Don Eduardo siempre te atendía con una sonrisa en El Estudiante
Eduardo Uglessich sigue siendo ese hombre elegante y atento que habitualmente es saludado por casi todos los que lo ven caminando con paso firme, su saco bien planchado y su portafolio en la mano por la San Martín o la Rivadavia. Llegó a esta ciudad el 2 de setiembre de 1953 desde su pueblito, Puerto San Julián, para trabajar en contabilidad. Aquí se quedó, formó familia y atendió durante 40 años la célebre librería El Estudiante, que hasta hace tres años funcionó en Rivadavia y 25 de Mayo.
Don Eduardo hoy tiene 87 años y una rica historia detrás. Es la historia de tantos hombres y mujeres que llegaron a esta ciudad para ver qué pasaba y prosperar. Y aquí se quedaron, colaborando para el crecimiento de la sociedad y en el día a día de ese Comodoro, que pasó a ser un pueblo pujante a una ciudad desbordada por el crecimiento.
No hay nadie que no recuerde el día en que haya llegado a la ciudad, y es lo primero que resalta Eduardo Uglessich. "Llegué el 2 de setiembre de 1953. Vine de San Julián, contratado por la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia (hoy La Anónima) para manejar la contabilidad de la sucursal de Kilómetro 27, Diadema, y luego me trasladaron a Astra", comenta.
Venir desde San Julián a Comodoro era toda una aventura, tanto por el viaje como con lo que se encontraba don Eduardo, que llegó desde sus pagos, que ni siquiera tenían escuela secundaria, y se encontró con un mundo nuevo.

EL BAUTISMO CON BARRO
"La ciudad creció mucho. Cuando yo llegué todas las calles eran de tierra, pero ya pintaba para ser una potencia. Para mí fue un mundo nuevo, tanto que al principio me costó porque, si bien tenía trabajo y me encontré con gente muy buena, extrañaba a mi familia y San Julián. Por suerte no le aflojé", acota.
El primer día del joven de 23 años no fue del todo positivo, ya que tuvo un bautismo de lo que era el Comodoro de aquel entonces. "Me fue a buscar un amigo al micro, luego cenamos y fuimos al cine Coliseo. Cuando terminó la película, como había llovido, no podíamos cruzar la calle porque era todo barro. Ese era el Comodoro de aquel tiempo", rememora.
Luego de estar 9 años en la Sociedad Anónima, renunció para trabajar en Narvaiza y Compañía, la empresa que abastecía de carne a Comodoro, con el matadero que tenía en Kilómetro 12 y cuya oficina estaba en la esquina más simbólica para Uglessich: Rivadavia y 25 de Mayo.
"Por un problema de seguridad en el aeropuerto, a la empresa le dicen que tiene que trasladar el matadero o dejar la actividad. Lamentablemente sucedió eso y cuando José María Narvaiza, uno de los dueños, me comunica la novedad me dice que quería ayudarme porque había demostrado ser un empleado excelente y honesto", recuerda Don Eduardo.
Como siempre, Uglessich le dijo a su ex empleador que no se preocupara, que se arreglaba con algunas contabilidades menores que llevaba y vendiendo seguros, pero Narvaiza insistió y le ofreció poner el negocio que él decidiera en Rivadavia y 25 de Mayo. Ahí nació "El Estudiante".
"Mi capital eran unos 600.000 pesos de aquel entones y un Opel 58, mi autito. Me dice José '¿y vos que negocio pondrías?'. De inmediato le dije librería porque, si bien estaban Suárez, La Unica y Mickey, pensaba que podía ser un buen negocio y servicio para la gente. Evidentemente no me equivoqué porque la librería funcionó durante 40 años", afirma.
La sociedad con Narvaiza, que comenzó en 1960 finalizó en "los setenta y pico, porque José tuvo problemas con otra empresa, y entonces le compré su parte. El Estudiante anduvo muy bien, de hecho pude comprarme mi casa, viajar por todo el país en las vacaciones con la familia. Creo que dejé un buen recuerdo", supone con razón don Eduardo.
Cuatro generaciones pasaron por los mostradores de El Estudiante, donde también había golosinas que Eduardo, cada tanto le regalaba a los niños, billetes de lotería, tabaco para los más grandes y las revistas que, en aquel entonces, era todo un acontecimiento ya que si uno era buen cliente y cuidadoso, se podían leer al paso, si es que no se podían comprar.
"Me dio mucho ese negocio, la gente voy caminando y me saluda. Chicos que vinieron a comprar con sus padres de la mano, luego fueron padres ellos, y abuelos de los nietos, que también pasaron por El Estudiante", destaca don Eduardo, orgulloso y emocionado, pero siempre con una sonrisa.