Lo que la mancha se llevó, ¿o nos dejó?

Por Ana María Raimondo (*)
Las contingencias son momentos que permiten poner al descubierto con total crudeza las reacciones individuales y colectivas de los actores sociales implicados en ellas. Al igual que en una crisis o ante lo inesperado, reaccionamos de manera positiva o negativa dejando en evidencia lo más “primitivo” de nuestro accionar tanto personal como social. Tal es el caso de lo ocurrido en la costa comodorense próxima al barrio de Caleta Córdova el pasado 26 de diciembre.
Los temas relacionados a impactos ambientales y sociales abarcan importantes espacios en los medios de comunicación por lo que evidencian el grado de sensibilidad comunitaria que implican. Luego de la lectura y seguimiento de la información publicada en los medios locales respecto de esta contingencia surgen los siguientes pensamientos.

¿Qué enseñanza nos dejó el pasado derrame?

. La evidencia de la irresponsabilidad de los capitanes de varios buques que transportan petróleo y que en varias oportunidades descargan sentina en alta mar sin que lo podamos detectar (en este caso el permanente viento del Oeste se cansó de ser “aliado” y dejó al descubierto esta práctica).
. La “costumbre” ¿argentina? de “no hacerse cargo” inmediatamente sucedido el problema. Esta típica reacción genera socialmente a corto -como fue en este caso-o a mediano plazo; consecuencias más nefastas que las que hubieran ocurrido si se hubiera asumido el costo desde el inicio.
. La “irresponsabilidad social empresaria” que la mayoría de las veces hacen pagar los costos ambientales al resto de la sociedad porque ello es más “barato” que internalizarlos en sus empresas. Incluso, hasta cuando se aplique desde los órganos de control el principio jurídico de “quien contamina paga”, en muchos casos, es más rentable “pagar” que asumir los costos de implementar tecnologías ambientalmente sostenibles en las empresas.
. La evidencia infinitamente repetida de que es más costosa, social y ambientalmente, la remediación que la prevención.
. La vulnerabilidad de la costa del Golfo San Jorge ante contingencias producidas por la actividad petrolera que pone en riesgo los ecosistemas marino-costeros y los recursos pesqueros.
. La necesidad de estar entrenados interinstitucionalmente en el manejo de planes de contingencia por derrames en tierra o en mar y la urgencia en tener disponible la provisión inmediata de elementos e insumos para cuando esa contingencia ocurra.
. La solidaridad social y la reacción espontánea del voluntariado local y regional que estuvo a disposición ni bien sucedió el problema.
. La capacidad de respuesta política inmediata de una gestión municipal que recién asume sus funciones.
. La solidaridad de varias empresas (no todas las que operan en la Cuenca y que cuentan con insumos para hacerlo) que pusieron a disposición sus recursos técnicos, humanos y económicos para atender el problema.
. La especulación de algunas fuerzas políticas que malgastan sus energías en la crítica sin acercar soluciones a los tomadores de decisiones.
En definitiva, y cerrando estas reflexiones, queda por decir que la actividad petrolera convive y ha convivido en nuestra región con el resto de las actividades humanas asentadas en el borde costero con mayores o menores conflictos desde hace cien años.
Es necesario entonces articular esfuerzos entre el Estado, la empresa y la comunidad en su conjunto para minimizar futuros impactos ambientales en la zona costera.
La tecnología y la legislación al servicio del ambiente, a diferencia de hace cien años, existe. Aprendamos, capacitemos e informemos para que nunca vuelva a ocurrir un impacto ambiental de esta envergadura. Nos lo merecemos como sociedad y así lo exige la conciencia de una creciente comunidad organizada.

(*) Titular de la Cátedra Educación Ambiental de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de la Patagonia.

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