"Los chicos se tienen que volver a aburrir para recuperar la creatividad"

La pedagoga Nora Rodríguez triunfa en España con su programa de felicidad responsable en los colegios a partir de la neurociencia. "Cada uno de nosotros elige qué cerebro tener en un 60%", dijo a Infobae.

A mediados de los ‘80, en un centro educativo complementario de Bahía Blanca, Nora Rodríguez notó la tristeza en la mirada de los chicos. Niños de entre 3 y 5 años que, en su primer día de clases, necesitaban una motivación extra para escapar de la realidad dura que los rodeaba. La maestra se dio cuenta de que a pocos metros había un bosque y que sus alumnos debían asumir un rol protagónico para explotar sus talentos. Más tarde se daría cuenta de que en el cerebro estaba la clave para mejorar el clima escolar.

“Yo había creado programas antibullying pero me di cuenta de que faltaba mucho más”, dijo Rodríguez en diálogo con Infobae desde España, donde vive hace 30 años. Allí fundó en 2015, después de una década DE seguir la línea de la neurociencia aplicada, Happy Schools Institute. En el mismo año, organizó el primer «Congreso de educación del cerebro social en el aula». El clima escolar de hoy se parece poco a aquel de Bahía Blanca.

-¿Qué cambios produjo la explosión tecnológica?

Hay mucha más violencia, desde edades cada vez más tempranas, pero el clima en las aulas no depende sólo de los alumnos. Ni depende únicamente de repetir estrategias para fomentar una buena interacción entre padres y profesores. Creer eso es utópico. La explosión tecnológica, que ha creado sistemas de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina, deja de lado aspectos fundamentales para la supervivencia como la cooperación, la ayuda mutua, la compasión, el altruismo. Es una época de gran desinformación, aunque haya un sobre exceso de noticias, y más a través de las redes sociales, con una falsa ética, donde los principios de cuidado mutuo han sido borrados de un manotazo.

-¿Qué se necesita hacer?

Se necesita un trabajo en profundidad para cambiar la forma, generalmente negativa, en que todos estos agentes se relacionan porque lo que ha cambiado es el modo de relacionarse de toda una sociedad. Lo importante no es determinar cuánta violencia hay en las aulas, sino cuáles son los canales por la que entra, y es por ello que hay que despertar el cerebro social desde jardín de infantes y hasta acabar el secundario, para volver a repensarnos como especie.

-¿Tan profunda es la necesidad de cambio?

Sí, porque por primera vez en la historia de la humanidad estamos frente a una generación que se socializa en dos mundos paralelos: el real y el virtual. En el virtual no hay límites; en el real no saben cómo ponerlo los padres, que tienen miedo. Por eso también hay diferencias entre el bullying y el ciberbullying en cuanto a su procedencia y explosión. El primero proviene del entorno, la familia, el barrio y explota en las aulas. El segundo hace un proceso inverso: nace en las aulas, en los grupos y explota en la intimidad de una familia, en la habitación de un chico, o desde su celular.

-¿Qué papel tiene el cerebro en el bullying?

Hoy el bullying y el ciberbullying prenden con mucha facilidad porque el gran temor de las generaciones que se socializan en dos mundos es el miedo a ser excluido. La exclusión daña el cerebro. Debemos darles la oportunidad de que, al entrar en las aulas, sepan que vienen equipados con recursos propios del cerebro social que le van a servir para crear mejores conexiones con los demás. Hay que darles estrategias simples y muy prácticas para recablear lo positivo. Y así aprender que cada uno de nosotros elige qué cerebro tener en aproximadamente un 60%.

-¿Por qué, pese a las herramientas a disposición, no se logra frenar el acoso?

Porque se han aplicado programas y estrategias equivocadas, que no están en sintonía con la necesidad de pertenencia, de bienestar interior y con los demás. Si constantemente se le dice a un joven que no vale, que no hará nada, que no sirve para nada, eso será. En cambio, si ayuda a otro y éste le devuelve un agradecimiento, su actitud cambia. El problema de la violencia no es que haya muchos niños y adolescentes malos, sino que no se les enseña a potenciar lo bueno que tienen.

-¿En qué actividades concretas la neurociencia contribuye al buen clima escolar?

Todo aprendizaje que empieza con una experiencia social de alto impacto, por ejemplo de ayuda mutua, de agradecimiento, de reconocimiento, por ser experiencias sociales preparan mejor al cerebro porque lo inundan de neurotransmisores positivos como la dopamina y se necesitan emociones positivas para el aprendizaje como sentirse conectados con su entorno. Y aunque no lo creas, también es fundamental que vuelvan a aburrirse, mucho, y cuanto más, mejor. Un cerebro que se aburre tiene más posibilidades de ser creativo.

-¿Los cerebros de los niños son más fáciles de trabajar que el de los adolescentes?

No. A los 18 meses los seres humanos somos cooperativos, pero esta tendencia se pierde, en parte, alrededor de los 5 años cuando los niños reciben premios materiales por sus buenos actos. El cerebro no mantiene su felicidad ante premios materiales y sí con recompensas como la aprobación, el reconocimiento social, sí cuando hacen algo por otros, cuando forman parte de una red de ayuda mutua. Entonces se trata de integrar estrategias que permitan recibir una imagen positiva de sí mismos. Hay que enseñar a recibir porque somos los únicos que podemos enseñar a las generaciones futuras qué es la felicidad responsable.

-Ustedes proponen un nuevo rol del docente como “coordinador de la felicidad”. ¿En qué consiste?

Contamos con 700 estrategias para que los docentes sean coordinadores de felicidad responsable promoviendo el liderazgo social, que incluye educar en sintonía con el cerebro. La propuesta es un cambio de paradigma para promover la paz. El coordinador de felicidad los inspira para que desde edades tempranas sientan que ellos puedan transformar la realidad activando su mentalidad de crecimiento. Sabe que los orígenes de la bondad están enraizados en nuestra emoción y que los instintos sociales pueden ser más fuertes que los de cualquier otro instinto. Esto no significa que los alumnos tengan que sentir emociones positivas todo el tiempo, sino comprender cómo las emociones, tanto negativas como positivas, nos impactan en la relación con los demás.

-¿Cómo se clasifican las 700 estrategias?

Trabajamos en tres niveles, siendo el más importante “ser”, luego “estar”, y por último, “tener”. Tenemos un cerebro que ya viene cableado para esto. Sólo hay que poner los medios para enseñarles a desarrollar la empatía, el altruismo, la alegría, la compasión. La amabilidad es el circuito de la compasión y los estudios demuestran que, al ser estimulada en niños y adolescentes, mejoran sus resultados académicos, su bienestar emocional y su salud.

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