Los pasajes del centro lucen más modernos

Beatriz Frydlewicz nació y vivió toda su vida en la casa del pasaje Valdivia, esa que prácticamente estrenó su abuelo en los años 30 y en la que luego sus padres hicieron familia. Desde que era niña, en consecuencia, disfrutó de residir en este lugar tan especial que tiene el centro de la ciudad, aunque también sufrió sus particulares veredas desequilibradas, los pozos que nadie rellenó en años, el anegamiento luego de cada lluvia y tantas otras cuestiones cotidianas que solo conocen quienes vivieron en estas calles sin tránsito y sin mantenimiento.

 La vida de Beatriz y las del resto de los habitantes del Valdivia y de los otros pasajes del centro cambió el año pasado cuando, luego de años de luchas contra la burocracia y el olvido, el municipio comenzó las obras de restauración en estas particulares arterias, que forman parte de ese paisaje urbano tan especial que legaron los pioneros.

“La verdad que la obra, por la que tanto luchamos, nos cambió la vida por completo. Ahora nos sentimos reconocidos y podemos caminar con tranquilidad, sin temor de caernos ni tener que hacer malabarismo para llegar de uno a otro lado del pasaje”, describió Beatriz a Diario Patagónico.

Frydlewicz fue quien encabezó, desde fines de 2007, la pelea contra la burocracia para que los pasajes sean reconocidos y mantenidos. Pese a los años, las angustias y las desilusiones, la vecina no aflojó y siguió presentando notas para que se hagan las tareas que el tiempo y la situación imponían al Estado y que eran imperiosas para quienes ahí vivían.

“Yo continué la tarea que había empezado Edmundo Cavaco y que luego siguió otro vecino pero en el medio hubo notas firmadas por todos. Lamentablemente, con el paso del tiempo, la mayoría se borró y quedé en la práctica sola reclamando estas obras. Lo tomé como algo personal, no aflojé, y hoy estoy contenta porque es una realidad”, señala orgullosa mientras, en pleno pasaje, muestra algunas de las notas presentadas a los distintos intendentes.

El pasaje primero fue nivelado, porque como sucede con los otros tenía veredas y superficies varias, tanto en material como en altura, y luego se lo recubrió con adoquines intertrabados, que representaron un antes y un después para quienes allí viven o para quienes son gustosos paseantes por estos remansos que, en pleno centro, la ciudad tiene para escaparle al mundanal ruido.

“Mucha gente, sobre todo de edad, se cayó por cómo estaban las veredas. Recuerdo que ir con mi nieta, en cochecito, desde mi casa a la esquina era una tortura. Hoy, con algo tan simple, nuestra vida cambió y hasta notamos que más vecinos aprovechan el pasaje para pasear, porque realmente son algo muy bonito”, dice Beatriz satisfecha.

El pasaje Valdivia, que une la 25 de Mayo con la Pellegrini, forma parte de esa conexión mágica que entre las calles tan tránsitadas como son la San Martín y la Sarmiento, pueden ser utilizadas para ir de un lugar a otro del centro pero sin pasar por tanta carrera apresurada que tiene el mundo de hoy.

Beatriz está más que contenta con lo conseguido pero recuerda que todavía falta. “Tienen que poner las luminarias y sellar el intertrabado” pero reconoce que lo logrado “es casi un sueño. Fueron muchos años de presentaciones y de ser ignorados, ahora es una realidad y si bien costó, acá estamos disfrutando de una vereda como Dios manda en una ciudad tan grande y pujante como es Comodoro”.

La obra, una vez comenzada, también tuvo sus idas y vueltas y en ellas Beatriz volvió a sentir temor de que, pese a los avances, todo quede en la nada. “Se había acumulado el material y no se podía sacar, y como había llovido no se siguió trabajando. Fue un momento duro porque, varios empezaron a cuestionar la obra que hoy disfrutan”, recuerda.

La obra de los pasajes y el libro que publicó (“El árbol de mi vida”) en el taller de vida que dicta Elvira Córdoba hicieron que 2014 para Beatriz “sea un año realmente mágico, ya que por un lado pude contar a mis tres hijos y tres nietos la historia de mi vida, y por el otro cerrar una gestión que, además, me va a permitir que cuando sea viejita no me caiga caminando por mi pasaje”, resalta la vecina con la satisfacción y la sonrisa del deber cumplido.

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