El Padre Corti, un hombre que descansaba trabajando
Las personas más cercanas a Juan Corti lo recuerdan como un hombre que nunca paraba para descansar. Vivía en una casa humilde a metros de la Escuela Juan XXIII y mantenía una preocupación constante por los docentes de sus colegios. Sinceridad, compañerismo, humildad y respeto fueron sus baluartes. Hasta el último día de su vida continuaba pensando en realizar obras para Comodoro Rivadavia y los más necesitados.
La vida de Juan Corti estuvo marcada por la rutina. Las 4:30 era su horario preferido para levantarse ya que en invierno le permitía prender las calderas del Colegio Juan XXIII para que los estudiantes no pasaran frío y en verano le servía para realizar otras tareas en la institución. Dos horas más tarde recorría las inmediaciones del establecimiento para asegurarse que tanto docentes como alumnos no tuvieran inconvenientes para llegar a clases. Así, se encargaba de pedirles a los vagabundos del barrio que se retiraran del recinto para seguridad de todos.
El Padre tenía la habilidad de encontrar la palabra justa para cualquier tipo de situación y persona. Por esa razón, nadie era capaz de enojarse con él.
Cuando llegaban los niños, se encargaba de saludar a cada uno de ellos para luego dirigirse a las otras escuelas donde también cumplía las mismas acciones. Nada quedaba al azar para el Padre Corti. En su bolsillo siempre llevaba una libreta con todos los compromisos que debía cumplir en cada jornada. Luego de visitar las instituciones, comenzaba el recorrido por los diferentes barrios de esta ciudad donde los vecinos siempre lo recibían con una taza de café.
Una de sus características más notables fue su gran paciencia. Siempre lo demostraba con una frase de cabecera. "Yo no soy ningún personaje, si tengo que esperar voy a esperar", repetía cada vez que algún funcionario no podía atender.
Sus tareas nunca paraban. No había tiempo libre y como él siempre repetía: "el descanso del salesiano es seguir trabajando". Por eso a las 5 de la tarde volvía a la Escuela Juan XXIII para atender todos los asuntos parroquiales hasta las 18 donde se dedicaba a rezar.
Una hora más tarde se dirigía a su despacho para escribir sus memorias, sus planes y proyectos junto con profesionales que brindaban su ayuda desinteresada.
A las 22 era la hora de retirarse y dirigirse a su casa descansar. Su residencia quedaba a metros del establecimiento escolar y la vivienda se caracterizaba por la humildad de sus pertenencias. Solo la cocina, una mesa con cuatro sillas y su cama eran con lo que contaba el Padre para vivir. Sus amigos y vecinos siempre le regalaban cosas para "adornar" su casa, pero nunca pudieron convencerlo que las usara ya que todo lo que recibía se lo entregaba a los que más lo necesitaban.
Las tareas de Juan Corti nunca paraban. No había tiempo de descanso. El Padre siempre tenía algo que hacer. Había veces donde el cuerpo demandaba que tuviera que descansar y muchas veces se quedaba dormido sobre una silla, pero cuando los docentes le iban a pedir que se retirara a descansar, él replicaba: "no, no me dormí, estaba pensado en lo que iba a hacer", recuerdan los trabajadores de la institución.
El sigilo fue una de sus mejores formas de sorprender a quienes no se encontraban trabajando en cualquier institución que él visitara.
"El siempre decía que los docentes tiene que inculcar los valores, no con la palabra sino con el ejemplo", rescata María Nieves Olveira, la directora de la Escuela Juan XXIII y una de las personas más cercanas al sacerdote.
SINCERIDAD
Y DEDICACION
La directora del establecimiento sostiene: "nadie se va a olvidar las reuniones de personal. El hacía dos reuniones de personal en el año. Al comienzo y al final. Era práctico y directo pero sobre todo real. No duraban más de 45 minutos".
Estas reuniones tenían una sola condición: no se podía llegar tarde. "Si era a las 17 y llegabas cinco minutos tarde, te hacía notar que llegabas tarde. Era capaz de parar la reunión para demostrártelo. Por eso si llegás a ir a un acto de las escuelas del Padre ningún docente te va a llegar tarde. Serán las primeras que lleguen y los últimos en irse", destaca Nieves Olveira.
Los docentes siempre fueron una debilidad para el Padre Corti. Eran sus héroes y se consideraba un afortunado por compartir su vida junto a ellos ya que los consideraba como los hacedores del futuro.
Su dedicación y paciencia lo llevaban a escuchar hasta la última persona del mundo. No importaba la edad, ni el motivo ni la hora. "El decía que 'siempre hay que saber escuchar. Hay que saber estar callado para saber qué es lo que le está pasando al otro para poder hacer bien'. El amaba todo lo que era la escuela", destaca la directora.
"El decía que si algo no estaba, siempre había que estar dispuesto a cambiar. Tenía un respeto muy grande hacia todas las autoridades, pero lo mantenía con el último indigente que a las 3 o 4 de la mañana le golpeaban la puerta para pedirle un vaso de agua o un consejo. Siempre abría esa puerta. Nosotros le preguntábamos cómo podía atender a las personas en ese momento y él decía que no importaba el momento porque uno no sabía en qué momento el otro puede estar necesitando de uno", agrega.
"Cuando murió (el 27 de noviembre de 2013 a los 88 años) llegaron condolencias de lugares insólitos. Ex alumnos, gente de todo el mundo se mostró agradecido al Padre. Hoy por hoy considero que fue un regalo de la vida haber compartido tantos años con él", asegura la docente sobre un hombre que se convirtió en símbolo de Comodoro Rivadavia.
El Padre tenía la habilidad de encontrar la palabra justa para cualquier tipo de situación y persona. Por esa razón, nadie era capaz de enojarse con él.
Cuando llegaban los niños, se encargaba de saludar a cada uno de ellos para luego dirigirse a las otras escuelas donde también cumplía las mismas acciones. Nada quedaba al azar para el Padre Corti. En su bolsillo siempre llevaba una libreta con todos los compromisos que debía cumplir en cada jornada. Luego de visitar las instituciones, comenzaba el recorrido por los diferentes barrios de esta ciudad donde los vecinos siempre lo recibían con una taza de café.
Una de sus características más notables fue su gran paciencia. Siempre lo demostraba con una frase de cabecera. "Yo no soy ningún personaje, si tengo que esperar voy a esperar", repetía cada vez que algún funcionario no podía atender.
Sus tareas nunca paraban. No había tiempo libre y como él siempre repetía: "el descanso del salesiano es seguir trabajando". Por eso a las 5 de la tarde volvía a la Escuela Juan XXIII para atender todos los asuntos parroquiales hasta las 18 donde se dedicaba a rezar.
Una hora más tarde se dirigía a su despacho para escribir sus memorias, sus planes y proyectos junto con profesionales que brindaban su ayuda desinteresada.
A las 22 era la hora de retirarse y dirigirse a su casa descansar. Su residencia quedaba a metros del establecimiento escolar y la vivienda se caracterizaba por la humildad de sus pertenencias. Solo la cocina, una mesa con cuatro sillas y su cama eran con lo que contaba el Padre para vivir. Sus amigos y vecinos siempre le regalaban cosas para "adornar" su casa, pero nunca pudieron convencerlo que las usara ya que todo lo que recibía se lo entregaba a los que más lo necesitaban.
Las tareas de Juan Corti nunca paraban. No había tiempo de descanso. El Padre siempre tenía algo que hacer. Había veces donde el cuerpo demandaba que tuviera que descansar y muchas veces se quedaba dormido sobre una silla, pero cuando los docentes le iban a pedir que se retirara a descansar, él replicaba: "no, no me dormí, estaba pensado en lo que iba a hacer", recuerdan los trabajadores de la institución.
El sigilo fue una de sus mejores formas de sorprender a quienes no se encontraban trabajando en cualquier institución que él visitara.
"El siempre decía que los docentes tiene que inculcar los valores, no con la palabra sino con el ejemplo", rescata María Nieves Olveira, la directora de la Escuela Juan XXIII y una de las personas más cercanas al sacerdote.
SINCERIDAD
Y DEDICACION
La directora del establecimiento sostiene: "nadie se va a olvidar las reuniones de personal. El hacía dos reuniones de personal en el año. Al comienzo y al final. Era práctico y directo pero sobre todo real. No duraban más de 45 minutos".
Estas reuniones tenían una sola condición: no se podía llegar tarde. "Si era a las 17 y llegabas cinco minutos tarde, te hacía notar que llegabas tarde. Era capaz de parar la reunión para demostrártelo. Por eso si llegás a ir a un acto de las escuelas del Padre ningún docente te va a llegar tarde. Serán las primeras que lleguen y los últimos en irse", destaca Nieves Olveira.
Los docentes siempre fueron una debilidad para el Padre Corti. Eran sus héroes y se consideraba un afortunado por compartir su vida junto a ellos ya que los consideraba como los hacedores del futuro.
Su dedicación y paciencia lo llevaban a escuchar hasta la última persona del mundo. No importaba la edad, ni el motivo ni la hora. "El decía que 'siempre hay que saber escuchar. Hay que saber estar callado para saber qué es lo que le está pasando al otro para poder hacer bien'. El amaba todo lo que era la escuela", destaca la directora.
"El decía que si algo no estaba, siempre había que estar dispuesto a cambiar. Tenía un respeto muy grande hacia todas las autoridades, pero lo mantenía con el último indigente que a las 3 o 4 de la mañana le golpeaban la puerta para pedirle un vaso de agua o un consejo. Siempre abría esa puerta. Nosotros le preguntábamos cómo podía atender a las personas en ese momento y él decía que no importaba el momento porque uno no sabía en qué momento el otro puede estar necesitando de uno", agrega.
"Cuando murió (el 27 de noviembre de 2013 a los 88 años) llegaron condolencias de lugares insólitos. Ex alumnos, gente de todo el mundo se mostró agradecido al Padre. Hoy por hoy considero que fue un regalo de la vida haber compartido tantos años con él", asegura la docente sobre un hombre que se convirtió en símbolo de Comodoro Rivadavia.
