El refrán dice que la fe mueve montañas. Ellos lo demuestran día a día con sus acciones que sorprenden a quienes viven en la civilización que impone el sistema de vida en el siglo XXI. Lejos de las tecnologías, los hábitos de la sociedad capitalista y las ropas de marca, hay una comunidad que crece lentamente en la Patagonia. Son los musulmanes, quienes en la actualidad cuentan con una mezquita, la más austral del mundo, donde vive su guía espiritual más cercano: el sheik sufí Abdul Rauf Felpete.
En abril, Felpete llegó a Comodoro Rivadavia para realizar una celebración Rabbani de la orden Naqshbandi en el Centro Cultural, hecho que se repetirá mañana en el mismo sitio. Previo al encuentro del credo, donde también se invitó a personas pertenecientes a otras religiones, brindó una conferencia de prensa. Allí estuvo presente Diario Patagónico. Meses después llegó una invitación para conocer de cerca esta religión y ser testigo del estilo de vida que llevan, fundamentalista y ortodoxo, pero fiel a lo que dicta la religión, alejado de discursos que sólo quedan en palabras, sin responder a acciones.
UNA RELIGION DIFERENTE
El pasado viernes 7 un periodista de este medio viajó a El Bolsón, junto a Kamaludim Lacalle, más conocido como “Kuquy”, y Halima (Elisa Jaime). En total fueron 752 kilómetros por la ruta 40. El viaje fue largo, pero interesante, conociendo este credo que está lejos de las doctrinas del catolicismo, evangelistas y testigos de Jehová.
Desde el inicio, las charlas fueron sobre religión, los comienzos, sus historias y el sentido que tuvo esta transformación para ellos. Es que a diferencia de lo que piensan algunos, los musulmanes de la Patagonia son personas que buscaban un camino espiritual, muchos de ellos antes vinculados al catolicismo, y lejos de cualquier descendencia árabe.
“Kuquy” es conocido en Comodoro por su trabajo en el periodismo, actualmente en Radio Universidad. El hombre siempre llevó una vida liberal, vinculada al teatro y disfrutando de los placeres del vino y otras sustancias. Hoy su vida está lejos de ese pasado. Los musulmanes no beben alcohol, no fuman y tampoco consumen drogas de ningún tipo ya que estas contaminan su cuerpo, el cual ellos deben cuidar por ser mandato de Alá.
Según cuenta, su vínculo con el islam surgió por un video. “Estaban vendiendo películas de una casa de videos que cerraba y yo quería donar algunos a los asilos. Compré un montón y las dejé en mi casa. Un día encontré una que me llamó la atención y la separé. Era ‘El mensaje’. Las otras películas las regale, me mudé de casa hasta que un día la vi. Cuando terminó no podía parar de llorar, ese día supe que era musulmán”, contó.
El proceso de cambio fue más largo que el descubrimiento. Una actividad el sheik sufí Abdul Rauf Felpete en Comodoro le permitió encontrarse con él y comenzar a descubrir este credo, donde las mujeres usan turbantes para no mostrar su piel y los hombres kufi, un gorro corto sobre su cabeza.
Quienes practican el islam son fervientes devotos. Cada día deben rezar cinco veces. A diferencia del catolicismo y otros credos, su oración es en constante movimiento. No se trata de bailar, sino de pedir perdón, arrodillándose, tocando la cabeza con el piso y murmurando palabras en árabe, que van dirigidas a Dios.
El ritual es largo, repetitivo, fiel. Cinco veces al día: la primera oración llega con el amanecer, la segunda antes de comer, la tercera por la tarde, la cuarta cuando cae el sol y la última antes de dormir.
CAMBIO DE VIDA
Halima sabe lo que implica convertirse al islam para una mujer, sin embargo está dispuesta a poner en prueba su fe. Ella también es periodista y hace un tiempo fue bautiza por su propia decisión. En el viaje su pelo siempre estuvo suelto, pero a la mañana siguiente al llegar a la mezquita llevó puesto un pañuelo a modo de turbante.
En Mallín habitan varias familias, entre ellas la de Martín Bernal, Abud Matin, quien vive con su mujer, Radia; y sus hijas, Latifa y Sajda, quienes se educan según el Corán. Para ellos la vida allí fue todo un cambio, atrás quedó el comercio en el Pietrobelli y la vida de la ciudad.
“Nuestra esencia no pertenece a este plano, es lo material lo que pertenece a este mundo. Nuestra hija tiene 11 años y va a la escuela, en Comodoro iba con pañuelo, pero no se lo permitían. Acá vivimos más tranquilos y felices”, contó.
Ese sábado las mujeres tuvieron su encuentro, mientras los hombres se reunieron en el patio de Abud Matin. Por la noche, todos fueron a la casa del sheik a cenar, sin embargo, antes hicieron su oración.
En el islam negarse a comer es una ofensa, tener los brazos cruzados cuando se habla significa no tener abierto el corazón y tomar agua es una acción cotidiana al igual que sacarse los zapatos cada vez que se entra a una vivienda. Además, cuando una mujer y un hombre entran a un lugar debe hacerlo primero el hombre, ya que él es quien recibirá toda la energía negativa.
En la mesa se charla de religión, y el sheik es el encargado de servir cada plato, es que él es el anfitrión y debe servir a sus huéspedes. La noche va llegando a su fin. Después de cenar ellos vuelven a rezar, cada uno se irá a su casa y al otro día a la 5 de la mañana volverá a la mezquita para saludar a Alá, y seguir combatiendo el ego, el gran enemigo en su lucha espiritual.
- 17 diciembre 2012