Una manifestación sin precedentes en París para repudiar la violencia

Rara vez una manifestación en París resultó tan heterogénea, multicultural y multirreligiosa como la que ayer desbordó las calles del noreste de la ciudad para recordar con emoción a las diecisiete víctimas que dejó el atentado a Charlie Hebdo y los ataques de los últimos días.

“Aquí estoy bien, lejos de esos dirigentes que no conocen la calle y que salen a marchar 200 metros para las cámaras de televisión. El pueblo está aquí por iniciativa propia, no porque el gobierno nos convocó”, bramó en la mitad del cortejo el veterano Jean-Yves, militante de la asociación SOS Racismo, detrás de sus mostachos enarbolando un cartel con la leyenda “Yo soy Charlie” en árabe.

En una manifestación sin precedentes en Francia (alrededor de un millón y medio de personas sólo en París), familias con sus niños, personas mayores, musulmanes con su tradicional djallaba mezclados con judíos ortodoxos o jóvenes habitantes de los suburbios más pobres de la capital francesa coparon la ciudad.

Pese a ser un país con una fuerte tradición de movilizaciones, muchísimas personas salieron ayer por primera vez a la calle a expresarse.

“Por primera vez salgo a la calle porque la situación se agrava y hay que decir basta. Se habla mucho de la islamofobia pero como judía siento que nos estamos acostumbrando a vivir con un antisemitismo insoportable”, le dijo a Télam Elise, parisina de 24 años, tratando de hacer equilibrio con sus tacos entre la multitud.

Pese a la veintena de actos de violencia en centros de culto musulmán ocurridas en los últimos días, Jamil, de 44 años, se muestra confiado de que son hechos aislados.

“Estúpidos integristas hay en todas las religiones, esto va a pasar porque este es un país laico, quizás más laicos con algunas religiones que otras, pero ese es otro tema”, lanzó Jamil, con una pegatina en su espalda: “Keep calm. I’m Muslim not a terrorist” (Mantenga la calma. Soy musulman no un terrorista).

“Soy musulmán, pero a la francesa”, respondió con una sonrisa Abdel y reconoció que “no necesito hacer mis cinco plegarias diarias o no fumar para ser un buen creyente”.

“Debemos cuidar el lugar que tenemos, donde el respeto a la creencia del otro es lo más importante”, agregó, mientras sostenía un afiche que denuncia los constantes ataques y secuestros masivos de la milicia islamista extremista de Nigeria, Boko Haram.

El treintañero Jacques, con su kipá y una fotocopia en blanco y negro pegada en su campera deportiva con la inscripción: “Soy judío. Soy musulmán. Soy todo el mundo”.

El primer ministro Manuel Valls consideró ayer que “habrá un antes y un después” del atentado más violento en Francia en los últimos 50 años.

“Coincido con Valls, habrá un antes y un después, pero no me da miedo. Soy una optimista”, expresó la profesora universitaria María Josefina, colombiana radicada desde hace 40 años en Francia.

A diferencia de los primeros días posteriores al atentado contra el semanario satírico, cuando el clima era sombrío en las movilizaciones, esta vez la multitud que tomó la capital francesa lo hizo cantando la Marsellesa, al grito de “Charlie, Charlie” y “libertad de expresión” y con breves raptos de aplausos que contagiaban incluso a los más serios y parcos.

“Fueron días de mucha emoción. Este atentado no es el primero, hubo varios hechos extraños en diciembre que el gobierno endilgó a desequilibrados, pero este es el primer atentado contra la libertad de expresión, contra el corazón mismo de nuestras instituciones”, añadió.

“Desde el momento del atentado me sentí absolutamente implicada, agraviada y con ganas de manifestar claramente mi oposición, algo que no hago muy a menudo. Para defender todo los derechos adquiridos: Prohibido prohibir, el derecho a blasfemar, la libertad de opinión”, prosiguió subiendo el tono entre bogotano y francés.

“Abajo la muerte”, pudo leerse en una gran banderola de un grupo de artistas latinos y franceses desplegaron detrás de una marioneta de La Marianne, la mujer que simboliza a la República francesa, con los ojos vendados y el rostro ensangrentado.

“Es un día histórico. Me conmueve que Europa entera se movilice, tengo la impresión de que por primera vez, aunque sea en el dolor, estamos todos juntos”, manifestó Delphine, incómoda por la lentitud con que avanzaba la marcha.

Con las calles cortadas al tránsito y como la enorme afluencia obligó a cerrar más estaciones de subte que lo previsto, las arterias de todo el noreste de la ciudad se transformaron en peatonales, sorprendiendo a los pocos desprevenidos.

La desconcentración de la marcha colapsó el transporte y todos los bares de los alrededores de la plaza de La Nación, pero en un clima más festivo que el silencioso inicio de la manifestación.

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