Cada 2 de abril “siempre es una fecha difícil, por toda la carga emocional que conlleva”, le dijo Larenas a Jornada. Desde su óptica, “los políticos siempre tratan de usarnos, aunque el peor es el Presidente, quien entregó hasta el ARA San Juan. Para los ingleses debe ser un orgullo haber dado de baja la mejor herramienta que teníamos para hacerles frente”.
Las memorias de aquellos días tampoco son las mejores: “El 1° de mayo falleció un compañero a 20 metros de mi posición, estaba de guardia y lo agarró el bombardeo, le cortó las piernas”, detalló Larenas.
Como miles de jóvenes que fueron obligados a ir al frente en una tierra hostil que nadie conocía, a su regreso, derrotados, dolidos y con las consecuencias irreversibles que deja toda guerra, no solo no recibieron ningún reconocimiento sino que sufrieron persecuciones y la indiferencia de sus propios vecinos como el peor de los castigos.
“Hablar por hablar es gratis, por eso la incertidumbre de la familia y los amigos en la vuelta. Siempre aparece el chimento mal intencionado, se decía que yo tenía una pierna cortada, una mano, no tengo el mejor recuerdo de esta comunidad”, graficó.
POLEMICA
Raúl Larenas se jubiló como portero de la Escuela 734 “Cóndor Andino” y hoy su casa en El Pedregoso es un faro para sus amigos combatientes de todo el país.
Tampoco está de acuerdo con el reclamo de los soldados movilizados en el continente que exigen una pensión: “Quizás tiene más derechos la clase ’59, que estuvo movilizada en la frontera por el conflicto con Chile; o nuestra propia familia, que sufrió más que ellos”.
Integró una compañía de 700 soldados y permaneció 75 días en Malvinas. Las relaciones entre el grupo y su jefe no fueron buenas desde el inicio: “Tuvimos problemas con el cabo, que era cordobés, tenía menos instrucción que nosotros. El tipo tiritaba de miedo”.
En su caso, dijo que engordó 10 kilos: “Siempre había cerca algún animalito y un día hasta nos dimos el lujo de festejar el cumpleaños de un compañero. Me acuerdo que el homenajeado venía con un cordero al hombro y en ese momento pasó un bombardero cerca del simulacro que habíamos armado para despistar. Como sufría de epilepsia le dio un ataque, igual no se escapó el bichito, ya que detrás venían otros patagónicos ligeros”.
SECUELAS
A fines de abril, Argentina ya había colocado más de diez mil hombres en el teatro del conflicto, aunque la gran mayoría eran reclutas mal entrenados. No obstante se trataba de ocupar todos los espacios disponibles.
“Nos jugaba en contra la llovizna, era una posición angosta y larga en un risco –explicó sobre el campamento-. Tenía una abertura de 70 centímetros y nos poníamos espalda con espalda para dormir sentados. Abajo, un lienzo mojado y piedras, todavía sufro de la columna por esa situación. Aunque uno, por ser de la cordillera, sabe desempeñarse mejor, agarrar una pala, hacer un techo”.
“Nosotros y la aviación éramos los peones del Ejército –agregó-. Los soldados que se jodan en el campo, pero los oficiales cuando iban al pueblo asaltaban negocios, chupaban whisky, afanaban grabadores. La comida de ellos la preparaban en el pueblo y la llevaban en un Land Rover a toda velocidad… Aunque en la olla llegaba menos de la mitad allá arriba. De los 75 días que estuvimos nunca comimos pan, sabiendo que nos mandaban desde Río Grande; parece que el Ejército se lo dejaba para ellos”.
