“Me hubiese gustado morir arriba del ring”

Mi vida es el boxeo, quería terminar como un gladiador, admite el hoy entrenador ‘Látigo’ Coggi, tres veces campeón mundial de los Super Welter. Ejemplo dentro y fuera del ring, comanda un proyecto para salvar a los adolescentes de los vicios y reconoce que no quería que su hijo siguiera sus pasos.

El 29 de mayo de 1999, Juan Martín ‘Látigo’ Coggi caía por puntos ante el italiano Michele Piccirillo y colgaba los guantes para siempre. Se quedaba sin el título Welter de la Unión Mundial de Boxeo, en el intento por obtener una cuarta corona universal, pero dejaba grabado en las estadísticas lo que ningún boxeador argentino había logrado hasta ese momento: la disputa de 17 peleas en campeonatos mundiales.
Nació el 19 de diciembre de 1961 en Brandsen, en una familia humilde, y tuvo que hacerse responsable de los suyos después de que falleció su padre.
Comenzó a boxear a los 13 años y conoció la gloria a partir del 4 de julio de 1987, cuando noqueó en tres rounds al italiano Patrizio Oliva y se coronó campeón mundial AMB de la categoría Super Welter por primera vez. Después obtendría ese mismo título en otras dos oportunidades.
Hoy, a los 45 años y en su posición de entrenador, todavía extraña demasiado aquellos años de gloria. Ayer dialogó con Diario Patagónico sobre su pasado, presente y futuro.

 ‘Látigo’, ¿cuesta más ser boxeador o entrenador?
Las dos cosas. Yo quería ser boxeador porque arriba sabía lo que estaba haciendo, era yo el que decidía si moría o vivía ahí arriba. Como entrenador también tenés la vida de los chicos en tus manos, aunque parezca mentira. Si tirás la toalla antes de dos o tres golpes que pueden ser fatales, le salvás la vida al boxeador.

-Fuiste tres veces campeón mundial, dando ejemplo dentro y fuera del ring. ¿Es tan difícil seguir ese camino?
¿Sabés lo que pasa? Tenemos otros ejemplos que no son tan buenos. Muchas veces usan la fácil. Yo trataba de superarme día a día en todo sentido, trataba de leer todo lo que podía para no ser un ‘cuadrado’, miraba canales de documentales. Además, no me dejaba tentar por nada. Antes de ser campeón mundial, yo salí con cincuenta amigos y 200 dólares en el bolsillo. Llego a Italia, le pego cuatro piñas al ‘tano’ (Patrizio Oliva), lo tiro afuera del ring y me transformo en el mejor del mundo. Me encontraba en la cima del mundo sin saber qué hacer.

- ¿Cómo se maneja eso psicológicamente?
Es que no lo podés manejar. Una mina que te gustó toda la vida y que nunca te dio pelota porque siempre fuiste un seco, viene al otro día y te dice «¡qué lindo que sos!». Y uno dice, «¡pero si me afeité esta mañana y tengo la misma cara de siempre!», ¡jaja!.

- ¿Te deprimiste cuando dejaste el boxeo?
Sigo deprimido, je... Mi vida es el boxeo, me hubiese gustado morir arriba del ring, terminar la carrera como un gladiador, porque yo estoy peleando desde los 12 años y lo único que conozco es el boxeo.

- Querías transformarte en un mártir del boxeo.
No, mártir no. Lo que pasa es que el boxeo me daba muchas cosas. Yo estuve con el Papa (Juan Pablo II), me dio la mano y estuvimos charlando un rato, pero yo me quería ir a dormir, porque me había acostado tarde después de festejar el título. No tomaba dimensión de las cosas. Por eso trato de regalarles a los chicos los 25 años de experiencia que tengo en esto.

-  ¿Qué pasó cuando tu hijo (Martín ‘El Principito’ Coggi) te dijo que quería boxear?
Lo maté a palos, ¡jajaja!

- ¿Por qué no querías que fuera boxeador?
Le faltaban dos años para recibirse de actor y de director de cine y me sale con el boxeo...

-¿Largó todo por el boxeo?
Sí, lo lleva en la sangre. Cuando le dije a mi padre que iba a boxear, él me dijo «no». Yo dije «sí». Tenía 13 años, viajaba de Brandsen a Buenos Aires, todos los días a dedo. Martín, que nació bien, que se crió bien, quiso ser boxeador. Y bueno, recibe todo mi apoyo. Es la sangre.

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