No habrá ninguna igual, no habrá ninguna

Construyó hospitales. Escuelas. Barrios completos. Cines-Teatro. Clubes. Natatorios cubiertos. Gamelas para obreros y empleados. Hoteles de huéspedes. Pavimentó y repavimentó hasta el cansancio las callejuelas en los barrios que la explotación petrolera iba generando en  torno a los pozos. Sí, reemplazando aquellas antiguas y voladizas carpas de lona improvisadas al borde de la boca de pozo. Llevó a los campamentos a transformarse en verdaderos pueblos. Y, con el tiempo, cargó una a una las nobles casas de chapa y las trasladó a principios de los setenta a las cercanías del yacimiento central.
Es esa YPF que no era una sigla heredada: era la empresa “Yacimientos Petrolíferos Fiscales”. Cuando las palabras tenían valor, y las siglas representaban conceptos ciertos, verdaderos y con esencia y significado claro y definido.

OTRAS
Era una cuestión común. Más que una cuestión de Estado, una respuesta inevitable a la realidad de los desérticos lugares donde aleatoriamente fue apareciendo el petróleo. Por eso en 1912 la empresa privada de origen alemán Astra;  o la Royal Dutch Petroleum Company -de raíz anglo holandesa- hacían otro tanto.
La fabulosa proyección que preveía hace un siglo la explotación energética justificaba tanto a los países como a las empresas toda la prestación social a quienes iban a ser los pioneros en crear con su sacrificio las concentraciones humanas que ningún otro motivo hubiera justificado su existencia. Como Comodoro; o Neuquén; o Vespucio; o Huincul. O Caleta Olivia, Las Heras, Pico Truncado, o Tartagal.

AMBIENTE
Es cierto que hace diez décadas no existía el medio ambiente, ni medios de comunicación que lo mostraran, ni organizaciones no gubernamentales que se escandalizaran por los daños causados a la naturaleza.
La naturaleza de esos tiempos era la lucha por la supervivencia; era tratar de entenderse al menos para las operaciones básicas de la industria, con palabras en distintos idiomas gringos que, para colmo, se las llevaba el viento entre los cañadones.
Si Mosconi, que no quiso quedarse a colaborar en la década infame cuando los militares del momento se lo pidieron, hasta tuvo que mandar oficiales con mando a los yacimientos para sofrenar a los transpirados anarquistas de veinte nacionalidades distintas, en sus lógicas luchas por condiciones laborales más humanas.
Si, incluso, ese general de la democracia yrigoyenista resolvía cada problema inventando al mismo tiempo tres soluciones: hermanos norteños sin horizonte laboral en sus provincias, trasladados a los yacimientos patagónicos. Mano de obra donde hacía falta, reducción de la pobreza en aquellos territorios, y argentinización de la fuerza laboral en el patio trasero de la patria.

MARCO
Con fórceps, el marco regulatorio para los hidrocarburos sale esta semana. Cayó por su propio peso: el peso de la más absoluta realidad. El triunfo de la más estricta coherencia con el mandato de la historia.
Dos puntos directos de regalías para las ciudades que llevan cien años de pasivo social y ambiental, son después de todo un premio consuelo. Imposible de comparar con aquel panorama de desarrollo y atención integral de todo el entorno, que hacían tanto YPF, como Astra o la Shell, hace un siglo en favor de su propio negocio.
Sirve la módica compensación conquistada ahora, para comparar una vez más la fabulosa inversión que aquella irrecuperable petrolera estatal absolutamente subsidiaria, hizo en sus primeros cincuenta años de historia.
Sirve -también- para dimensionar el cómodo rol de explotadores que ejercen otros grupos empresarios que vienen a hacer su agosto luego de que el Estado haya hecho todas las inversiones improductivas cuantificando y localizando la riqueza.
No habrá ninguna igual a YPF; no habrá ninguna.
Pero en el nuevo marco de las realidades ahora producidas en el manejo de nuestro monocultivo no renovable, es de esperar que estemos yendo hacia algo mejor: una empresa nacional, con capitales nacionales, que no subsidie porque ya no es necesario subsidiar. Que distribuya mejor la riqueza entre los que con su sacrificio personal la producen. Y ese sacrificio incluye compensar a los asalariados de la salud, la docencia, la justicia, el comercio; que sufren de una carestía de la vida provocada por los incomparables y distorsivos salarios de la industria.
Y es de esperar, además, que con la potestad de los chubutenses sobre su petróleo,  no se vuelvan a entregar los yacimientos cuando hayamos explorado mayores recursos, para que vengan otros a poner la banderita del taxi, o reaparezcan apretando a los gobiernos reclamando su mayor rentabilidad.

Fuente: Daniel Alonso

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