba de conciliar estudios universitarios con su pasión deportiva, lo ayudó a tomar la decisión un docente que un día le sugirió que debería optar por una de sus pasiones, como si ello fuera posible. Es que a este profesor no le gustaba que lo dejara hablando solo quince minutos antes de que terminara su clase teórica que repite desde hace un cuarto de siglo.

Las lesiones lo dejaron relegado por un tiempo, pero Flores nunca desistió y mantuvo el vicio en el plano no competitivo con los partidos interprensa o entre compañeros de trabajo donde siempre puso el mismo ímpetu para no dejar pasar ninguna pelota.

Con el 8 o el 4 en la espalda, Adrián se recuperó de un desgarro y volvió al ruedo, donde se reencontró con compañeros de toda una vida.

Hoy sigue marcando la diferencia en los partidos entre compañeros de trabajo porque la ‘maña’ o el oficio nunca se pierden. Mientras, no se perdona a sí mismo que nada se le escape: ni la primicia del momento, ni el rival que tiene que frenar.

Fuente:

Dejá tu comentario

Las Más Leídas del Patagónico