Periodismo y opinión
-“Ustedes, los periodistas: ¿por qué no dicen lo que está pasando?”, nos repetía -como en una letanía- uno que otro convecino preocupado por su comunidad pocos años antes del retorno a la democracia. La respuesta del cronista, era la obvia: “-acá tiene Ud. el micrófono; expréselo usted mismo, el medio está enteramente a su disposición”. (A ello seguía una despavorida huida del quejoso).
--“El periodista no tiene que opinar. Debe limitarse a describir lo ocurrido para que la gente saque sus propias conclusiones”, se repite cada tanto en algún “posteo” de los portales digitales que ejercitan el enloquecedor periodismo cibernético que supimos conseguir.

TIEMPOS
Las dos repetitivas afirmaciones  -separadas por tres décadas- encierran una de las tantas dicotomías del alma humana. Esas insondables contradicciones que desnudan las zonas erróneas del inconsciente individual tanto como del colectivo.
En la primera de ellas, quedaba en evidencia el temor de la sociedad a dar la cara, y atribuía una supuesta cobardía de los periodistas o los medios de prensa por no expresar los sufrimientos más íntimos de la sociedad en plena dictadura.
En el cuestionamiento actual hacia los trabajadores de la prensa, creemos ver una insolente valentía y la pretensión de callarle la boca a los que opinen diferente. Esta última, por si fuera poco, escudada en el anonimato de un comentario cibernético.
De esas miserias, también, estamos hechos. Y si seguimos haciendo lo que venimos haciendo, sólo conseguiremos lo que venimos consiguiendo.

MADUREZ
No sé si será demasiado pretencioso ver en esa ligera comparación uno de los vértices más nocivos de nuestra inmadurez ciudadana. Pero no deja de representar un síntoma suficiente de comportamientos sociales enfermizos.
Por supuesto que el periodista básicamente tiene que centrar su labor en un servicio puntilloso de brindar la información más detallada y sin omisiones ni dobleces. Con entera objetividad y cuidada precisión. No menos cierto es que el lector es quien debe armar su rompecabezas con la suma y cotejo de todas las fuentes y versiones, para –si tiene la voluntad y la paciencia ciudadana suficientes- formar acabadamente su juicio personal.
Pero eso no implica para nada, que al emisor de la noticia le tenga que estar vedado ejercitar la responsabilidad social de adjuntar sus propias conclusiones. En lo posible, en columna aparte; con la indeleble definición de que se trata de un comentario, y en lo ideal, asumiéndolo con su propia firma.
Porque no puede negarse que luego de muchos años de difundir frustraciones similares, ilusionar a su comunidad con repetitivas como incumplidas promesas donde siempre los voceros fueron otros pero el cronista, el mismo, debe alertarse al amigo consumidor de noticias, que esta película ya la vimos.

SOCIEDAD 
Hace unos pocos años, un respetadísimo profesional de la medicina y activo militante de una liga de padres y madres de familia nos endilgaba a los periodistas en un panel radial estar corrompiéndole el alma a la opinión pública con la liviandad y hasta obscenidad de los contenidos que se difunden, la mala utilización del lenguaje, la chabacanería, y otro tipo de lindezas por el estilo. En un punto, nos dio ganas de darle la razón. Pero desgraciadamente hubiéramos incurrido en compartir una generalización que no es aceptable: que se haya farandulizado el noble oficio de informar, entretener y formar a través de los medios, es una responsabilidad compartida entre el receptor y el emisor.
Le respondimos, lacónicamente y como en un inmediato reflejo de auto defensa: “nosotros creemos que es la sociedad la que ha cambiado a los medios; y nosotros no dejamos de ser un simple reflejo de cuáles son sus intereses y sus expectativas”.
Aquello, dicho casi impensadamente, nos duele cada día más; porque tememos que pueda ser cierto. Pero no en vano hay una sobre oferta de programaciones culturales –en particular en señales televisivas— que siguen siendo brutalmente apabulladas por el rating de la programación que exacerba los más bajos instintos del público.
Flaco consuelo si triunfara nuestra postura en ese imaginario debate: estaríamos ante la terrible realidad de medios hechos a imagen y semejanza de la comunidad.
De lo poquito que uno puede estar seguro luego de toda una vida dedicada a este apasionante oficio, es que –irremediablemente- los medios son un espejo de la sociedad. Y en lo que creo que vamos a estar de acuerdo todos, es que no nos gusta demasiado la imagen que nos devuelve ese brillante e irrefutable cristal.