Lo que no se ve de los super chinos de Comodoro

Mientras crece la cantidad de comercios de propietarios asiáticos, la precariedad laboral de quienes allí se desempeñan se vuelve habitual en Comodoro. Sueldos bajos, falta de horarios de refrigerio y multitareas son algunas de las denuncias.

Camila tiene 32 años. Está desempleada. Tiene una hija de 6 años y es único sostén de hogar. Perdió el trabajo después de que el comercio donde se desempeñaba cerró sus puertas. Cobró una indemnización que le permite “respirar” un par de meses, pero la crisis económica le exige salir a reinsertarse en el mercado laboral.

La joven decidió repartir CV en todos lados, pero no tuvo suerte.

Hace casi tres meses decidió preguntar en un super “chino” que está sobre la avenida Kennedy. El dueño le dijo que buscaban una repositora. No hablaron de sueldo, pero sí de horarios. Debía presentarse a las 9 y su salida sería a las 17. Ella, feliz. No sabía lo que le esperaba.

Hizo toda una ingeniería para que su mamá llevara a su hija a la escuela y se presentó 15 minutos antes. Estaba nerviosa pero alegre. El dueño le dijo que tenía que reponer toda las góndolas de vinos. Limpió las botellas y acomodó las cajas. La mañana transcurría de manera normal.

Pasadas las 15, la circulación de gente comenzó a aumentar. Ella estaba reponiendo las góndolas de dulces cuando su empleador le pidió que le diera una mano en la caja. “Yo nunca trabajé de cajera, pero vi una oportunidad y me mandé”, le contó Camila a El Patagónico.

El propietario del local le explicó rápidamente la tarea. Era sencilla. La única preocupación era no cobrar de menos. Las horas pasaban más rápido. La gente era cada vez más. No le daban las manos.

“En un momento, (el propietario) viene y me dice que cuando termine de cobrar vaya a reponer las góndolas de vinos. Yo pensé que me dedicaba a eso nomás, pero su idea era que yo reponga los vinos y esté atenta a la caja”, aseguró la damnificada.

Camila no protestó. Necesitaba la plata. En el primer día no se retiró a las 17. Salió dos horas más tarde después de decir que no podía quedarse más tiempo. Sus compañeros le anticiparon que no se ilusionara con el sueldo. Eso la “bajoneaba”, pero la necesidad era más fuerte.

La semana continuó de la misma manera. La duda del sueldo le rondaba la cabeza. Tenía miedo de perder el trabajo y no cobrar. Hasta que tomó valor. “Fui y pregunté por el sueldo. Yo tenía una idea porque trabajé en comercio pero cuando me dijo lo que iba a cobrar, no estaba ni cerca de lo que corresponde por ley”, sostuvo Camila. Pero ella aceptó. “No me quedaba otra”, afirmó.

Las tareas no disminuyeron; al contrario. La situación era una olla a presión. El punto de quiebre fue a la hora de cobrar.

“Te pagan tarde y a su manera. Cuando fui a cobrar, me descontaron casi un tercio del sueldo porque según ellos había cobrado mal en dos días. Yo le dije que si cobraba mal era porque ellos querían que una persona haga miles de tareas a la vez”, destacó.

No había pago de horas extras, ni de feriados. Tampoco se respetaba el horario de salida y la hora de refrigerio no existía. “Ese mismo día agarré mi campera y me fui. Sé que conseguiré algo en el corto plazo”, asegura.

Camila no es Camila. Pidió resguardar su nombre para que no la “cancelen” en la búsqueda laboral.

UNA GASEOSA POR 20 MIL PESOS

La misma experiencia vivió Eric. El joven de 26 años quedó desempleado en mayo y quería conseguir un trabajo de medio tiempo para terminar sus estudios secundarios.

“En Facebook vi que estaban buscando gente y me mandé. Me tomaron enseguida. Yo ya sabía a dónde me metía pero necesitaba trabajo para poder terminar mis estudios”, señaló.

Eric hizo todas las tareas posibles en el supermercado ubicado en avenida Polonia. El sueldo era sumamente bajo y las exigencias eran cada vez mayores. El reconocimiento era mínimo.

“Una vez se rompió una heladera. El motor le estaba fallando y yo me propuse arreglarlo. Más que nada para demostrar que sé otras cosas más que acomodar cajas. Tardé un par de horas y lo arreglé. El trabajo valía como 20 mil pesos y me pagaron con una Coca de dos litros. Ellos son así”, detalló.

Eric es un apasionado por la electricidad. Está terminando sus estudios secundarios para comenzar la Universidad el año que viene. El trabajo en el supermercado le servía para seguir con sus estudios. Su vínculo finalizó en septiembre cuando consiguió atender un kiosco en el centro.

“Me pagan el doble y es más tranquilo. Además puedo ver el sol. Ellos tienen todo cerrado. Al final terminás medio tocado por el encierro”, subrayó.

El fin de la relación laboral fue muy curiosa. “Le mandé mensaje al dueño y le dije que no iba más porque había conseguido otro trabajo. Yo no estaba en blanco ni nada. Terminé el mes, me pagaron y me fui. Todavía estoy esperando que me conteste. Creo que me bloqueó “, aseveró.

“HACEME LA GAUCHADA”

Darío vive en el San Cayetano y es licenciado en Informática. Trabaja en su casa y no cumple horarios. Eso le permite salir a comprar a cualquier hora. Esa característica le significó un problema.

“Fui al super a comprar una Coca a eso de las 11 y vi que el dueño estaba como loco con la máquina. Le pregunté qué le había pasado y me dijo que el sistema se le había descontrolado. No sé qué tocó pero había borrado el historial de ventas. Me ofrecí a darle una mano”, afirmó.

La ayuda de Darío fue una tarea titánica. Tardó más de 4 horas en dejar todo en orden. Sin embargo, la retribución fue diferente. “Cuando terminé, viene el dueño con una Coca y un alfajor y me los dio. El laburo que le hice valía como 10 veces más y me pagó con dos monedas. Lo peor fue que compré un puré de tomates y me lo quería cobrar más caro de lo que estaba en la góndola”, cuestionó.

Las quejas se multiplican. No es fácil trabajar en los supermercados “chinos”. “Se aprovechan de la necesidad de la gente. Saben que hay muchos buscando trabajo y que si uno le dice que no, hay otros que le dirán que sí”, concluye Camila.