Un sicario le arrebató el amor que el flamenco le dio

El “ooole” es para ella una actitud de vida. Con ese aliento Carolina Gayá se llena de fuerza para mantener su reclamo de Justicia. La joven de Comodoro Rivadavia se enamoró a primera vista del flamenco, igual que Domingo Expósito Moreno, asesinado el 25 de junio del año pasado. Carolina asegura tener en estos momentos tres baterías: una para su hijo, otra para seguir pidiendo por la formalización de la investigación, y la restante para las clases de baile que da a niños, adultos y a personas de la tercera edad.

 Unica testigo presencial de la ejecución de su pareja, Domingo Expósito Moreno, a manos de un sicario el 25 de junio de 2014, Carolina Gayá es el símbolo de una mujer en lucha permanente; que no baja los brazos nunca porque cree en la Justicia. Y por eso espera que llegue un día cercano en el que quienes se llevaron a su gran amor paguen por tanta crueldad.

Aquella noche, Carolina observó cómo el asesino se bajó de un Volkswagen Gol y directamente ejecutó a “Domi” de varios balazos. Cuando los disparos comenzaron, ella tomó fuerte de la mano a su hijo y se escondió detrás de una camioneta. El temor la invadió al pensar que seguía ella. Pero el asesino se fue; solo había venido por su novio.

VULNERABLES

Lunes 26 de enero de 2015. Cae la tarde en Comodoro. Pasaron siete meses de la noche más dramática que le tocó vivir a Carolina. El globo blanco con la inscripción en fibra que reza “Justicia por Domi” vuela por el centro de la ciudad. El viento lo lleva de un lado a otro. Un niño de tres años lo toma en 25 de Mayo y Rivadavia. Se le escapa, pero un joven con capacidades diferentes corre y lo atrapa. Su madre lo frena: “dejálo volar, es la idea”.

Los globos así pasan de mano en mano, como los chicos con padres separados. Ahí cree Carolina que se debe poner foco. “Los nenes son los más vulnerables y los más perjudicados”, sostiene.

Por una niña, por su hija, fue que Domingo Expósito Moreno llegó a Comodoro desde Fuengirola, España. Quería restituirla a esas tierras de donde se la había llevado su madre y ya casi lo había logrado: la Justicia lo avalaba para hacerlo. Pero cinco días antes de subirse al avión, lo mataron.

Soltar globos blancos por la Paz y Justicia. Esa idea implementó Carolina en la última marcha (desde que se produjo el crimen se movilizó al cumplirse una semana y luego cada 25 de mes). Y desde entonces no está sola porque a ella se le sumaron las “madres del dolor” de Comodoro, quienes perdieron a sus hijos por crímenes.

Cada 25 se ve, entonces, a Diana Montesino –a quien le mataron a sus hijos, Eliana, Diego y Franco Epulef-; Marisa Huenuqueo, madre del soldado voluntario Nelson Ñancufil; y Olga Cañupan –que lucha por el esclarecimiento del homicidio de su hijo, Néstor Vázquez–.

En la última marcha se sumaron las madres del joven asesinado en las 1311 Viviendas, Brian Marchand, y del canillita muerto al ser embestido por un automovilista en estado de ebriedad, Sergio Faúndez.

Carolina logró que todas marcharan juntas, ya que hasta entonces lo hacían divididas y sin continuidad. Además, algunas banderas políticas empañaban el pedido de Justicia.

PASION FLAMENCA

Carolina es nacida y criada en Comodoro Rivadavia. Desde niña le gustaba bailar. A los 8 años comenzó a entregar en cada paso una sonrisa. La reunión familiar siempre fue lo suyo. Desde niña le gustaba organizar funciones teatrales con sus primas.

“Quería dedicarme al baile” cuenta. Hizo el profesorado de expresión corporal y se especializó en flamenco en Buenos Aires. Terminó de cursar sus estudios en el Colegio Universitario Patagónico. La primaria la hizo en la escuela 83. Fue vicepresidente del Centro de Estudiantes del CUP a principios de los ’90 aunque “nunca me vi metida en la política, pero siempre me gustó organizar”.

Carolina se especializó en clases de expresión corporal en el IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte). Luego volvió a Comodoro, para trabajar en talleres de cultura y en una escuela de danzas en Rada Tilly, en donde trabajó durante 9 años.

“Yo quería que mi espacio no sea de danzas en general. Quería que sea solo de flamenco”. Y así fue. En su estudio de Figueroa Alcorta al 200 se respira flamenco. Cada tarde, los padres aplauden y seguramente alguien tocará el cajón, como lo hacía Domingo en cada ensayo.

“Al flamenco lo tenés que sentir. Es una danza que si no la sentís, no la podes transmitir. Cuando veo bailar a un hombre o una mujer flamenco, me tiene que poner la piel de gallina” dice Carolina.

Su amor por el ritmo fue a primera vista. La encandiló. Como esa sonrisa de Domingo aquella tarde de 2012.

“Viniendo de la cuna del flamenco, supongo que algo de flamenco tenés que saber”, le dijo Carolina la primera vez que se cruzaron en un ensayo de Africa, la hija de él. Ese día estaba acompañado por la madre de la niña, la misma a la que le allanaron la vivienda en busca de pruebas para la investigación. Hasta ese día, Carolina creía que la niña tenía un “padre ausente”.

“Sí, yo toco el cajón”, le respondió Domingo. De ahí en más comenzó a colaborar en los ensayos. Y de la amistad surgió el amor. Así, ella conoció sus secretos y la conflictiva relación que mantenía con su ex pareja; el amor por su hija y la lucha por llevarla a España a discutir su tenencia.

Domingo, que en España había trabajado en los “chiringuitos” (bares y restaurantes) que se extienden a lo largo de la playa, no podía radicarse aquí hasta resolver el tema de su hija, por lo que Carolina lo acompañaba cada cierto período a Chile, lo cual era necesario para renovar su visa de turista.

“Nos íbamos a Chile Chico, a Coy-haique. Después salieron a decir que él iba por droga, pero por suerte después se investigó (porque es más fácil investigar al muerto) y por suerte salió airoso de eso”, sostiene Carolina.

A sangre y fuego. Así era la lucha de Domingo que ahora se trasladó a ella. La familia de Fuengirola la apoya y también decenas de asociaciones de padres de todo el mundo. De Uruguay, España, Buenos, Aires, Córdoba, Mendoza y otras partes de la Argentina.

Hoy, a sus 34 años y con un hijo pequeño que es una de las tres “baterías” que ella dice llevar en su cuerpo, Carolina mantiene en alto el estandarte enarbolado por Domingo, otra de sus baterías. Desde un principio se asesoró con el abogado Sergio Romero y ahora son querellantes. Quiere que la investigación se formalice cuanto antes.

Cuenta que hoy mira muchos programas policiales y que todo lo relacionado con la tinta roja capta su atención. Se acuesta tarde y se levanta a media mañana. Hace trámites, retira a su hijo del jardín, piensa en Domingo. Su trabajo comienza a las 17:30 con clases seguidas hasta la noche. Es lo que le permite procurarse el sustento.

Siempre buscó unir dice. Y el flamenco la unió a Domingo. “Padres que tienen una situación similar a la de ‘Domi’ empezaron a usar la causa como bandera. ‘Mira lo que me puede pasar’, dicen. Tanto la madre como un padre tienen derecho a estar con su hijo. Yo estoy separada y lo último que haría es separar a mi hijo de su papá porque mi hijo ama a su papá. Hay muchas mujeres que piensan igual que yo. Porque este grupo -que no son la mayoría- que elige tener al hijo como rehén, o como botín de guerra, o como escudo, realmente no están pensando en ellos. Están pensando en la guerra con el padre. No sé qué beneficio obtienen” sostiene. 

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