Reflexiones sobre el Servicio de Seguridad

Por Carlos Jurich

Entre las primeras preocupaciones de nuestra vida comunitaria se ubica la pérdida de calidad de vida generada por la inseguridad. La inseguridad nos ha obligado a cambiar nuestra forma de vida de una manera profunda. La arquitectura de nuestras viviendas incluye rejas, encierro y alarmas. Las actividades de nuestros hijos demandan atención en los traslados y control de nuestra parte. Nuestra relación con los demás, especialmente con los desconocidos, es defensiva y llena de reparos.
Este deterioro ha sido rápido. Tan evidente y generalizado que ha golpeado a pobres y a ricos por igual. Afecta a todos los barrios.
El sufrimiento igualitario nos ha llevado a hacer saber nuestra disconformidad y a reclamar a las autoridades una mejora en el servicio; demandamos acciones del estado (nacional, provincial y municipal) que nos permitan vivir mejor.
Frente a este fenómeno social de escala, las autoridades del estado han avanzado de acuerdo a las recetas tradicionales, concentrándose en las herramientas que actúan después que el delito se produjo.
Se han hecho inversiones muy importantes ligadas a la modificación del Proceso Penal, se han elaborado planes de prevención situacional a baja escala, se ha invertido en la incorporación de fiscales, de policías y en la compra de equipos.
No existe novedad en ninguna de estas acciones, ya que se basan en viejos paradigmas. Giramos alrededor de la rapidez de juzgamiento y disuasión por “presencia” policial. Una especie de ejército prusiano para guerras de tercera generación. Sin embargo nadie ha mejorado su calidad de vida. La acción del estado no ha sido adecuada ni eficiente para modificar la realidad.
Creo oportuno detenerme a formular algunas observaciones. La inseguridad se deriva de la acción de personas que transgreden la ley. Pero para llegar a una transgresión mayor (como por ejemplo un robo a mano armada) la persona atraviesa un largo camino, con paradas intermedias. Hay transgresores más o menos profesionalizados.   
Curiosamente el sistema penal también presenta dos escalones para atender transgresores. Aunque el grueso de la población lo ignore, existen jueces ocupados de las contravenciones y un código contravencional provincial que prevé penas de arresto de 1 a 120 días y contempla otras sanciones alternativas como trabajo comunitario, multa, etc.
Las contravenciones son infracciones de menor cuantía que no llegan a ser “delitos” pero afectan gravemente a la comunidad. Las figuras contravencionales sancionan acciones tales como los insultos o insinuaciones soeces, el arrojar piedras, la explotación de mendigos, efectuar pintadas o pegatinas sin la autorización del dueño de la pared, embriagarse en la vía pública, etc.
Por ejemplo en su carrera hacia el delito, la persona tiene un inicio “amateur”. Puede que los valores inculcados en su núcleo primario no sean adecuados, puede mediar fracaso escolar, desocupación o simple vagancia.
Tal vez primero se junte en una esquina; mate el tiempo ocioso con sus pares consumiendo alcohol o cualquier tóxico en la calle. Quizás luego genere conflictos con los vecinos por medio de un exceso verbal, el cobro de peaje, o la agresión física al simpatizante del club de fútbol contrario. Luego después de toda una fase de desviación, lo veremos ingresar a un patio a robar.
Durante el espacio de tiempo que le demanda a la persona convertir el delito en su medio de vida, el fuero contravencional pudo haberla detectado varias veces. Este fuero pequeño contaba con herramientas alternativas de sanción más edificantes que la cárcel, pues el juez pudo haber mostrado su autoridad, motivado la reparación del daño o imponer trabajo comunitario.
Mientras las acciones del estado se han concentrado en la etapa posterior al delito, el fuero contravencional es el único que lo anticipa. Como herramienta ha sido poco menos que abandonada. La competencia recae en los Jueces de Paz, un trabajo importante que es poco valorado. Los Juzgados de Paz llevan un lastre de trabajo administrativo tal como confeccionar declaraciones juradas de convivencia o intervenir guías de lana.
En medio de ello la función más relevante como Juez Contravencional, que podría cambiar nuestra realidad, ha quedado opacada. Sus oficinas se ubican lejos de los barrios. Carecen de la infraestructura para cumplir su labor, ya que pudiendo imponer penas de arresto de hasta 120 días no tienen el lugar de detención especial para contraventores. Un contraventor no debe estar en contacto con un delincuente, y hoy los delincuentes se alojan en comisarías.
Antiguamente era el comisario quien disponía de facultades contravencionales, como una especie de juez y parte que se valía de herramientas tales como el “edicto policial”. Frente a la existencia de abusos, la solución fue transferir estas facultades a un Juez, pero la transferencia disoció la presencia en el terreno, con el concepto de autoridad. El que está presente (policía) no es quien ejerce el poder (juez)  y el que tiene el poder de arrestarte no tiene cárcel para hacer valer la pena. 
A diferencia de las figuras penales y sus escalas, que son creadas por el Congreso Nacional, lo contravencional está definido por la Legislatura Provincial tanto en el fondo como en la forma de sanción. Es la única herramienta totalmente local. A la vez es la única que permite establecer orden en la convivencia diaria y separar el trigo de la paja.
Quizás sea más simple, económico y eficaz ordenar la vida diaria en la calle. Ocuparse de un rediseño de la fuerza contravencional, animarse a relocalizarlos. Sacarlos del palacio de justicia e instalarlos al lado del edificio de cada comisaría. Colocarlos a trabajar concentrados en el orden público a la par de las seccionales.
Quizás también sea tiempo de confiar en la democracia, e intentar que este servicio lo ejecuten jueces con cargos electivos. Dejar que el barrio califique el trabajo de su comisario y elija periódicamente al Juez Contravencional. Construir uno o varios lugares de detención de contraventores, con alambradas antes que rejas, puede ser la mejor manera de comenzar a salvar vidas.

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