Una novela gráfica inspirada en el secuestro impune de Marita Verón
Una compleja trama de poder es develada entre la melodía del lenguaje y los tonos de los dibujos.
A lo largo de los diez meses que duró el juicio oral por el secuestro y desaparición de Marita Verón el año pasado, 130 testigos declararon ante el tribunal, varios de ellos mujeres de identidad reservada que habían sido víctimas de la trata de personas. Los jueces desestimaron estos testimonios y absolvieron a los 13 acusados. Cuando el lenguaje jurídico se utiliza como una bruma de tecnicismos para encubrir la verdad, es la sociedad la que expresa con claridad su repudio. También lo hace el arte. Esta es una de las miradas posibles para abordar la lectura de Beya (le viste la cara a Dios), la primera novela gráfica que edita Eterna Cadencia, con textos de Gabriela Cabezón Cámara y dibujos de Iñaki Echeverría.
Gabriela e Iñaki despliegan el infierno de una mujer secuestrada en la calle, despojada de su identidad y puesta al servicio de un proxeneta en un prostíbulo de Lanús. “Después de meses sin ver / más cielo que el cielo raso (…) después de ser sólo puta / más de quince horas por día / en menú del burdel / la mesa tan amigable / el vino, el pan y la carne / y volver a ver las estrellas / no fue felicidad / los chistes en la comida / que te ofrezcan una silla / y que te pasen la sal / te hicieron sentir un monstruo / y entendiste lo que viste / en los cielos del Señor”, escribe Gabriela en un tramo, donde la protagonista –dibujada en esa secuencia con los ojos en blanco, como una chica zombi, con el alma arrancada lentamente, de a jirones– deja de resistirse a las vejaciones mientras planea su venganza. El relato tampoco se priva de señalar la connivencia entre clientes provenientes de la justicia, la política e inclusive el clero como la trama imprescindible para la continuidad de la explotación.
Beya está escrita casi en su totalidad en segunda persona y, lo que es más singular aún, a través de octosílabos. “Es la métrica más popular en castellano, la de la cumbia, la del romancero, la de casi toda la gauchesca”, explica Gabriela a Tiempo. También, agrega, era la base musical de Le viste la cara a Dios –publicada en 2011 como ebook por Sigue leyendo en Barcelona y en papel por La Isla de la Luna, de Buenos Aires, el año pasado–, que sirvió de punto de partida para la nueva novela gráfica. Sin embargo, en Beya la métrica es base “pero también melodía, porque es la música del texto. Quería que tuviera una música popular, que lo que te está diciendo entre cómo te podría entrar una cumbia, así de directo.”
El trabajo junto a Iñaki Echeverría comenzó tras un proyecto conjunto donde también participaron Leonardo Oyola, Alejandra Zina, Leandro Avalos Blacha, Oscar Fariña, José María Marcos y Esteban Castromán, con la idea de armar un volumen de cómics hechos en colaboración entre escritores y dibujantes, aún inédito.
Iñaki Echeverría, cuyos dibujos aparecen en la revista Fierro, señala que el desafío fue encontrar la atmósfera de un relato que, sí, es una sucesión de hechos “pero también una sucesión de climas”. “Es que la idea ante un tema tan difícil era no caer en lo obvio. No hacía falta mostrar un maltrato constante, sino intentar meterse en la psiquis del personaje, y buscar sus refugios para encontrar diferentes planos de lectura”, explica.
De la sordidez de Beya reducida a esclava a su conversión en dominatrix (para demostrar que de Durmiente no tiene nada), Iñaki propuso una sucesión de imágenes en blanco y negro, que dialogan con la iconografía cristiana (y popular) de vírgenes, espinas, rosas y estigmas sangrantes, junto a otras donde la protagonista se adueña de una sensualidad rabiosa como estrategia para vencer a sus enemigos.
Gabriela cuenta que se interesó por esta problemática cuando Susana Trimarco comenzó a denunciar las redes de prostitución, luego de que su hija Marita fuera secuestrada, el 3 de abril de 2002. “Creo que no lo sabía antes o no le había prestado atención. Pero así me enteré de que no era un tema de principios del siglo XX, si no completamente contemporáneo. Esa mezcla de esclavitud con tortura constante, me llevó a asociar la trata con los campos de concentración y con las desapariciones de la dictadura”. También con “esta forma ‘industrial’ de producción de dinero, que tiene como materia y como descarte a personas, a mujeres, casi a la vista y con la tolerancia de buena parte de la sociedad”, agrega.
Gabriela e Iñaki despliegan el infierno de una mujer secuestrada en la calle, despojada de su identidad y puesta al servicio de un proxeneta en un prostíbulo de Lanús. “Después de meses sin ver / más cielo que el cielo raso (…) después de ser sólo puta / más de quince horas por día / en menú del burdel / la mesa tan amigable / el vino, el pan y la carne / y volver a ver las estrellas / no fue felicidad / los chistes en la comida / que te ofrezcan una silla / y que te pasen la sal / te hicieron sentir un monstruo / y entendiste lo que viste / en los cielos del Señor”, escribe Gabriela en un tramo, donde la protagonista –dibujada en esa secuencia con los ojos en blanco, como una chica zombi, con el alma arrancada lentamente, de a jirones– deja de resistirse a las vejaciones mientras planea su venganza. El relato tampoco se priva de señalar la connivencia entre clientes provenientes de la justicia, la política e inclusive el clero como la trama imprescindible para la continuidad de la explotación.
Beya está escrita casi en su totalidad en segunda persona y, lo que es más singular aún, a través de octosílabos. “Es la métrica más popular en castellano, la de la cumbia, la del romancero, la de casi toda la gauchesca”, explica Gabriela a Tiempo. También, agrega, era la base musical de Le viste la cara a Dios –publicada en 2011 como ebook por Sigue leyendo en Barcelona y en papel por La Isla de la Luna, de Buenos Aires, el año pasado–, que sirvió de punto de partida para la nueva novela gráfica. Sin embargo, en Beya la métrica es base “pero también melodía, porque es la música del texto. Quería que tuviera una música popular, que lo que te está diciendo entre cómo te podría entrar una cumbia, así de directo.”
El trabajo junto a Iñaki Echeverría comenzó tras un proyecto conjunto donde también participaron Leonardo Oyola, Alejandra Zina, Leandro Avalos Blacha, Oscar Fariña, José María Marcos y Esteban Castromán, con la idea de armar un volumen de cómics hechos en colaboración entre escritores y dibujantes, aún inédito.
Iñaki Echeverría, cuyos dibujos aparecen en la revista Fierro, señala que el desafío fue encontrar la atmósfera de un relato que, sí, es una sucesión de hechos “pero también una sucesión de climas”. “Es que la idea ante un tema tan difícil era no caer en lo obvio. No hacía falta mostrar un maltrato constante, sino intentar meterse en la psiquis del personaje, y buscar sus refugios para encontrar diferentes planos de lectura”, explica.
De la sordidez de Beya reducida a esclava a su conversión en dominatrix (para demostrar que de Durmiente no tiene nada), Iñaki propuso una sucesión de imágenes en blanco y negro, que dialogan con la iconografía cristiana (y popular) de vírgenes, espinas, rosas y estigmas sangrantes, junto a otras donde la protagonista se adueña de una sensualidad rabiosa como estrategia para vencer a sus enemigos.
Gabriela cuenta que se interesó por esta problemática cuando Susana Trimarco comenzó a denunciar las redes de prostitución, luego de que su hija Marita fuera secuestrada, el 3 de abril de 2002. “Creo que no lo sabía antes o no le había prestado atención. Pero así me enteré de que no era un tema de principios del siglo XX, si no completamente contemporáneo. Esa mezcla de esclavitud con tortura constante, me llevó a asociar la trata con los campos de concentración y con las desapariciones de la dictadura”. También con “esta forma ‘industrial’ de producción de dinero, que tiene como materia y como descarte a personas, a mujeres, casi a la vista y con la tolerancia de buena parte de la sociedad”, agrega.
