Un libro rescata el fascinante viaje a la “historia de la medicina argentina”

"Como se ha dividido tanto la profesión, ahora se está atendiendo más a la enfermedad que a la persona”, cuestiona el autor de la obra el médico Federico Pérgola. Hoy ocurre en la medicina “lo mismo que en la calle, donde la ‘alteridad’ -que implica ponerse en el lugar del otro- no cuenta”.

 La deshumanización de la medicina mediante una práctica que fragmenta al paciente con una batería de estudios y subestima la historia del enfermo es una característica actual, aunque a diferencia de lo que ocurría en el pasado, el médico ya no es omnipotente, afirmó el doctor Federico Pérgola, autor de la trascendente “Historia de la medicina argentina”.

“Como se ha dividido tanto la profesión, ahora se está atendiendo más a la enfermedad que a la persona, que ha dejado de existir”, consideró Pérgola en un reportaje que Télam realizó en su consultorio, en el barrio porteño de Belgrano.

Ocurre en la medicina “lo mismo que en la calle, donde la ‘alteridad’ -que implica ponerse en el lugar del otro- no cuenta”.

“El otro no cuenta para nada, entonces la medicina le pide estudios y la historia del enfermo no le interesa al médico, lo que va creando una deshumanización de la medicina”, refirió.

Para compensar con alguna ventaja, “la diferencia grande que existe es que el médico antes era omnipotente; iba a una casa en la que había tres chicos, uno necesitaba ser operado de garganta, y operaba también a los demás sin necesidad, cuando está comprobado que eso facilita más la poliomielitis”, contó.

En cambio ahora, “el enfermo o un padre dice ‘qué es lo que le va a hacer a mi hijo, yo quiero saber’, lo que es gran cosa, porque el enfermo ya tiene cierta autonomía y puede concertar con el médico”.

“En el último tiempo la medicina ha cambiado de una forma radical. Yo me acuerdo que los primeros médicos eran muy petulantes, porque lo que decían era palabra santa, y se equivocaban mucho”.

En la larga historia de la medicina argentina -que el libro publicado por la editorial de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, refiere en 965 páginas- “el principal concepto revolucionario es la investigación médica”, sostiene Pérgola, doctor en Medicina de la Universidad de Buenos Aires y profesor.

“La investigación animal cambió todo completamente -definió el también director de Humanidades Médicas y del Instituto de Historia de la Facultad-. La cromatina sexual, que empezaron a estudiar en gatas y proporciona la información genética necesaria para la transcripción de proteínas, permitió ir enganchando los conocimientos”, ejemplificó.

Esa característica científica es la que “divide a la medicina del dogmatismo que tienen las religiones, y lo que la ciencia médica ha hecho en los últimos tiempos es enorme”, consideró Pérgola, integrante de la Academia Nacional de Ciencias y autor de más de 650 trabajos sobre medicina, salud pública y antropología médica.

“El gran desafío pendiente es el cáncer, que tiene características tan particulares porque los oncogenes (genes que han tenido una mutación y pueden causar la enfermedad) se meten dentro del genoma; si bien hay factores que pueden ayudar, como el cigarrillo, el origen exacto no se conoce, y sigue ahí”.

Entre los capítulos de la amplia obra, de fluida lectura y que provoca una reflexión de ida y vuelta entre presente y pasado, uno está dedicado a las enfermedades de los presidentes; así, con rigor de historia clínica, transitan Domingo Faustino Sarmiento, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón o Arturo Umberto Illia, entre otros.

Un capítulo sobre “la alimentación del pueblo” muestra que el hambre se instaló por problemas culturales, como “la actual distribución de los alimentos, que no llegan a donde deben”.

En el pasado, “los españoles no dejaron que la quinoa, que tiene mayor capacidad alimentaria que el maíz desde el punto de vista proteico, siguiera desarrollándose”.

Al período indígena siguió la influencia hispánica, con porotos y garbanzos que cambiaron un poco los guisos; luego la europea, con franceses e italianos que aportaron las pastas; y la actual de globalización cultural, con la ‘comida basura’.

Luis Agote, Gregorio Aráoz Alfaro y Mariano Castex se cuentan entre “los representantes prominentes de la clínica médica”, quienes alumbraron saberes y prácticas que los hicieron merecedores de nombrar instituciones hospitalarias.

Las epidemias de fiebre amarilla en Buenos Aires, en 1857 y la devastadora de 1871-72, dan una estremecedora crónica sanitaria que devela las condiciones de vida del pueblo rioplatense, así como un merecido recuerdo para los médicos que comprometieron su vida en la dedicación a sus semejantes, como Francisco Muñiz, Adolfo Argerich o Aurelio French.

Las persistencias de endemias como la enfermedad de Chagas-Mazza, transmitida por la vinchuca, da plena vigencia al capítulo dedicado al médico Salvador Mazza y la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina-Mepra, que descentralizaba las investigaciones que habitualmente se hacían en Buenos Aires.

Mazza, quien detectó la enfermedad en el país en 1924, “es un personaje muy importante, que mandó a uno de sus ayudantes a ver a Alexander Fleming y trajo la penicilina (antibiótico), pero el rector de la universidad no le llevó el apunte, sino la hubiéramos hecho, porque no había en ese tiempo patentes”, observa Pérgola.

Con referencia al Protomedicato en América, fundado en 1537 en Lima; a los médicos militares en la emancipación; las facultades de Medicina y hospitales en el país; las primeras mujeres médicas y los investigadores e higienistas, la imponente “Historia de la medicina argentina” es apta no sólo para profesionales sino también para público curioso en la salud social.

Tras reafirmar que “el encuentro entre el médico y el paciente será, como siempre lo fue, la colaboración de dos personas para mejorar la salud del enfermo”, Pérgola acepta que “por mucho tiempo, nos seguirán viendo como el otro, como aquel que viene a curarnos, como el hechicero de la tribu”.

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