La vida de Cristian pide justicia desde su infancia

Un accidente fatal, un 'trapito' o 'limpia vidrios', fue atropellado por un camión que se dio a la fuga, se trataba de Cristian Soto, de 25 años. Cuando vi su fotografía, reconocí a través de esos grandes y expresivos ojos verdes y mejillas ruborizadas, que se trataba de aquel niño que conocí en el año 2006. En la nota, parte de una vida que pide justicia.

Por: Marianela Reñones

Corría el 2006 cuando conocí a Cristian, él tenía apenas 10 años. Fueron varias charlas las que compartimos, cuando realizaba un trabajo documental para la cátedra Comunicación Audiovisual I de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.

Fueron días de recorrer el barrio Stella Maris y los lugares cercanos, como la playa, caminos y el basural, donde él pasaba sus días. Me señalaba los sitios que frecuentaba y en cada uno de ellos tenía alguna anécdota o historia para contarme.

Llegué a él por una maestra que Cristian había tenido. Por ese entonces había dejado de ir a la escuela y no quería regresar. Su hogar, también inmerso en un mundo de necesidades, no podía dar el cobijo y las atenciones para Cristian, que pasaba horas y días deambulando de acá para allá, sobreviviendo.

La vida de Cristian Soto no fue fácil, ‘la muerte de un trapito’, como se presenta en los titulares parece diluirse en la crónica policial detrás de la concepción de un accidente fatal, sin que esa historia pueda trascender para dar cuenta de un problema estructural que subyace.

La vida de Cristian pide justicia, no desde su accidente, sino desde su primera infancia.

Su rostro no cambió nada al de aquel niño que quedó retratado en el documental “Cristian nos cuenta una historia”, que presenta la problemática de un niño que vive entre su casa materna, la de su tío y el basural de la ciudad, en aquel momento.

Cristian se sabía gran nadador, la vida en la calle y sus peligros, la escuela a la que ya no quería regresar, las historias de gigantes y perros asesinos, el enojo con el barrilete que no quiso volver a volar. Eso era infancia para él y chocaba de frente con los hombres armados que se cruzaba en la calle.

Documental: "Cristian Nos Cuenta su Historia"

Cristian creció en un contexto de necesidades, imposibilitado de acceder a una canasta de alimentos básicos, con privaciones y carencias de todo tipo. La desidia, la indiferencia, es un crimen que mata.

Pasaron 14 años de aquel Cristian que pasaba sus días “sobreviviendo” siendo un niño, hasta que el pasado martes 14 de julio encontró en la calle su trágica muerte, limpiando vidrios, rebuscándosela, como hizo siempre en su vida. Una vida invisible ante los ojos de la sociedad y de un Estado que no supo contener ni apuntalar a ese pequeño que se transformó en un joven de 25 años sin oportunidades y perdido en el círculo de la pobreza y las adicciones.

“LO ÚNICO QUE CAMBIARÍA SERÍA LA INFANCIA DE CRISTIAN”

Cristian, sus diez hermanos y su madre, no tuvieron una vida fácil, todo lo contrario. Bajo una situación de vulnerabilidad económica y social constante y la amenaza del problemático consumo de sustancias y adicciones; para la familia siempre fue “sobrevivir”.

“Cristian no estaba solo, tenía su familia”, remarcan Estela Soto y Natalia Soto, madre y hermana del joven de 25 años.

A Estela y su familia le causa mucho dolor la mirada peyorativa y hasta acusatoria sobre Cristian. “Se murió el trapito, ese pibe andaba todo el día drogado, no le importaba nada, no tenía amor por la vida”, dicen algunas personas en las redes sociales, “sin haber conocido a mi hijo, sin saber nada de la historia de vida que tuvo él”, dice su madre.

Aunque también señala: “Desde que murió me ha contactado mucha gente dándome las condolencias y diciéndome que era un chico muy bueno y respetuoso”.

La vida de Cristian pide justicia, no desde su accidente, sino desde su primera infancia.

“Hacía cuatro años que Cristian trabajaba limpiando vidrios. Antes, trabajó en una distribuidora. Pero siempre andaba haciendo changas, limpiaba patios, cordones cunetas, el trabajo que se presentaba él lo hacía. Él siempre se las rebuscó”, comenta Estela.

Entre idas y vueltas a la escuela, Cristian pudo terminar la primaria. Cumplió con el séptimo grado, pero entrada su adolescencia lo alcanzaron las drogas. Por intermedio de la Justicia y Servicio de Niñez, comenzó un tratamiento a sus 14 años en la organización Valdocco (Cañadón Seco), pero luego de un tiempo, al regresar a Comodoro, volvió a caer más peligrosamente en las adicciones.

“Cuando él tenía 14 años lo interné el Valdocco, llegamos a este lugar, entre Cañadón Seco y Pico Truncado, y él ahí estaba bien, aprendió a cuidar a los animales, estaba estudiando, cocinaba, tocaba la guitarra, tenían una banda y estaba bien”, cuenta Estela.

Pero, al tiempo “cuando le dieron un permiso para venir a Comodoro, él vio a mi primo hermano, que es la persona que lo crió desde bebé, para él su papá, y lo vio mal. Era un hombre ya de más de 60 años y decidió quedarse para estar con él. Se quedó bajo la condición de que iba a seguir libre de acciones, pero cuando murió su tío, Cristián cayó nuevamente en un pozo con las drogas, del que no pudo salir más. Esto pasó hace unos nueve años ya”.

Estela tiene 53 años, fue mamá a los 13 y tuvo once hijos. Hoy, uno de ellos fallecido. Una maternidad en soledad, sufrimiento y repleta de necesidades.

“Yo crié a mis hijos mayores sola, solo tenía a mi papá – que falleció a los años - y a mi primo hermano que me ayudaban en aquel entonces. Desde que tuve a mi primer hijo debí salir a trabajar para darles de comer. Por eso yo les entiendo el reclamo de que no estaba con ellos, pero trabajaba en una pesquera, desde las 5 a las 6 de la tarde. Mi papá solo cobraba de una pensión por invalidez”, relata.

“Después, me junté con el papá de mis hijos menores y no me tocó un buen marido y se la agarraba con Cristian, porque decía que era el más parecido al padre. Yo no quería dejarlo, pero a la vez no quería que me lo maltrate tampoco. Tenía once meses y se lo llevé a mi primo hermano para que viva con él. Yo siempre estuve en contacto con Cristian, porque nunca me separé de mis hijos en realidad”, dice Estela, con lágrimas en los ojos.

“Vivir con toda esa historia no es fácil, capaz si mi hermano hubiese tenido ayuda, no hubiese pasado todo lo que pasó ahora. Mis hermanos, yo e incluso mi mamá, hemos tenido que ir a trabajar o a buscar comida al basural porque muchas veces no teníamos ni un pedazo de pan. Nadie sabe realmente la historia de vida de él. Y hablan”, acota Natalia.

Con la voz quebrada, Estela lamenta: “Cristian no va a estar. No va a volver a estar con nosotros y el dolor mío es ese”. Que yo a él ahora no lo voy a volver a ver. Para mí es como que él sigue estando en la ruta, en su vida y algún día lo voy a volver a ver”.

“No sé si cambiaría algo de mi vida, porque yo no creo haber hecho nada malo, como para que a uno de mis hijos le pase algo. Yo jamás me drogué y todos mis hijos han pasado de alguna manera por ese círculo y nadie está exento”.

“Si pudiera cambiar algo cambiaría la infancia de Cristian, es lo único que cambiaría, la infancia de él, de haberme quedado con él. De tenerlo al lado mío y poder haberle dado otra vida, es lo único que cambiaría”, reflexiona Estela.

Fuente: Con Sello Patagónico

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