Vera Fogwill publica su primera novela: “Buenos, limpios & lindos”
Editada por Seix Barral, la novela es un panóptico de vidas que se acabarán, una trama armada arquitectónicamente que transita por la crueldad, la emoción, la angustia y la euforia.
Seis personajes y una narradora omnisciente se cruzarán en el rompecabezas de la cotidianeidad hasta el próximo martes, el día que morirán, resume “Buenos, limpios & lindos”, la primera novela de Vera Fogwill, que hila múltiples voces para repensar la existencia humana y digerir un mundo que se oscurece día a día.
Raymundo, que a los 90 años busca el amor; una joven musulmana convencida de sí misma y de sus valores; Jonathan, un chico acorralado por su padre; una geóloga perseguida por el pánico; Diosnel, un hombre enano que vende la fórmula del éxito y Nadia, una adolescente que odia a su nariz tanto como a su origen,  articulan sin saber sus deseos, obsesiones, ideologías y miedos.
Los retazos de vidas y relaciones y un futuro sin salida serán seguidos en tiempo y espacio por una heroína narradora -madre, empleada en el registro de defunciones, fanática de Gustavo Cerati- que permanece en un estado comatoso, pero a la vez lúcido, que le permite ir más allá, cuestionar la vida (el sentido), pensar en la muerte y ponerle valor a lo que importa.
“Buenos, limpios & lindos” (Seix Barral), contracara local de la comedia negra de Ettore Scola, “para ensombrecerla mejor”, dirá Alan Pauls, es un panóptico de vidas que se acabarán, una trama armada arquitectónicamente que transita por la crueldad, la emoción, la angustia y la euforia para llegar a un lugar -¿la muerte?- y a un por qué, mientras se impone como una suerte de manifiesto autoral para decir “lo no dicho”.
Vera Fogwill (Buenos Aires, 1972) dice que esta es su primera novela que saca a la luz, pero -aclara para los que no saben- ella escribe “desde los 16 años”. Es guionista, vive de eso, es madre y actriz, lo que hace que su rostro sea familiar. Y desde que tiene uso de la palabra escrita, es escritora.
Embarcada en una estructura narrativa “que fue un desafío”, Vera craneó esta novela “en capas” ocho años atrás, incluyó datos precisos –como que en Argentina mueren unas 305.000 personas al año-, investigó a fondo sobre el mundo musulmán, agregó cientos de referencias culturales e incluso consultó desde el I-Ching hasta seminarios magistrales sobre cómo aprovechar el tiempo.
La muerte es el punto de partida narrativo. “No quería que al final te quedes con la muerte, sino que empieces con esa situación estrangulante. A partir de ahí hay una apertura para ver vidas desde otra óptica. El lugar de ‘no estar’ permite una distancia y otra mirada. Va a pasar esto y te voy a contar cómo se llegó”.
La ficción refleja el hecho de “vivir en una sociedad de riesgo. Es una casualidad que estemos vivos, hay desde enfermedades, riesgos o lo inexplicable. Hay gente que no se plantea esto y hay otros que estamos permanentemente pensándolo, somos temerosos, quizás porque hay cierta conciencia. Lo que más me interesa en el campo de la creación es repensar estas cuestiones”.
Ni `cool`, ni introspectiva, ni erótica, ni de moda. Vera Fogwill es visceral en su novela, es “políticamente incorrecta” y es en el momento de la vergüenza del papelón donde se detiene y dice: “sé que está bueno lo que estoy haciendo”.