Hace tres años, tres artistas decidieron dejar de esperar un lugar dentro del circuito y crear el suyo. La novena edición de Bien del Sur encuentra a aquel impulso convertido en una red de artistas, curadores y gestores que ya trasciende el formato expositivo para consolidarse como uno de los espacios colectivos más activos de la producción visual patagónica.
La carpeta era sencilla. Adentro había reproducciones de obras, una idea todavía sin antecedentes y el entusiasmo de tres artistas que compartían una misma inquietud. Martina Acevedo, Agustina Vázquez y Luz Ojeda la llevaron hasta la entonces Casa de Comodoro Rivadavia, en el barrio porteño de Recoleta, con la intención de presentar una muestra que les permitiera exhibir sus trabajos junto a otros artistas patagónicos. La propuesta encontró un espacio donde desarrollarse y, sin que nadie pudiera preverlo, también dio origen a Bien del Sur. Tres años después, aquel proyecto celebra su novena edición convertido en un movimiento que reúne artistas, gestores, curadores y públicos alrededor de una escena construida desde la Patagonia.
Las tres habían llegado a Buenos Aires para estudiar y desarrollar su trabajo como artistas. Compartían el desarraigo, las dificultades para ingresar al circuito de las artes visuales y una misma pregunta: cómo generar un espacio donde la producción patagónica pudiera encontrarse y circular.
"Bien del Sur nace desde una necesidad colectiva de conectar con la comunidad patagónica en Buenos Aires", recuerda Martina Acevedo en comunicación con El Patagónico. "Era un arte atravesado por nuestras vivencias en relación al territorio, el crecer en el sur argentino, el irse, la melancolía del estar lejos". Ese recorrido también las enfrentó a una escena artística donde acceder a espacios de exhibición resultaba complejo para quienes recién comenzaban.
Agustina Vázquez amplía esa imagen. "Sentíamos que en la Patagonia había muchísima producción artística, mucha sensibilidad y muchas voces con algo para decir, pero no siempre existían los espacios suficientes para mostrarse, circular o encontrarse”. A partir de esa constatación nació la idea de construir "una plataforma autogestiva para dar visibilidad, acompañar procesos y construir comunidad desde el sur".
La primera inauguración estuvo atravesada por la incertidumbre. Las organizadoras no sabían cuántas personas asistirían ni cuál sería la recepción de una propuesta que todavía no tenía historia. Lo que encontraron del otro lado fue una comunidad que también parecía estar esperando ese encuentro.
"Recuerdo el nerviosismo de las tres. El no saber si a alguien le interesaría, si vendría gente. La emoción que nos abatió al ver la sala llena es algo que nunca voy a olvidarme", cuenta Acevedo. Aquella tarde, dice, comenzaron a aparecer artistas, personas que nunca habían expuesto y visitantes que encontraron en la muestra un espacio de pertenencia. "Ese día nos fuimos convencidas de que debíamos desarrollar un espacio que no era individualista, sino que pertenecía a todo quien quisiera formar parte".
Vázquez complementa ese recuerdo. "La primera edición fue muy intuitiva, muy de hacer con lo que había, con muchas ganas y con mucho trabajo colectivo”. El proyecto todavía no tenía certezas sobre su continuidad, pero cada edición fue fortaleciendo una estructura que terminó extendiéndose mucho más allá del grupo fundador.
Ese crecimiento también puede leerse a través de los propios hitos del proyecto. Acevedo recuerda especialmente la llegada al Centro Cultural de Rada Tilly, una experiencia que les permitió trabajar con otro nivel de montaje y comprobar hasta dónde podía desarrollarse una propuesta impulsada íntegramente por artistas. A esa instancia se sumó luego la participación de referentes como Adriana Vázquez y José Luis Tuñón, un diálogo que, según sostiene, terminó de consolidar a Bien del Sur como un espacio donde conviven distintas generaciones y trayectorias.
Con cada edición también se amplió el mapa. A los primeros artistas de Comodoro Rivadavia y Rada Tilly comenzaron a sumarse creadores de Caleta Olivia, Esquel, Bariloche y otras localidades patagónicas. La incorporación de nuevas voces modificó la propia idea de territorio sobre la que se había apoyado el proyecto.
"Bien del Sur fue comprendiendo que no existe una única Patagonia, sino muchas Patagonias posibles", afirma Acevedo. "Cada artista, cada espacio y cada territorio que se suma amplía esa conversación y nos invita a seguir investigando las múltiples voces sureñas".
EL MOMENTO EN QUE BIEN DEL SUR EMPEZO A CRECER POR FUERA DE LAS SALAS
Las primeras ediciones construyeron algo que fue creciendo al mismo ritmo que la muestra. Artistas que se conocían durante las inauguraciones siguieron trabajando juntos, comenzaron a aparecer colaboraciones entre distintas disciplinas, nuevos espacios se acercaron para formar parte del proyecto y el público empezó a esperar cada convocatoria. Edición tras edición, Bien del Sur amplió su alcance hasta reunir una comunidad que excedió el tiempo de cada exposición.
Para Martina Acevedo, esa fue una de las primeras señales de que el proyecto había adquirido otra dimensión. "Creo que Bien del Sur se transformó en un movimiento en el momento en el que el espectador comenzó a preguntar cuándo sería la siguiente”. A partir de entonces, cada inauguración también se convirtió en un punto de reunión para patagónicos que vivían en Buenos Aires y encontraban allí un espacio para compartir experiencias, reencontrarse y conversar sobre un origen común. "Bien del Sur dejó de ser una exposición para convertirse en un movimiento construido por todas las personas que decidieron hacerlo propio”.
8va Edición realizada en el Centro Cultural Rada Tilly.
Juana Rollán, integrante del proyecto, también ubica ese cambio en el tiempo. Para ella, Bien del Sur encontró otra dimensión cuando los vínculos empezaron a extenderse más allá de cada inauguración.
"Un movimiento nunca es un hecho aislado. No empieza ni termina cuando se monta o se desmonta una muestra", reflexiona. "Con el tiempo entendimos que lo que construíamos no terminaba al cerrar las puertas de una exposición. Los vínculos continuaban, los proyectos se multiplicaban, las conversaciones encontraban nuevos cauces y las redes seguían expandiéndose". Para Rollán, ese proceso terminó por convertir a Bien del Sur en "un territorio vivo", un entramado de relaciones que continúa creciendo con cada persona que decide habitarlo.
La construcción de esa comunidad ocupa un lugar central en los testimonios de quienes impulsan el proyecto. Agustina Vázquez sostiene que uno de los mayores logros de estos tres años fue comprobar que las relaciones generadas alrededor de cada edición continuaban mucho después de que las obras abandonaran la sala.
"Artistas que se conocieron en una edición y después siguieron en contacto, colaboraciones, cruces entre disciplinas, amistades y recomendaciones. Para nosotras eso es una parte fundamental del proyecto: que la muestra no termine el día de la inauguración, sino que deje una red activa".
Ese entramado también fue modificando la manera en que el grupo entiende la gestión cultural. Rollán asegura que el principal aprendizaje consistió en comprender que organizar una muestra implica mucho más que resolver aspectos técnicos.
"Aprendimos que sostener un proyecto colectivo es, ante todo, aprender a hacer lugar. Hacer lugar a la diferencia, a los tiempos de cada une y a las múltiples formas de crear”. La gestión, agrega, consiste en "cuidar las condiciones para que algo pueda suceder", entendiendo que una exposición también puede convertirse "en una conversación, un refugio y una trama de vínculos que se fortalece con el tiempo".
La noción de territorio atravesó esa evolución. Si en las primeras ediciones predominaba la experiencia del desarraigo de quienes habían dejado la Patagonia para instalarse en Buenos Aires, el concepto fue incorporando nuevos sentidos a medida que se sumaban artistas de distintas ciudades y recorridos.
"Al comienzo el territorio aparecía desde un lugar melancólico", explica Acevedo. "Con el paso de las ediciones adquirió también una dimensión política. Se transformó en una posición desde la cual decidimos mirar el mundo y, particularmente, el circuito artístico porteño". Esa reflexión también cuestiona las representaciones históricas construidas sobre la Patagonia y reivindica la posibilidad de que sean los propios artistas quienes produzcan nuevas narraciones sobre el sur.
8va Edición realizada en el Centro Cultural Rada Tilly.
El curador Joaquín Sánchez Trabol profundiza esa idea desde una perspectiva teórica. A su entender, durante décadas la Patagonia fue interpretada desde los grandes centros culturales, asociada casi exclusivamente al paisaje o al exotismo. Bien del Sur propone otra lectura.
"La propuesta patagónica no va únicamente por representar a la Patagonia, sino por autorrepresentarse, autonarrarse, sin necesidad de que los porteños digan que esto es arte patagónico porque aparece una ballena o un paisaje”. Para Sánchez Trabol, el territorio también está presente en obras que hablan sobre ciudades, identidades, cuerpos, conflictos sociales o disidencias. "Ser de la Patagonia también es una forma de enunciar desde dónde se produce".
Con el paso de las ediciones, el territorio empezó a incorporar nuevos significados dentro del proyecto. Las obras reunieron experiencias vinculadas con la memoria, la identidad, los desplazamientos y las distintas formas de habitar la Patagonia. Esa conversación fue creciendo con cada artista que se incorporó a Bien del Sur y terminó ampliando el horizonte de la propuesta.
TRES AÑOS DESPUES, EL DESAFIO SIGUE SIENDO CONSTRUIR
Cada edición de Bien del Sur demanda meses de trabajo que pocas veces llegan a verse. La producción de las muestras —desde la búsqueda de espacios y la selección de artistas hasta el montaje, la comunicación y el traslado de las obras— forma parte de una tarea sostenida desde la autogestión, una condición que acompañó al proyecto desde sus comienzos y explica buena parte de las decisiones tomadas a lo largo de estos tres años.
"Creo que el mayor desafío de sostener un proyecto autogestivo es, sin dudas, el presupuesto", plantea Martina Acevedo. Recuerda que las primeras muestras fueron gratuitas y que el crecimiento de Bien del Sur incorporó gastos imposibles de absorber únicamente con el trabajo de quienes organizan cada edición. Mantener un espacio abierto y accesible para artistas y público continúa siendo uno de los objetivos centrales del proyecto.
8va Edición realizada en el Centro Cultural Rada Tilly.
Ese esfuerzo también atraviesa el relato de Agustina Vázquez. "Lo sostuvimos con mucho trabajo, deseo y organización colectiva. También con la ayuda de artistas, amigxs, espacios y personas que confiaron en el proyecto". Para ella, la autogestión implicó aprender a administrar recursos, coordinar equipos y construir un espacio capaz de sostenerse en el tiempo sin perder la identidad con la que nació.
La incorporación de una entrada para esta edición forma parte de ese proceso. Juana Rollán explica que la decisión busca garantizar las condiciones materiales de cada muestra y acompañar el crecimiento del proyecto. "Queremos que la contribución económica sea una manera de fortalecer el proyecto", afirma. "Porque creemos que sostener espacios como Bien del Sur también es una forma de defender la posibilidad de seguir encontrándonos, creando comunidad y manteniendo latente el territorio que se construye entre todes".
Mientras el equipo resuelve los desafíos cotidianos de la organización, también proyecta nuevas etapas para Bien del Sur. Joaquín Sánchez Trabol imagina un crecimiento que incluya clínicas para artistas, seminarios, publicaciones, producciones audiovisuales, nuevas alianzas institucionales e incluso una galería dedicada a la producción patagónica. A su entender, el recorrido construido durante estos tres años habilita nuevas formas de circulación para el arte producido desde el sur.
La novena edición abrirá sus puertas el 23 de julio, desde las 19, en El Terzo Posto, en el barrio porteño de Villa Crespo. Allí volverán a encontrarse artistas, gestores y público para celebrar el tercer aniversario de un proyecto que amplió su alcance con cada edición y consolidó una red de trabajo colectivo alrededor del arte patagónico.
Cuando se le pide definir Bien del Sur en una palabra, Sánchez Trabol responde: "Resistencia". Luego explica por qué: "Una resistencia teórica, conceptual, poética, enunciativa y narrativa de la Patagonia". En esa definición conviven el origen del proyecto, la experiencia de quienes lo impulsan y el horizonte que continúa guiando cada nueva edición.
