Burlas, amenazas, insultos, marginación, golpizas. También hostigamiento a través de las redes sociales. Son todas marcas de la humillación que sufre un chico o un adolescente que no sabe cómo defenderse, o que teme pedir ayuda frente al acoso de un compañero de colegio o de un grupo de ellos. Es lo que se conoce como bullying, acepción inglesa que se ha impuesto en el mundo para describir la violencia escolar, un fenómeno complejo que suele pasar inadvertido para los adultos, pese a que son quienes tienen la responsabilidad de abordarlo y de elaborar pautas para evitar que se produzca.
El acoso entre estudiantes es considerado por los especialistas que lo analizan como un mal que permanece oculto bajo un manto de silencio, ya que por cada caso que aflora en una escuela hay muchos otros que permanecen invisibilizados. Incluso, el resto de la sociedad le presta atención al problema sólo de vez en cuando y como mero espectador, en el momento en que alguno de esos episodios logra trasponer los muros de las aulas y encuentra repercusión mediática.
En Comodoro Rivadavia el problema del acoso escolar volvió a cobrar dimensión pública por estos días a partir de la denuncia policial de la madre de una chica de 13 años, estudiante del colegio Perito Moreno, quien relató que su hija sufría la persecución de compañeros.
La denuncia fue radicada la misma tarde en que la propia policía tuvo que intervenir en un incidente que se producía en una calle cercana a esa escuela, donde logró evitar que la chica fuera golpeada por un grupo que lideraba otra adolescente. El hostigamiento tendría además motivaciones xenófobas, ya que la víctima es de nacionalidad peruana.
Frente a la consulta de Diario Patagónico, autoridades docentes revelaron que el caso no había sido abordado en el contexto institucional porque la joven nunca había manifestado la situación que padecía.
Esa respuesta evidencia la necesidad de fortalecer las herramientas con las que cuentan los equipos pedagógicos para poder detectar y sobre todo prevenir un problema donde la mayoría de las veces quienes lo sufren piden ayuda en silencio, a través de otras señales de alerta en la escuela, pero también en sus hogares, lo que implica un llamado de atención para los maestros y la propia familia.
De acuerdo a una encuesta reciente del Observatorio de Convivencia Escolar de la Universidad Católica Argentina, uno de cada cuatro alumnos de entre 10 y 18 años le teme a sus compañeros. Significa que padres y docentes deben estar alertas para distinguir y prevenir este problema alimentado por la naturalización de la violencia, resalta el estudio.
El psicoanalista Luis Kancyper, autor del libro “Adolescencia: el fin de la ingenuidad”, plantea que la relación entre pares es determinante en la socialización y el aprendizaje. “Sin embargo, a veces configura un juego perverso de dominio-sumisión. En las conductas de acoso se incluyen variables familiares, sociales y escolares. Todos coinciden en que esta problemática no puede esperar y que resulta imperiosa la necesidad de un tratamiento multidisciplinario que dé respuesta y a la vez prevenga las conductas de hostigamiento en el colegio”, afirma.
Flavia Sinigagliesi, psicóloga del equipo Bullying Cero Argentina, explica que el acoso “tiene que ser repetido y sostenido en el tiempo. Una pelea ocasional o por un tema puntual no es bullying”.
Enumera que el acoso escolar tiene varios protagonistas: el hostigador (es el que idea el hostigamiento y no siempre el que lo ejecuta); el hostigado; los seguidores (los que apoyan al líder y muchas veces ejecutan el hostigamiento), los espectadores (que pueden sólo mirar, reírse de lo que pasa o intentar detenerlo); el personal de la escuela (quienes deben detectarlo e intervenir) y los padres (responsables de detectar cambios en sus hijos y conversarlo con las autoridades del colegio).
Diversos especialistas también cuestionan que cuando los padres detectan el padecimiento del que están siendo víctimas sus hijos, la forma en que se resuelven muchos casos es sacándolos de ese colegio, lo que está lejos de ser una solución. “Cambiar de colegio no soluciona nada. Porque si el chico no aprende a resolver y enfrentar el conflicto lo más probable es que le vuelva a pasar”, advierte Sinigagliesi.
También es importante preguntarse cómo ayudar a los acosadores, para que no sigan repitiendo su conducta violenta con otros compañeros de escuela o a futuro en otros ámbitos, en su trabajo, en su familia.
De alguna manera los victimarios también son víctimas de una falta de contención y así como la solución no es cambiar de colegio a quien es blanco de las agresiones, el problema tampoco se acaba con la expulsión del acosador.
“Creemos firmemente que el bullying se aprende y, por lo tanto, también puede desaprenderse. No se trata de etiquetar ni humillar a los estudiantes que acosan, sino de ayudarlos a abandonar esa manera de comportarse. Para esto, es necesario que los adultos responsables (padres y docentes) asuman que el problema existe, que es más frecuente de lo que parece”, propone Candelaria Irazusta, psicóloga del Departamento Infantojuvenil de la Fundación Ineco.
A pesar de ser un problema creciente, hasta ahora no había ningún marco legal que reconociera e intentara frenar el acoso escolar y que brindara herramientas de respaldo a los docentes para actuar ante casos de violencia en las aulas. Pero hay una expectativa de que las cosas empiecen a cambiar desde las propias escuelas. Esto a partir de la reciente aprobación de la Ley 26892 de “promoción de la convivencia y el abordaje de la conflictividad en las instituciones educativas”.
Esa ley fue sancionada en el Congreso nacional en noviembre último y como complemento de la misma, a principios de este año el Ministerio de Educación de la Nación presentó la “Guía Federal de Convivencia Democrática”, elaborada por el Consejo Federal de Educación. Tiene como objetivo orientar el accionar de los docentes que se vean enfrentados a situaciones conflictivas entre sus alumnos.
La nueva norma prevé la creación de instancias de participación donde maestros, padres y estudiantes puedan prevenir y solucionar episodios violentos.
A la vez, establece que habrá sanciones para quienes provoquen bullying, que serán educativas, graduales y progresivas, atendiendo el contexto y garantizando el derecho a la educación del acosado y del acosador.
“Es una iniciativa de nuestro Ministerio trabajada con las 24 jurisdicciones, que incluye una parte general de principios, como la garantía del derecho de enseñar y aprender, el valor de la prevención temprana y la necesidad de no negar los conflictos, ya que el conflicto pedagógico puede ser una oportunidad de crecimiento”, resalta el ministro de Educación, Alberto Sileoni.
El tiempo dirá si es la herramienta más efectiva para prevenir un problema en el que es necesario que se involucre toda la sociedad.
Piden ayuda pero nadie lo advierte
