En primera persona: la impaciencia de perder la fecha
Una escapada mental a un recital. Un hombre sube la Rivadavia en bicicleta. Un tipo que perdió ante el narcisismo. Crónica a la espera que mi cabeza no explote esperando que suene el teléfono.

Buenas. Buenas. Llegó el viernes. Lo sé porque escribo esto mientras miró la fecha en mi notebook. Miré tres veces para ver si no me había equivocado. El encierro ya me está jodiendo la cabeza, pero puedo soportarlo. Llevó seis días encerrado sin poder tomar aire. Abro un ratito la ventana para que entre el viento. Nada más. Doy gracias que el dolor de cabeza no dijo presente. Sufro migraña desde tengo siete años y es una tortura cuando decide armar una fiesta de dolor en mi cuerpo.

Por ahora no he tenido síntomas nuevos y la picazón de la garganta comienza a irse. No quiero hacerme muchas ilusiones hasta que suene el teléfono. Nunca estuve tan atento a una llamada. Bueno, creo que sí. Era cuando cursaba en la Universidad y salía los veranos a entregar CV para conseguir trabajo para bancarme los estudios. ¡Que horrible hermosa época! Recuerdo que salía a golpear las puertas después de rendir los finales. Con ese calor pedorro de Comodoro en las fiestas de fin de año. Me ponía camisa y el mejor jean que tenía. Me chivaba todo. Muchas veces tenía que volverme caminando porque en el barrio Industrial, hace diez años atrás, no pasaba tan seguido el colectivo. Llegaba a casa a las 15 cansado de caminar toda la mañana. Me bañaba y me llevaba el teléfono a todos lados conmigo. Con el volumen al tope. Dormía con el teléfono al lado mío, esperando que sonara. Lo miraba a cada rato para ver si por lo menos había un mensaje. Llegaba a estar así por lo menos una semana.

Si no sonaba, volvía a entregar CV. Repetía toda la secuencia hasta que conseguía un trabajo. Creo que todos puestos que tuve en mi vida fueron porque cansé a los recepcionistas o a quienes me recibían mis datos personales plasmado en dos hojas A4. Ahora estoy en esa situación, mirando el teléfono a cada rato y llevándomelo hasta cuando voy a ducharme.

Anoche veía cómo subía un hombre pedaleando por la Rivadavia. No daba más. Apenas subía el último tramo de la avenida. Se le caía el pantalón, pero él le seguía dando. Llevaba los cachetes colorados. Sentí ganas de gritarle algo, pero no lo hice. Al final subió la Rivadavia y paró un ratito a tomar agua mientras los automovilistas le tocaban bocina para que se haga a un costado. “Correte, boludo”, le gritaban. El seguía tomando agua. ¡Que agradable sujeto!, pensé.

La verdad que ese es mi entretenimiento. Ver a la gente ir o venir del Centro. Es bastante psicópata, lo sé, pero me entretiene. También sé que puedo hacer otras cosas, pero me da vagancia. El otro día un amigo de Buenos Aires me propuso hacer un Zoom con compañeros de la secundaria. No le contesté. Sí, soy bastante amargo.

Muero por ver una película en el cine. Cualquiera. No, no me vengan con el autocine. Todo bien con el trabajo de Cultura. Yo me refiero al ritual de ir, sentarte y ver una película en la pantalla gigante. Escuchar como un grupo de boludos se ríen de cosas que no hay que reírse, o como la persona que está a tu lado hace ruido para comer pochoclos o que no sabe tomar gaseosa (no, no se vengan a hacer los puritanos que muchos de ustedes los desespera el ser humano que hace ruido cuando una bebida pasa por su garganta. Lo saben y no lo quieren reconocer). Eso es lo lindo del cine. Aunque cuando vuelva a la normalidad, seguramente buscaré sentarme lejos de esos dos tipos de personajes que nombre anteriormente. Obviamente hay más de esos seres especiales que gastan más de 400 pesos por una entrada para ver un estreno, pero lo dejaremos para otra crónica (¡no vamos a gastar todos los cartuchos de una!).

Anoche tuve una espada mental ¿Cómo que no saben lo que es una escapada mental? Sí, todo el aparato macrista nos intentó convencer, durante cuatro años, que estaba mal irse de vacaciones y que lo mejor era conformarse con trabajar todo el año. Bueno, les explico. Una escapada mental es apelar a tu imaginación. Pensar que estas en otro lugar, pero en realidad estás en tu casa. Sí, es lo que vamos a tener que hacer este verano, el que le sigue y el que le sigue al que sigue porque la economía está para atrás (Che, pará ¿esta crónica está tirando una primicia? ¿En qué clase de gorila anti gobierno popular y nacional me he convertido? Es al revés, pero me da vagancia borrarlo y escribirlo de nuevo).

Bueno, la cosa es que tuve una escapada mental. Flasheaba (sí, escribimos flasheaba sin flashear porque eso es tener un flash sino ¿qué gracia tendría decir uno flashea por la vida?) que estaba en un recital y que compraba un café. (Sí, soy la única persona en el mundo que compra un café en un recital. Eso marca que mi nivel de caretaje, cheto, anticumbia y zurdo con OSDE va creciendo acorde a mis años). La cosa es que debía irme del predio porque tenía ganas de ir al baño y no justamente para orinar. Ustedes dirán: “bueno, pero andá detrás de un árbol”. Pero no podía porque había muchos guardias. Así que decido correr, pero no puedo. Si camino muy rápido, siento que me voy a hacer encima. Entonces camino lento y voy haciendo pausas. Después de media hora interminable salgo del predio. Busco una estación de servicio. Todas cerradas. Decido volver a donde me estaba hospedando, pero la dueña dejó todo cerrado. ¿Justo ese día deja todo cerrado? Sí, justo en ese momento estaba todo cerrado.

¿Cuál era mi única solución? Saltar el cerco. Tengo dudas. Si salto el cerco me pueden denunciar y llevarme preso en una localidad que no es Comodoro (Sí, mi escapada mental era en otra localidad). Pero mi cuerpo me lo pedía. Decido saltar. Me digo a mí mismo que podía. Escalo. Parezco Spiderman solo que hay un problema: le tengo miedo a las alturas. Tardó como hora en pasar un pie de un lado a otro. Tengo un sudor frío por el cuerpo. Cuando agarro entusiasmo para saltar, se me engancha el jean en el cerco. Escucho como se rompe. Logro bajar, pero de los nervios se me fueron las ganas de ir al baño. Me rio. Sonrió. Me divierto. Hubiera sido una buena historia para inventar, lástima que realmente pasó hace dos años en San Isidro.

Disculpen que hoy estoy muy narcisista. Pero si escribiera sobre lo que hago en mi encierro todo entraría en una oración y lo que se busca es entretenerlo. Ahora los dejo. Voy a servirme un poco de gaseosa e intentar mirar una película. Aunque no creo que lo haga. Solamente lo escribo para parecer interesante.

Nos vemos mañana.