El cineasta cordobés Rodrigo Guerrero propone en “El tercero”, su segundo largometraje -que se estrena hoy-, el encuentro entre un joven y una pareja de hombres, los tres gays, tras un primer intercambio de señales e imágenes en un chat.
Lo que parece muy elemental va tomando interesantes connotaciones, en especial porque el cineasta, que ya había dado muestras de su talento con esa pintura pueblerina titulada “El invierno de los raros”, esta vez asume el desafío de solamente tres protagonistas.
“Mientras estaba haciendo `El invierno...`(su anterior film) comenzó mi búsqueda de tres actores que pudieran componer estos personajes, y se hicieron castings tanto en Buenos Aires como en Córdoba hasta que encontramos los que necesitábamos”, asegura Guerrero.
“Primero la pareja, Carlos Echevarría y Nicolás Armengol, y finalmente a Emiliano Dionisi, que aparenta ser mucho más joven que los otros, los tres con experiencia, cada uno en lo suyo, y que no se conocían entre sí, algo que ayudó y mucho”, dice.
Según el cineasta “durante el rodaje, que fue inmediato, los tres fueron creciendo con los personajes tal como les ocurre a los protagonistas, que se van abriendo para que el encuentro sea finalmente como lo imaginaban. De allí la naturalidad de todo”.
Es simple, el filme está estructurado en media docena de largos planos, los primeros de unos diez minutos cada uno, que describen dos mundos muy particulares: por un lado el de un joven estudiante que se asoma a su sexualidad y por el otro el de una pareja.
Hay un chat en el que sin mediar un largo diálogo uno se ofrece a compartir con los otros lo que puede ser una noche de cena informal y algo más.
Guerrero trabaja esos largos planos estáticos, los tiene muy bien estudiados, de manera que el encuadre genera esa sensación de estar participando de aquel primer encuentro virtual y poco después el real, en una mesa, con tres copas de vino blanco.
En ese encuentro es donde cada uno se muestra como es, se sincera con temas que tienen que ver con cada uno, haciendo referencias a sus familias, pero también, y hasta con algo de ese humor que surge espontáneo, de su forma de ver la vida.
Es lógico que la meta de los tres, el recién llegado y los dueños de casa es una, y el tema es cómo pasar de una situación a otra, es decir de la cena informal al encuentro sexual, que Guerrero tramita como lo venía haciendo con los episodios iniciales.
En “El tercero”, sus personajes son libres de toda imputación externa y eso los hace realmente completos, es decir acabados y libres, y eso se expresa en la conclusión del joven acerca de un antes y un después.
No es una conclusión escrita, ni dicha, ni mostrada, sino que basta una mirada y una sonrisa en una situación de su vida cotidiana, encuadrada como todas las previas con una cámara fija, que nos deja la sensación de que está satisfecho de ser como es.
Hay en el filme, además, un cuidado trabajo escenográfico (aprovechado en la fotografía), en función de los encuadres, igual que de vestuario, y la escena del encuentro sexual tripartito logra conservar esa misma vitalidad estética, sin caer en excesos.
“El tercero”, tres hombres y el sexo según Rodrigo Guerrero
Lo que parece muy elemental va tomando interesantes connotaciones, en especial porque el cineasta esta vez asume el desafío de solamente tres protagonistas.
