Morir en plena faena

 El hedor del cuerpo se sentía a la legua. El cuerpo de Juan Maliqueo, llevaba dos días tirado en el lecho de pellejos de su rancho, ubicado en el corazón de Chubut. Los esfuerzos fueron inútiles para salvarle la vida de esas lesiones de bala y golpes con rebenque que el matador le había dado.

En esa soledad de aquel paraje de “El Tatúen”, a 18 leguas de Telsen el infortunado Maliqueo moría a las 2 de la madrugada del 9 de noviembre de 1913.

El cabo Santiago Villablanca había recepcionado el alerta del crimen en la subcomisaría de Telsen. Cuando llegó a verlo el cuerpo estaba en avanzado estado de descomposición, encontró una herida cerca de la tetilla izquierda y signos de rebencazos. Marcas que demostraban el furor del atacante.

“Tenía muchas lesiones graves, un balazo en el costado izquierdo, y varios garrotazos en la cabeza con un rebenque” informó el cabo Villablanca a sus superiores.

¿Había habido duelo? ¿Por qué tanta saña contra el cuerpo de Maliqueo? En el terreno arenoso donde sus amigos lo habían encontrado herido, se notaban algunos pasos.

Entre las huellas aparecían pisadas marcadas por un calzado y también irrumpían en escena, marcas de un pie descalzo.

Estas últimas eran de Maliqueo, que se encontraba descalzo. El gaucho había dejado sus zapatillas al lado del capón que faenaba.

Maliqueo se quejaba lastimosamente. Sus amigos Nicolás y Valentín, lo auxiliaron y por eso no pudieron seguir al matador que salió raudamente en un caballo.

Aquel 8 de noviembre de 1913 a la tarde, Maliqueo cebaba unos mates en su rancho a sus amigos Nicolás Calluqui y Valentín Cayún.

La intención de Juan era retenerlos un poco más entrada la nochecita para convidarles un asado. Por eso se fue hasta donde pacía su majada a unas tres o cuadras de su rancho. Buscaba carnerear un capón para invitarles. En su cinturón llevaba solo el cuchillo para matar y depostar.

Cuando Maliqueo se alejó del rancho, y mientras sus amigos lo esperaban mateando, se escucharon tres disparos. Los estruendos sobresaltaron a los hombres en medio de esas tierras que siempre proveyeron de cuarzo, calcedonia y fluorita en el corazón de la Patagonia. Nicolás y Valentín, se fueron de inmediato hacia donde sonaron los tiros. Cuando se aproximaban al paraje vieron como el asesino se escapaba.

¿Había habido duelo? Si hubo un arma, seguramente el duelo no había sido parejo.

La idea del duelo los invadió al encontrar, primero el cuchillo con el que faenaba su amigo y a unos diez pasos encontraron el facón del supuesto agresor. El cuchillo estaba roto en tres partes. Por eso creían que se había tratado de una pelea.

Pero Maliqueo, pudo hablar antes de morir. El hombre de campo con sus últimas fuerzas en ese lecho de pellejo, les contó a sus amigos lo que había pasado entre suspiros.

Dijo que cuando degolló al capón y estaba por faenarlo lo sorprendió Victoriano Gacitúa a balazos. Que le pegó unos tres tiros. Y que una vez que cayó al suelo, Gacitúa continuó dándole garrotazos por el cuello y la cabeza con el mango de un rebenque.

Mientras moría, Maliqueo pudo revelar el crimen. Dijo que su matador se fue cuando escuchó que alguien venía, eran sus amigos. La sorpresa y las heridas le habían imposibilitado a Maliqueo todo tipo de defensa. Pero con sus palabras quedaba claro: no hubo duelo, sino un ataque sorpresa.

Victoriano Gacitúa, de 35 años y criador, se presentó a los ocho días del crimen frente al comisario Delpiano en Rawson. Dijo que había cometido un crimen de un hombre conocido como “Peñe” (que en realidad era Maliqueo). Que a este le había pedido de separar las ovejas de las suyas y que se molestó por lo que en medio del reproche lo apuntó con un arma. Esa era su versión.

El matador dijo que lo había encontrado agachado en la faena de carnear un capón. Que lo atacó a balazos a unos dos metros y que alcanzó a esquivar las balas. Un relato fantasioso para los investigadores. Gacitúa seguía con su película propia ante el comisario y el juez. Dijo que había tomado la mano con la que su atacante empuñaba el arma y en lucha porfiada logró sacársela y pegarle con el rebenque.

Que después se fue en su caballo y a los dos días se enteró de que el hombre había muerto, por lo que quedó esperando la llegada de la Policía en su casa. Al no llegar los uniformados, se dirigió a ver al comisario Delpiano.

En la comisaría, el avezado sabueso policial le mostró ese cuchillo destrozado en tres partes que habían encontrado los amigos de Maliqueo en el lugar del crimen. Gacitúa dijo que no era de él, pero sí reconoció el rebenque.

Los amigos de Maliqueo, siempre se preguntaron por qué Gacitúa optó por esa coartada, la de hacerse que no conocía a Maliqueo por su verdadero nombre. Porque Maliqueo era muy conocido en la zona.

A Gacitúa se lo condenó primero a seis años y seis meses por ese homicidio en el que los jueces de primera instancia habían encontrado la misma cantidad de agravantes y atenuantes en el homicidio.

Pero la Cámara Federal de Apelaciones luego reformó la sentencia apelada y elevó la pena a doce años de presidio, la cual también confirmó el máximo órgano de Justicia.

*Historias de Patagonia Western es una nueva propuesta de Letra Roja sobre relatos policiales de principios del siglo pasado. Homicidios, robos y duelos, historias de forajidos rurales y sabuesos policiales. 

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