Luis Mora, ese hombre de un corazón grande como el mar
"A tomar la onceeeee". El término absolutamente chileno resuena en la costanera durante la década del 80, como también retumbó en los 20 años previos y otros tantos posteriores. Amplificado desde una bocina de lata, pintada de amarillo y rojo, el llamado bastaba y sobraba para que decenas de "na'aores" salieran del agua a buscar la merienda. El sandwich de miga o las galletitas traídos de casa y un jugo Tunquelito, de esos que venían envasados simulando ser una naranja, desaparecían sobre las piedras en cuestión de segundos. Entonces ya estaban todos listos para volver al mar.
Los altos para esa merienda y el almuerzo eran fundamentales entre los alumnos de la Academia de Natación Luis Mora: la disciplina no solo abarcaba el zapatillazo para el que se salía de las normas sino también la alimentación y tener las pocas cosas que uno debía llevar a la playa en condiciones y cuidadas.
"Una skipy número 40", pedía Mora entre los alumnos, en alusión al calzado playero de la época. El pedido era la señal clara de que alguno del grupo se la había "mandado", y era llamado al centro para ser disciplinado ante todos: sin sermón ni la pedagogía tan en boga a esta altura del siglo.
Era un "agáchese, cierre los ojos, abra la boca". Y el zapatillazo en la cola dejaba en claro -al castigado y a todos los chicos- que la toalla no se pierde y que si el profesor dice que hay que salir o entrar del agua, se sale o se entra.
Luis Mora llegó a Comodoro Rivadavia a mediados de la década del 50 desde su Valdivia natal, poco antes de cumplir 20 años, pero con la vocación de docencia y práctica deportiva profundamente definidas. De hecho no salió de ese carril hasta el último día de su vida. El atleta olímpico Nazario Araujo fue amigo del "profe" y sostiene que su objetivo siempre fue el mar, desde sus inicios en la ciudad.
En los primeros años de la década del 60 ya reunía numerosos grupos de chicos que pasaban todo el día en la costanera con él. Los botellones familiares de aceite Cocinero o latas de gasoil eran parte del equipo básico de subsistencia de todas las madres que mandaban a sus hijos con Mora, y que luego debían ser "desempetrolados" religiosamente antes de bañarse, día tras día. La jornada arrancaba sobre las 10 y se extendía hasta las 18 y la tarifa de la academia era lo de menos: el que podía pagaba, y el que no, no importa.
Cada chico tenía su apodo, generalmente referido al mundo marino, o vinculado directamente a la ocupación y oficio de los padres: desde sirenita a tiburón hasta botica, farmacia y panadero, pasando por el ineludible "charol" que una vez por camada ligaba el más morocho del grupo.
Mora sabía el apodo de cada uno desde el día que los veía llegar y lo cristalizaba luego el día del "bautismo": te acostaba sobre una mesa metida en el agua y después de llenarte la cara de harina ibas de un empujón hasta el fondo, para salir a la superficie con tu nombre oficial de "nadador".
El empujón era un clásico: aunque el lugar de base de la academia era frente a donde hoy se ubica el edificio de los guardavidas, a menudo llevaba a todo el grupo hasta el espigón del muelle y desde ahí había que saltar al mar. O te animabas, o te animaba él de un envión.
El trato era el mismo para los chicos de 7 años que para los de 16, aunque para los primeros siempre había alguno de los mayores cerca para ayudar a salir a flote, en caso de que la caída sorpresiva lo desorientara. Los más grandes además tenían el privilegio de ser parte de los "raid" que diariamente organizaba: mientras los más chicos jugaban en la orilla, los que ya sabían nadar braceaban hasta los lanchones ida y vuelta, seguidos por Mora y su eterna compañera Nora en un bote a remos, y la misma bocina de lata que solo esta vez se usaba para alentar y no para dar un reto.
El verano tenía su punto culmine con la Noche Veneciana. Se organizaba en vísperas de Carnaval y participaban todos los chicos de la academia. Con el sol bajo la línea del horizonte desde hacía horas, ataviados con apenas las mallas y capas bordadas con motivos marinos, la columna encabezada por el rey y la reina y las banderas, desfilaban por la San Martín hasta la costanera, donde la fiesta terminaba con una enorme fogata en plena playa y los chicos en el agua otra vez.
Fueron más de tres generaciones de comodorenses las que mantuvieron contacto diario con el mar de la mano de Luis Mora. Temido, cuestionando sus métodos hoy en mirada retroactiva, muchos de los que pasaron largos veranos con él tomaron dimensión de lo que era el profe recién llegada la adultez, esos mismos que se reencuentran y repiten los términos de Mora con esa complicidad que te da la pertenencia inconfundible a una tribu ya extinta en Comodoro.

NADANDO CON
LAS TONINAS
"Mora siempre se dedicó al deporte, tanto desde la práctica activa como en la enseñanza", recuerda Nazario Araujo, que no solo enfatiza que al profe jamás se le ahogó un alumno, sino que además protagonizó cientos de salvatajes en las playas locales, cuando los guardavidas por estas tierras solo se veían en el cine.
"En Comodoro en esa época teníamos la pileta del 5 y la de Diadema, donde Mora hizo dos veces récord mundial en permanencia en el agua, era un hombre que podía estar más de 50 horas en la pileta. Lo hizo tanto en Diadema como en la pileta del 5".
Lo del récord no fue un hecho fortuito, el profe vivía para entrenar. Lo hacía frente a Prefectura, a la vera del Chenque, metido durante horas en el mar sin más protección que una malla ajustada -extraña para la época en el pueblo que era la ciudad- y untado en cremas que preparaba él mismo a base productos marinos como la grasa de ballena.
Una clave parecida compartiría luego con sus alumnos en épocas de "raid", pero adaptada a lo se conseguía en la farmacia: vaselina en pasta. Nazario dice que era una maravilla verlo entrenar en ese lugar, porque en cuanto se sumergía lo rodeaban las toninas, esas mismas que hoy son raras de ver en la costa.

A LA PAR DEL PADRE CORTI
"Era un hombre acostumbrado al mar, a la temperatura, a los fríos. Siempre fue de avanzada: cuando logró tener su primer gimnasio, ya cerca de los 40 años, a fines de los 60, ya tenía sauna y complementos", recuerda Araujo, en alusión a la sede que poco a poco fue armando sobre la calle Huergo, en el barrio Newbery.
"Nunca se apartó su objetivo, en cuanto tuvo su saloncito y para poder seguir con su tarea, alquilaba el lugar para eventos de la ciudad: se hacían cumpleaños y casamientos. Y se festejaba ahí la Independencia de Chile. Siempre trató de construirse una economía que le permitiera subsistir", rememora Araujo.
El comentario de la subsistencia tiene doble valor hablando del profe: en sus años de actividad recibió poca o nula asistencia del Estado y muchas veces no cobraba sus clases, no solo hablando de la academia de natación sino cuando abría su gimnasio para sacar a los chicos de la calle en una tarea por la que Nazario lo equipara con el padre Juan Corti.
"Mora hacía todo movido por su amor al deporte, y era un paladín: sacó a muchos chicos de la calle, de esos rebeldes por naturaleza que él mismo encaminó. Siempre lo recuerda uno de nuestros técnicos de boxeo, técnico nacional y jurado de boxeo, hombres tan reconocidos como los hermanos Josesito y Juan Alvarado; a quienes Mora encaminó de muy chicos. Es maravilloso lo que hizo, no solo con ellos en el boxeo sino con muchos deportistas como Juan Queipul, uno de los mejores corredores de fondo que tuvo Comodoro y que también aprendió a nadar con él", recuerda su amigo.
"En los primeros años del 60 ya andaba rodeado de chicos y en grupos numerosos, eran Corti y él, hombres de gran vocación de servicio y dos precursores del movimiento de la niñez. Fue un hombre muy fructífero siempre, hasta que se le apagó la vida", lamenta Nazario, que agrega al relato que era un hombre que disfrutaba de compartir su mesa, siempre a base a frutos de mar, y que lo suyo no era hablar mal de la gente. "Su mirada siempre era positiva".
Luis Mora falleció en 1992 y uno de los contados homenajes que tiene en la ciudad es la imposición de su nombre a la calle costera en la que tenía su academia de natación, un reconocimiento que vino a instancias del Centro de Periodistas Deportivos, pero que para Nazario no es suficiente.
"Él se hizo al andar y sin apoyo, y nunca abandonó sus principios. Es una lástima que todavía no haya un recuerdo permanente de él, como lo tiene el Padre Corti en la avenida Rivadavia. El debería tener el suyo en el lugar donde están los guardavidas, como testimonio de todo lo que hizo por Comodoro", propone.