Aguilar y el huevo de la serpiente

El presidente de River minimiza la crisis del club y dice que se arreglará con tres victorias consecutivas. Mientras tanto, algunos socios ya juntan firmas para removerlo y amenazan con ir a la justicia. La violencia, la corrupción y los malos resultados deportivos conforman una situación que ya se salió de su cauce.

En este River que ya no juega por nada, eliminado de la Copa y sin chances en el torneo local, comenzaron a jugar los socios. Aquellos que, con su voto, colocaron en la presidencia del club a José María Aguilar en dos oportunidades, la última en diciembre de 2006. Son ellos mismos, en rigor un grupo embrionario, los que ya juntan firmas bajo el lema «Juntos salvemos a River, elecciones ya». El domingo, antes y después de la derrota contra Estudiantes que terminó en un nuevo escándalo, habrían reunido unas mil adhesiones para acelerar un cambio político que reclaman muchos más.
La Agrupación Progresista del fallecido Osvaldo Di Carlo es la que empezó con esta campaña de bajo perfil, sin embanderarse, y que apunta a completar unas 3.000 firmas o más con el objetivo de presentarlas ante la justicia civil o la Inspección General de Justicia (IGJ) para pedir la remoción de Aguilar. Entre los dirigentes opositores, acompañan esta iniciativa Daniel Kiper y Horacio Roncagliolo, aunque otros, como el renunciante Antonio Caselli -el ex secretario de Actas de la comisión directiva-, están en contra.
Como fuere, la posibilidad de destituir al presidente se va instalando con el paso de los días y el agravamiento de la crisis institucional, económica y deportiva en el club de Núñez. No hay una sola razón que lo acercó al abismo al máximo dirigente de River y que le hizo perder una buena parte del apoyo que recibió en la última elección (cuando obtuvo el 52 por ciento de los votos). La más visible, es cierto, son los resultados futbolísticos. Por eso, hinchas y socios por igual piden que se vaya también Daniel Passarella.
Aguilar subestima la crisis cuando dice que se acabará «con tres triunfos consecutivos». Porque quienes lo cuestionan van más allá de otra eliminación en la Libertadores (en la más reciente el equipo quedó afuera en la primera ronda y último en su grupo) o los seis campeonatos locales sin ganar un título. Al presidente se le critica la estrecha relación que mantuvo con la barra brava hasta que el 11 de febrero hubo una pelea en los quinchos del club y también determinados hechos de corrupción. Denuncias de sobrefacturación en obras lo corroboran. O sea, el fútbol genera apenas una parte de sus dificultades para gobernar.
En este marco, y con dos años y medio de mandato por delante, Aguilar está cada vez más aislado. Si el presidente no hace cambios de fondo, si continúa con su discurso lleno de artilugios dialécticos y se encierra en una realidad que fabricó a su medida («es una idea muy tentadora renunciar», repitió por enésima vez, colocándose otra vez en víctima), el huevo de la serpiente se le romperá en sus narices.
«Se va a acabar la dictadura de Aguilar.» es un cantito que debe haber sonado muy duro a los oídos del presidente. Aunque a juzgar por cómo minimiza la crisis que tiene a su alrededor, parecería que no escucha demasiado. Ni siquiera a quienes lo votaron dos veces y ahora lo cuestionan en voz alta.

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