No hay caso, el grupo electrógeno que alimenta a la usina principal del aeropuerto de Puerto Argentino no arranca. Angel Scalzi revisa una y otra vez el circuito, mientras un oficial perteneciente a la IX Brigada Aérea (con asiento en Comodoro Rivadavia) interroga en inglés al empleado británico encargado del funcionamiento eléctrico ubicado a 9 kilómetros de la capital de las Islas Malvinas. El silencio es la respuesta del hombre.
Scalzi (en ese entonces con 49 años, padre de cinco hijos y personal civil de la Fuerza Aérea), no se da por vencido, porque si algo le sobra son ‘mañas’ para poder arreglar los inconvenientes que surjan. Por ello, el 2 de abril cuando se presentó al trabajo en la base de la capital petrolera, le informaron de inmediato que se iba a las islas. Y él no dudó, tiempo atrás había estado viviendo en un cañadón cercano a la localidad de Gobernador Gregores, donde colaboraba en el armado de una plataforma estratégica ante el latente conflicto con Chile por el canal de Beagle.
Por ello se dirige al tablero principal, y simula una falla de aceite, el motor principal está en marcha. Ahora comienza un trabajo de mantenimiento que lo llevara por las principales zonas de conflicto, sumado a una infinidad de vuelos en los Hércules al continente en búsqueda de aprovisionamiento.
Hoy con 74 años, el vecino de barrio Diadema Argentina trata de analizar el conflicto en una forma integral y sostiene:
“Los argentinos tenemos que aprender a tener memoria, yo no justifico el accionar bélico. Porque en principio se pretendía izar la bandera e ir por otra vía. Pero Inglaterra presentó batalla. Así y todo no hay que olvidar que el régimen militar de ese entonces fue gracias a un golpe cívico militar, y Leopoldo Fortunato Galtieri fue idolatrado en el balcón cuando se recuperaron las Malvinas. Por ello los argentinos tenemos eso de idolatrar y defenestrar en poco tiempo”, sostiene.
TODO TERRENO
Nacido en Mendoza, y formado en la Escuela de Aprendices de la V Brigada Aérea de Villa Reynolds San Luis, a Angel siempre le llamo la atención las partes prácticas de las cosas cotidianas.
A raíz de ello supo arreglarse con elementos poco comunes para poner en funcionamiento el primer helipuerto en las Islas.
“Cuando llegamos no teníamos nada, no había luz, no había gas. Y una de las primeras cosas que me encargó el destacamento del cual formaba parte (la IX Brigada Aérea estuvo con una dotación de 50 hombres a cargo del aeropuerto) fue la iluminación de la pista principal y la construcción del helipuerto”, recuerda.
Latitas vacías de gaseosas fue la solución, para ello y con antelación Angel había cortado una guías que mantenían la pequeña luz que solo se veía en forma vertical.
“Una sola luz que se vea hacía los costados ya era una ‘marca’ para los buques ingleses que todas las noches nos bombardeaban. Era un constante ir y venir de cohetes. Uno lo único que tendía a hacer era esperar en mi camastro que tenía en la usina principal. Y cuando se prendía la tulipa roja (NdE: Scalzi armó todo un circuito de luces de alerta, donde en los últimos tramos uso cables telefónicos ante la falta de material) lo que seguía era meterme en ‘mi pozo’ y esperar, porque si algo querían reventar los ingleses era el satélite, la torre de control, la pista y el centro de acopio”, sostiene.
UNA GUERRA DE ESTRATEGIA
“Los ingleses se daban ‘maña’ también para confundirnos, porque desde los submarinos tiraban botes de goma en algunos puntos de desembarco. Es más, en un patrullaje se encontraron 7 de ellos vacíos, y sin personal a bordo. Entonces el alerta era máxima, porque por cada bote tenías que contar 17 hombres”, remarca.
La “viveza” criolla también estaba a la orden del día. Con la llegada de los Pucará se les presentó el problema que los mismos no entraban a los hangares. Por ello, y desde Comodoro Rivadavia se envió a un carpintero que también era personal civil de la Fuerza Aérea para que camuflara las máquinas con los colores del terreno. Ante la falta de escaleras, la actividad fue llevada a montado en un caballo.
“Cómo sabíamos que el radar era una pieza codiciada del enemigo. El carpintero hizo una réplica de madera. A mí me tocó ponerle un motorcito para que gire y simule el verdadero que estaba en uno de los puntos altos del Puerto Argentino”, remarcó.
LA MAYOR PREOCUPACION
A Angel Scalzi le tocó ver la muerte de cerca, de hecho iba y venía por el hospital donde era el encargado de que cuenten con las mayores comodidades para las cirugías de urgencia que se realizaban.
“Uno se acostumbra, entonces era común ver como llegaban los helicópteros con heridos. La mayoría de ellos eran pibes, muchos de ellos tenían la edad de mi hijo mayor en ese entonces. Incluso entre los oficiales había alumnos que recién iniciaban el 4° año de la escuela militar. Les daban un rango de subteniente y los mandaban a la isla a hacerse cargo de la tropa. Uno desde lo que podía trataba de hacerle más ameno la estadía. Como esa vez que en una lata de aceite implementé una cocina rustica, junté mejillones y los mezclé con chorizos”.
Por la noche, las escaramuzas eran moneda corriente. Incluso el primer día de Scalzi en la Islas, había seis marinos ingleses que habían huido en la ocupación y andaban a los tiros en los alrededores de la capital.
“Recuerdo que cuando capturaron a los últimos dos, que se habían escondido en una estancia, los trajeron en helicóptero. Y mientras los bajaban, uno de ellos se arrojó sobre uno de los comandos argentinos para sacarle la granada que llevaba prendida en el pecho. Desde ese incidente se prohibió el uso de esa munición en el traslado de prisioneros”, expresó.
Respecto a si sintió miedo, Scalzi sostiene que el cansancio vence cualquier situación bélica, más si sostiene con el pasar de los días.
“Uno primero no duerme, y escucha como silban los misiles por encima del lugar donde le toca dormir. Pero después de un tiempo te acostumbrás y te dormís”, salvo que suene la alarma o te vengan a buscar para avisarte de un ataque. Para mayor seguridad se cambiaba el santo y seña todas las noches. Por eso miedo no tuve en las Islas, sí cuando íbamos y veníamos en el Hércules, porque volábamos a diez metros del mar. Sin luces y en silencio de radio, con la compuerta abierta donde veías como salpicaba el agua. Era un viaje infinito, donde el auxiliar de carga estaba a la espera de que nos ataquen. En caso de que ello sucediera, el tiraba los botes para siete personas y nosotros teníamos que rezar para que tengamos los 20’ minutos que tarda el avión en hundirse para tirarnos al mar y tratar de alcanzar las balsas. En el mejor de los casos”.
Del grupo que formó Angel Scalzi, solo tuvieron una baja el 1 de mayo cuando una bomba de mil libras estalló cerca de la carpa donde descansaba el correntino Héctor Ramón Bordón, quien se había incorporado como soldado conscripto en la IX Brigada Aérea en Comodoro Rivadavia.
La bomba fue lanzada por un bombardero Vulcán proveniente de la Isla Ascensión, al noroeste de Brasil.
“Fue algo extraño, la noche anterior habíamos estado compartiendo una cena e incluso les saqué una foto. Y a la otra noche ya estaba muerto. Pero allá era así, porque estábamos en un lugar que fue un centro constante de los bombardeos”, remarca.
Días antes de la rendición, le ordenaron a Scalzi que en caso que el Hércules pase el bloqueo y tenía la oportunidad, se tenía que volver al continente. La derrota era inminente.
“Por suerte el avión pasó sin inconvenientes y una gran parte retornamos al país. Luego lo que siguió es conocido por todos. Las marchas en Buenos Aires, los choques con las fuerzas armadas. En fin, la misma gente que aplaudió la toma ahora pedía que el gobierno militar se vaya. Creo que son cosas que no debemos olvidar. Yo como argentino siento a las islas como propias”, finalizó.
Ya cuando volvió para quedarse, el menor de sus hijos había aprendido a caminar en su ausencia.
