"¿Hijo, vos no estás de guardia hoy?", le pregunta su madre a Darío González por teléfono. La mujer cree que su hijo hace guardias. Lo único que sabe es que es policía, pero no que es comisario. Menos que es jefe de una de las dependencias más complejas de Comodoro Rivadavia. Darío no quiere inquietar con las preocupaciones de su trabajo a su madre, que ya es anciana.
A Ariel y Darío González los une no sólo ese amor por aquella portera de escuela que les dio la vida. Los une mañanas y tardes de caminata para ir y venir del internado de la Escuela 81 de El Hoyo, el trabajo en el campo, los animales, la fruta fina y la responsabilidad de los dos rombos en el hombro.
Son hermanos y son jefes de la zona sur de Comodoro Rivadavia. Ariel es el mandamás de la Seccional Segunda que abarca desde La Loma, Jorge Newbery, Pietrobelli, 13 de Diciembre, José Fuchs y 9 de Julio.
Darío es responsable de la seguridad en Las Flores, La Floresta, Ceferino Namuncurá, San Isidro Labrador y Quirno Costa, una de las zonas más conflictivas en los últimos tiempos y donde la cuadrícula ha funcionado al dedillo.
Como en aquellas travesías en sulky a El Bolsón, hoy los hermanos se cubren las espaldas uno al otro. Hay que sumar a esta familia azul, al oficial principal Raúl González que presta servicios en la Seccional Sexta.
Darío nació en El Hoyo, pero llegó a estar indocumentado hasta los 12 años porque habían perdido sus documentos. Ariel eligió la policía porque estaba cansado de bajar madera del monte, trabajaba y nunca tenía un peso. La única que llevaba plata a la casa era su madre, pero no alcanzaba para los cuatro: tres varones y una mujer.
La Policía del Chubut fue la única institución que le aseguró terminar el secundario. Por orgullo propio se superó y llegó a comisario. "Nosotros sufrimos mucho de chicos", recuerda.
Después de él, se sumó Darío a la policía. Al actual jefe de la Cuarta, su desempeño escolar lo había llevado a tener la posibilidad de llegar a Comodoro Rivadavia para estudiar y vivir en una pensión estudiantil. Con un cambio de gobierno, se quedó sin pensión y decidió entrar a la policía para terminar los estudios. Muchos agentes que llegan desde los pueblos del interior de la provincia hoy eligen la institución con ese fin.
Ellos los aconsejan, porque ya han vivido la experiencia. El primer destino de Darío fue Comodoro en 1995. "En aquel tiempo con el sistema procesal mixto el oficial estaba las 24 horas escribiendo. No había tecnología de comunicación. Y en ese tiempo la Cuarta no tenía patrullero", recuerda.
A mediados de los 90 llegó como oficial, hoy dirige la comisaría. Se ha vuelto a cruzar con viejos vecinos. Pidió cambios internos en la dependencia y le hizo saber a los policías: "somos servidores públicos y la función de un policía es muy compleja".
Para Darío la sociedad sigue confiando en la policía. "El ciudadano es consciente de estos cambios dinámicos propios de la sociedad, y son conscientes de que nosotros somos parte de la sociedad, que todos los días tratamos de hacer lo humanamente posible" explica. Sostiene que la misión de un policía debe ser la prevención y la disuasión del delito. "Mientras menos hechos delictivos tengas, más tranquilidad", grafica.
Los hechos que lo tuvieron a maltraer fueron los robos en el semáforo de la Rivadavia y Araucarias. Para Ariel, la preocupación se materializó de los incendios intencionales de un pirómano suelto a andar tras los pasos del "asaltante de las rotiserías".
SIN FACEBOOK NI WHATSAPP
Cuando los hermanos se juntan a comer es inevitable que hablen de seguridad.
Nacidos y criados en el campo no pierden la tradición, y se resisten un poco al avance de la tecnología en la comunicación. Son la antítesis del comisario WhatsApp. No ven con buenos ojos al teléfono celular y exigen charlar con el vecino, cara a cara.
Para Ariel la cuadrícula es cien por ciento efectiva si el policía se baja del patrullero y camina el barrio. "Si andás en patrullero no conocés a nadie. Yo le pido que bajen y tomen mate con el vecino. Tenés contacto y más información", explica el jefe de la Segunda.
Pasó por Cushamen, Dolavon, Gaiman, Esquel, Corcovado, Tecka. Y allí si uno no se ponía al frente del problema nadie lo hacía, recuerda. Como oficial le quedó la espina clavada de no poder resolver el doble crimen de Puerto Patriada allá por 1997.
Ariel también le supo pasar el sillón de jefe en la comisaría de Corcovado a Darío. Andar por Languiñeo y otras dependencias alejadas de los centros urbanos, los hizo valorar los recursos con los que ahora cuentan para la prevención.
A Ariel le gusta la historia y no le agradan las novelas policiales.
Darío no se puede despegar de la chacra familiar de El Hoyo. Y el espíritu chacarero lo lleva a seguir con la crianza de animales y plantaciones de frutales. Suele ir a las exposiciones rurales y se pone contento cuando hay nieve porque los animales van a poder pastar.
"No soy afecto a la computación, me cuesta la modernización informática. Disfruto más comiéndome un asado de capón en la chacra debajo del manzano y no tengo Facebook", confiesa Darío.
"Computación cero, redes sociales nada", lo sigue Ariel. "Uno es más de la charla personal". Son de los que nunca dejaron de apostar al acercamiento del policía con el vecino.
