Saer, de puño y letra

Se publica el segundo volumen que recoge los escritos de los cuadernos en que solía trabajar el gran escritor.

En una de las carpetas con papeles sueltos escritos por Juan José Saer en París entre los años sesenta y setenta, recopilados en este segundo volumen de sus Papeles de trabajo, hay un breve ensayo titulado “Literatura y felicidad”, acaso escrito alrededor de los treinta años del escritor. En él se recuerda una frase de W. H. Hudson en La tierra purpúrea, “Inicié muchas veces el estudio de la metafísica, pero siempre fui interrumpido por la felicidad”. Esa confesión le permite a Saer argumentar en contra: “Nada más errado que oponer filosofía a felicidad, porque la felicidad es una meditación que relampaguea y se esfuma”. No es el humor el síntoma de esa dicha, sino una defensa premeditada contra las injurias de lo exterior o, en el mejor de los casos, un automatismo.
Lo que subyace a ese aserto es que la experiencia estética supone una felicidad en su ejercicio y recepción que no coincide con aquello que los formalistas, tributarios de las vanguardias modernas, llamaron, precisamente, “extrañamiento”: el arte desfamiliariza lo visible, no mediante un mero reconocimiento de lo percibido, sino como una visión nueva del objeto en su devenir temporal. La modernidad de Saer descree de esa premisa del arte moderno: para él, la familiaridad es inducida por una percepción feliz, intempestiva, y en el arte provoca el canto de lo material como herida del mundo, constatado y reinventado en su imaginario.
Todos los lectores de Saer han comprobado que esas epifanías de lo real aparecen en las imágenes de su literatura, cuando el “viento de lo visible” golpea en la cara del que mira, con ávida atención o cuando, distraído en la inconsistencia, el contemplador se sumerge de súbito en la llamada consistente de las cosas.
A diferencia de varios textos de los papeles anteriores, previos en parte a la radicación en Francia, y en los cuales el joven escritor se afirmaba en su trabajo, incluso con beligerancias -aunque nunca faltarán en todos sus escritos las opiniones contundentes-, los cuantiosos documentos inéditos recopilados aquí corresponden al período de la llegada a Francia de Saer, hasta su muerte acaecida en 2005.
Como advierte en el texto “Liminar” el editor Julio Premat -director del equipo de investigación que trabajó con estos materiales durante cinco años-, en el centro de ese largo período 1968-2005 Saer publica su único, fundamental, libro de poemas, El arte de narrar (la primera edición data de 1977) y muchas de sus novelas mayores: Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983) y Glosa (1986). Entonces, apunta Premat, “vemos surgir un escritor seguro de sí, que, si bien acumula notas, ideas y tanteos, cada vez duda menos y funciona de manera más eficaz”.
Con un criterio que responde a una decisión del editor -”arbitraria y problemática”, según declara- y no a una imposición de materiales tan heterogéneos y numerosos, Premat indica la organización básica del volumen en dos grandes períodos y en tres secciones: por un lado, “los textos corresponden al período de la llegada a Francia (1968) hasta el final de la escritura de Glosa (1986) (Papeles franceses) y desde entonces al fallecimiento del escritor (Últimos papeles)”; por otro lado, las secciones son la de los papeles franceses, la de un segundo “Cuaderno núcleo”, que además de los cuadernos de notas incluyen tres libretas de viaje y, en fin, la del “dossier genético” de la novela La grande.
Como tales inscripciones tienen no poco de bitácora, por su carácter dinámico y pasajero y portátil, una de sus manifestaciones ideales y mejores se halla en la serie “Libretas de viaje”, que presenta Sergio Delgado. Esas páginas itinerantes propician en el discurso del decurso las imágenes repentinas de las visiones: “Viaje a Santa Fe. Primeras ‘epifanías’ o ‘iluminaciones’ -seriales, con el tema de la lluvia”, pero también la literal suspensión del tiempo en los aviones o los aeropuertos, donde se manifiestan la arbitrariedad de los protocolos sociales y los primitivos llamamientos de lo corporal. Como señaló Delgado, estas notas pueden considerarse en paralelo con fragmentos de la obra narrativa de Saer o con el notable “tratado imaginario” El río sin orillas (1991). De hecho, otra vez, ese diario de una mirada itinerante es un pasaje anticipatorio de la ficción.
¿Por qué, al margen de la grandeza del escritor, estos textos incesantemente fragmentarios e inconclusos, brevísimos e indefinibles, causan tal fascinación? Una respuesta posible está allí mismo: “El arte de la poesía -escribe Saer- consiste en mirar fijamente, sin parpadear, la realidad, hasta que algo, desde su espesor y su noche, muestre, súbitamente, una evidencia. Y el arte de la lectura no difiere del de la poesía más que en el hecho de que el objeto específico que escruta es un libro”. Esa dimensión poética, en el inicio mismo de la literatura de Saer y en la recepción de sus lectores, es lo que hace la diferencia.

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