¿Qué sentimos los N.Y.C?

Por MAB

Una confortable sensación de seguridad y pertenencia nos produce a los N.Y.C. (nacidos y criados) de Comodoro reconocernos como tales.
Frecuentemente, en reuniones de amigos o en eventos sociales, artísticos o culturales, surge la estadística. ¿Cuántos somos nacidos “acá” y cuantos llegaron desde otros lugares? La mayoría de estos últimos es notable.
Creo que pocas ciudades de nuestro país hayan sufrido (utilizo el término en el mejor de los sentidos) un crecimiento demográfico como el registrado en la nuestra. Censos al margen, desde que yo viví mi adolescencia a la fecha, la población comodorense debe haberse multiplicado varias veces.
Como mi entretenimiento preferido es bucear en mis sentimientos y --cuando puedo-- pensar en los de los demás, este sondeo en mis sensaciones me atrapa. ¿Por qué siento algo así como un malestar difuso (y no tanto) cuando, circulando por calles del centro de la ciudad o al asistir a lugares de presencia masiva, noto “que no conozco a nadie”. Y, a partir de esta percepción, me invade una sensación de soledad, de extrañeza, de desconfianza.
Es probable que la naturaleza humana nos induzca a desconfiar de lo desconocido, de lo diferente pero este sentimiento que percibo, va más allá. Tiene que ver con el propio conocimiento de quien soy.
Contrariamente a la gente que disfruta del anonimato, yo reconozco que a mí, me hace feliz ser una persona reconocida por los demás. Y es porque “yo soy” en función de la mirada del otro. Yo soy acá, en mi ciudad. En ningún otro lugar del mundo identifico este sentimiento.
Mi origen, mi historia, mis recuerdos están “acá”. Por eso, encontrarme circunstancialmente con caras familiares me gratifica, me tranquiliza. El reconocerse, el saludarse, el abrazarse en el reencuentro. -¡Cuánto hace que no te veo!- - Contame de tu vida…-
Y esa vida que nos ha hecho mayores, que nos ha distanciado, que nos llenó de obligaciones y, a veces, redujo nuestros círculos es quizás la que nos produce esta nostalgia de lo propio, lo conocido, lo familiar, de nuestra infancia y adolescencia.
Por lo tanto, creo que esos semblantes extraños, esas modalidades diferentes, esos colores diversos de la gente nueva que ¿invade? nuestro espacio, no es el único motivo del malestar. Malestar que se atenúa, reitero, en la conversación con otro con el que tenemos vivencias o recuerdos comunes.
Siento que lo seguro que tenemos hoy en día los hombres y las mujeres, es nuestro pasado. Ese que ya está, que no variará en la medida en que nuestras memorias deseen resguardarlo. Y será tal y como deseemos que sea. Retocado, modificado por los sentimientos, las sensaciones, las negaciones o las idealizaciones.
El Comodoro de nuestra juventud no está más. No volverá a ser. Es otro, más grande, cambiado, diferente. Las cuatro cuadras céntricas de nuestra histórica calle San Martín, hoy nos son ajenas. Sólo nos pertenecen en un rinconcito de nuestros afectos.
Está en cada uno de nosotros, los NYC, cuidar y proteger ese rinconcito para a partir de ello, disfrutar también de esta ciudad cosmopolita, generosa, que ha podido integrar tantas razas, tantas etnias de tantos lugares del mundo en todas sus épocas.
Me queda un interrogante que subyace en toda mi reflexión de hoy y que, probablemente sea otra variante de mi nostalgia. Mi querido Comodoro ¿será posible recuperar los valores, la confiabilidad, el respeto de los que disfrutábamos antaño?

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