Los problemas de PROSATE empiezan en el edificio y continúan en la atención

La queja de los abuelos por la atención que les brinda la obra social PAMI, a través de PROSATE, no es nueva, pero se actualiza cada vez que deben concurrir a la gerenciadora para sacar un turno, tramitar un reintegro o hacer cualquier trámite. Luego de ello viene otro padecimiento, la propia médica, con sus tardanzas y hasta destrato.

Acceder al edificio de PROSATE, en San Martín y Saavedra, ya es un padecimiento. Escaleras por todos lados y pasillos estrechos complican a los jubilados que deben concurrir allí, quienes por su edad, su estado físico o ambas cosas no están a esta altura de la vida en condiciones para subir algunos de los tres pisos donde tienen que hacer el trámite.
Hay un ascensor, es cierto, pero muchos jubilados tienen temor a subir al mismo porque “ya ocurrieron varios problemas”, o simplemente tienen miedo a desplazarse por los mismos. Pero la molestia principal no son las escaleras, ni los pasillos, ni siquiera las horas que tienen que estar allí. El enojo y la bronca se genera, principalmente, por la mala atención y por un sistema que parece realmente preparado más para perjudicar que para dar salud.
Seguramente, dentro el grupo de empleadas, habrá alguna que atienda bien, con la consideración que merece cualquier persona, pero sobre todo quienes a esta altura del partido, requieren más diplomacia, tiempo y explicaciones. Además, son en definitiva quienes en la práctica le pagan sus sueldos.
La situación de los jubilados es la misma hace años y quedó bien referenciada y explicada en la asamblea que, el jueves se realizó en el gimnasio municipal 1, donde el titular del Centro de Jubilados de Petróleo y Gas, Mario Quinteros, plantó bandera y reclamó la atención del gobierno y del PAMI.

PROTAGONISTAS DE PADECIMIENTOS
Ayer, Diario Patagónico, habló en el Centro de Jubilados del Petróleo con un grupo de jubilados que había concurrido, sin miedo alguno, a contar sus penurias y a exigir un cambio en el modo de atención.
Lucía Guerreiro tiene 74 años fue profesora y es ama de casa. Desde hace casi un año espera ser operada para poder volver a caminar con normalidad. Con su marido viajó a fines de noviembre a Buenos Aires, donde a los pocos días le iban a colocar la prótesis. Sin embargo, antes de las fiestas, es decir casi un mes después, decidió pedir el alta y volverse a Comodoro.
“No puede ser que tengamos que estar soportando esta situación. En mi caso a mí me sostuvo mi marido, pero no merecemos este maltrato y falta de consideración”, reclamó Lucía, quien comenta que tenía todos los estudios, pero allá en Buenos Aires les pidieron otros, que nunca llegaron a ser autorizados. El matrimonio de jubilados todavía espera, cuatro meses después, el reintegro de un dinero que pusieron de su bolsillo para volverse a esta ciudad.
A su lado, Norma Stein, de 72 años, apoyada en un bastón, cuenta su bronca porque el sistema que la obliga, “tras soportar maltrato en la atención”, pedir primero la consulta de un médico clínico para que éste luego la derive a un ginecólogo.
“No tiene sentido alguno, pero nos hacen ir, esperar. Subir escaleras, enojarnos con las chicas que atienden, los doctores. La verdad que, como venimos diciendo y padeciendo, es un sistema que parece pensado para cansarnos y no solicitar más atención médica”, advirtió.
Gladys Villarroel tiene 69 años, fue empleada doméstica y también está esperando hace mucho tiempo una respuesta para ser intervenida en una de sus piernas. “Hice todo el trámite, soporté todas las esperas y maltrato pero, cuando llegó el momento, la doctora dijo que no podía operarme por PAMI. Arreglé un precio, alto para mi sueldo de jubilada, pero tampoco quiso operarme”, lamentó con bronca acumulada.
Gladys también tiene un problema en un ojo pero lo que más le duele es que, ya con todo el tema resuelto y acordado, la médica se negó a operarla e incluso no la saludaba, o miraba para otro lado, cuando ella esperaba ser atendida.
“Un día me cansé y la encaré y me dice, pero por qué no te operás primero el ojito. Es terrible, uno se acostumbra a vivir con dolor, como hago yo, que tengo que estar en la cama, con hielo y un ladrillo bajo la pierna, para que me duela menos porque está más alto”, relató.
Tres historias de las miles que, a diario, sufren los jubilados “a esos viejos que no deberíamos apartarlos, luego de que nos hayan servido bien”, como señala Joan Manuel Serrat.

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