Ya no usa el apellido de su padre abusador

J.S. nació el 23 de junio de 1985 y cuando apenas tenía 3 años comenzó a ser abusada por su propio padre.

La carga de portar el apellido de quien la abusó desde que tenía tres años encontró alivio el día que finalmente logró quitárselo para dejar, como único, el apellido materno. Fue el 23 de julio de 2016 cuando la Justicia Civil de la Ciudad de Buenos Aires giró los documentos al Registro Civil de Comodoro Rivadavia para que la inscriba con la identidad que ella eligió. La Justicia Penal tomó conocimiento del caso en 1997, cuando acompañada por su madre radicaron la denuncia, pero la inacción condujo a la impunidad.

J.S. nació el 23 de junio de 1985 y cuando apenas tenía 3 años comenzó a ser abusada por su propio padre. Su mamá trabajaba en YPF y era la sostén de familia, mientras que él se quedaba en la casa la mayor parte del tiempo.

Sus padres se separaron cuando ella tenía 5 años, aunque de vez en cuando él venía a Comodoro Rivadavia a visitarlas y se quedaba en su casa, donde repetía los abusos que aquella criatura no terminó de comprender hasta que tuvo 9 y sintió que aquello que le hacía estaba muy mal.

El peso de ese secreto que la obligó a mantener con una autoridad atemorizante se lo sacó, en parte, el día que lo pudo contar. En la escuela había salido abanderada y a tamaña ceremonia familiar asistiría el monstruo que la acechó desde la más temprana niñez. Ella estaba en el umbral de la pubertad y sabía que si las mujeres menstruaban podían quedar embarazadas y ello la aterró.

A su madre, J.S. le confesó todo y afortunadamente ella no dudó de la palabra de su hija. La contuvo y protegió y en setiembre de 1997 fueron juntas a radicar la denuncia. Las atendieron un médico y una psicóloga. A la mamá no le explicaron que podía presentarse en la causa como querellante y el caso quedó en un cajón durante unos 4 años.

Una noche de 2001, a las 00:30, llegó un policía a su casa llevándole una citación para que se presentara a declarar, pero no la dejaron contar lo que se acordaba, ya que la limitaron a responder preguntas direccionadas y su declaración quedó distorsionada.

En definitiva, la investigación nunca prosperó, el culpable jamás fue llevado a la justicia y el caso quedó impune.

LA CARGA DEL APELLIDO

Llevar el apellido paterno siempre fue una carga para ella porque la avergonzaba y no quería ser reconocida socialmente como su hija, por lo que inició un largo recorrido para sacárselo. Se reunió con mucha gente que lo único que hizo fue desalentarla y alguien que la atendió en el Ministerio de Justicia le recomendó que hiciera un escrache por Facebook, asegurándole que era la única solución posible.

Pero ella siguió buscando el camino hasta que finalmente logró su cometido y llegó ese día.

El 23 de julio de 2016, el defensor Marcelo Flavio Gaeta, del Ministerio Público de la Defensa N°2 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), le mandó los documentos al director del Registro Civil de Comodoro Rivadavia para que la inscribiera con el nombre y apellido que ella eligió, por orden del Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil Nº 83, subrogado por el juez Gustavo Eduardo Noya.

“Cuando me avisaron pegué un grito gigante. Mi marido se asustó. Vino corriendo y le dije ‘ya se terminó todo, me dijeron que sí’. Yo pensé que íbamos a tener que apelar y que iba a ser muy largo. Fue muy liberador cuando fui con el oficio al Registro Civil y lo presenté; me sacaron de nuevo la foto para hacerme el DNI y el pasaporte. Fue increíble realmente”, le contó la protagonista a la periodista de Página 12 que vino hasta Comodoro Rivadavia para entrevistarla y contar su historia.

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